El buen soldado | Page 9 of 156

Author: Ford Madox Ford | Submitted by: Maria Garcia | 23147 Views | Add a Review

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eepsie. Imagino que Florence quería elevar el nivel cultural de la gente de Stuyvesant y hacía aquello como podría haber ido a visitar los barrios bajos. Era el mismo tipo de actividad,

pero a nivel intelectual. Florence siempre quería dejar el mundo un poco mejor de como lo había encontrado. Pobrecilla, la he oído adoctrinar a Teddy Ashburnham durante horas sobre las diferencias entre un Franz Hals y un Wouvermans y acerca de por qué las estatuas premicénicas eran cúbicas con protuberancias en lo alto. Me pregunto cuál era la reacción de Edward. Quizá le estaba agradecido.

Por lo menos ése era mi caso. Porque no sé si se da usted cuenta de que toda mi atención, todos mis esfuerzos, iban dirigidos a lograr que la pobrecita Florence no se apartara de temas como los descubrimientos en Cnossos o la espiritualidad de Walter Pater. Tenía que mantenerla en eso, dese cuenta, ya que de lo contrario podía morirse. Porque se me informó solemnemente de que si se excitaba por algo o si sus emociones se desbocaban su corazoncito podía dejar de latir. Durante doce años tuve que estar atento a todo lo que se decía en cualquier conversación y a impedir cualquier referencia a lo que los ingleses llaman «cosas»; nada de amor, ni de pobreza, ni de delincuencia, ni de religión, ni de todo lo demás. Sí; el primer médico que nos atendió cuando la sacamos del barco en Le Havre me aseguro que era así como había que hacerlo. Santo cielo, ¿es que esos individuos son todos unos imbéciles monstruosos, o existe una masonería entre ellos de un extremo a otro de la tierra? Eso es lo que me hace pensar en Peire Vidal.

Porque, naturalmente, la historia de Peire Vidal es cultura y yo tenía que orientar a mi mujer hacia la cultura, y al mismo tiempo la historia es muy divertida y ella no tenía que reírse, y está repleta de amor, y Florence no tenía que pensar en el amor. ¿Conoce usted la historia? Las Tours de los Cuatro Castillos tenían por castellana a Blanche de Tal o de Cual, a quien se denominaba admirativamente La Loba. Peire Vidal, el trovador, le hacía la corte Y ella no quería saber nada de él. De modo que para rendirle pleitesía —

¡las cosas que hace la gente cuando está enamorada!— se vistió con pieles de lobo y subió a lo más alto de los Montes Negros. Y los pastores de la zona y sus perros le confundieron con un lobo y fue mordido y apaleado. De manera que lo llevaron de nuevo a Las Tours, pero La Loba no se dejó impresionar.

Los cortesanos le adecentaron lo más posible y el marido de la castellana la reprendió severamente. Vidal, dese usted cuenta, era un gran poeta y no estaba bien tratar a un gran poeta con indiferencia. /

Así que Peire Vidal se proclamó Emperador de Jerusalén o algo parecido y el marido tuvo que arrodillarse y besarle los pies, aunque La Loba se negó a hacerlo. Y Peire zarpo en una barca de remos con cuatro compañeros para rescatar el Santo Sepulcro.

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Comments

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Alice
Great book, nicely written and thank you BooksVooks for uploading

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