El diablo enamorado | Chapter 8 of 28

Author: Julia London | Submitted by: Maria Garcia | 2981 Views | Add a Review

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CAPÍTULO 04

Michael cerró la puerta a su espalda y se quedo un buen rato con la mano en el pomo de bronce, esperando poder controlar aquellos sentimientos encontrados al tiempo que disfrutaba del sabor de Abbey en sus labios. ¡Pensaba que sería una solterona fea! ¡Una niña malcriada, sucia y harapienta! No una mujer así.
Furioso consigo mismo, Michael se dirigió al aparador, se sirvió una copa generosa de whisky y la apuró en dos tragos. Abbey estaba absolutamente radiante, muchísimo más de lo que él podía haber soñado. «Muy bien, Michael. Primero la aplastas y luego te enamoras de ella. Estupendo» Se volvió bruscamente y se acercó a la repisa de la chimenea, pensativo. No podía olvidar la mirada de ella cuando le había dicho que no la quería en absoluto. Su sonrisa contagiosa y la chispa de sus ojos se habían esfumado de inmediato, y pensó que en su vida había visto una mirada más abatida. Pero estaba decidido a no sentir pena ni afecto por ella. Estaba resuelto a disuadirla de aquel absurdo matrimonio.
¿Por qué demonios tenía que ser tan hermosa?
Agarró sin darse cuenta el respaldo de una butaca orejera de piel y miró furioso el vaso vacío.
Las circunstancias eran detestables en el mejor de los casos y repugnantes en todos los sentidos. Desde el día en que había recibido los papeles del abogado de Carrington, el señor Strait, lo habían mortificado el resentimiento y la furia. La carta del señor Strait dejaba bien claro que, si Michael se negaba a colaborar, incumpliría un contrato mercantil, y medio Londres lo demandaría. Además, Abigail Carrington perdería hasta el último penique que su padre le había dejado; todo, salvo una exigua pensión, se destinaría a la liquidación de sus deudas.
Michael habría podido vivir con ambas cosas. Estaba convencido de que, si recurría aquel absurdo acuerdo en los tribunales, conseguiría hacerse valer. Si aquella pequeña bestia perdía su dinero, lo sentiría mucho; ya le ofrecería una suma razonable para que pudiese al menos vivir holgadamente el resto de su vida.
Lo que lo desesperaba era que, en el intento de resolver aquel enredo, podría perder el hogar de sus ancestros. No podía volver a arrastrar por el barro el buen nombre de su familia.
Además, Carrington se había asociado con algunos de los hombres de negocios más influyentes de Inglaterra. Si, al incumplir el contrato, Michael les provocaba pérdidas, los daños que sufriría él, aunque triunfara en los tribunales, serían irreparables. Nadie querría hacer negocios con él; lo rehuirían y su poderosa compañía naviera quebraría. Se convertiría en un marginado social... otra vez. En resumen, más le valdría salir de Inglaterra y empezar de cero en otra parte.
Frunció el cejo al recordar que sus propios abogados le habían confirmado la interpretación que Strait había hecho de los documentos legales. La sangre aún le hervía de resentimiento. Desde el punto de vista racional, entendía que, a los diecinueve años, había firmado un documento legal vinculante, perfectamente consciente de lo que hacía, aunque no de las consecuencias. También entendía que su padre se había asegurado de que Michael pagaba durante toda su vida. No esperaba menos del viejo, pero no de Carrington. Sólo se le ocurría que el capitán no le hubiese hablado de la deuda para que se viera obligado a casarse con la niña malcriada.
Luego había intentado endulzarlo con el atractivo de una dote sustanciosa, pero aquello no era ningún consuelo para Michael, que ni necesitaba ni quería el dinero de la joven. Se le hacía un nudo en el estómago sólo de pensarlo.
Sobrellevaría la situación. Viviría en su espaciosa casa de Brighton, cerca del mar, y dejaría que ella se pudriese en Blessing Park. A Rebecca no iba a gustarle, claro que últimamente nada le gustaba. No había forma de complacerla, y Michael sospechaba que jamás estaría satisfecha hasta que no llevase su apellido y tuviese una casa en Mayfair. Aún no había considerado oportuno comunicarle a Rebecca que no tenía intención de casarse con ella, conclusión a la que había llegado mucho antes de recibir los documentos en los que se le exigía que contrajera matrimonio con la niña malcriada. Para Abbey sería, sin duda, un alivio casarse con un marqués. Su gratitud por rescatarla de una vida sombría y proporcionarle la protección de su título probablemente fuese tal que se propondría ser una buena esposa y darle muchos hijos.
Aceptaría los hijos, pero no quería tener nada más que ver con ella.
Se sirvió otro whisky y empezó a pasearse nervioso. A pesar de todo lo que se decía a sí mismo, no podía quitarse de la cabeza el recuerdo de aquellos preciosos ojos nublados por la confusión. ¿Qué demonios le pasaba? ¿Cómo esperaba que estuviese, contenta? Era parte de su castigo, ¿no?, ¿el precio que debía pagar por aquel engaño? Sin embargo, por más que ella mereciese su desdén, no podía, de momento, reconciliar su imagen con ese sentimiento. Se acercó a las ventanas, corrió furioso las cortinas y se asomó, sin ver nada. Ni se inmutó cuando la puerta se abrió y volvió a cerrarse despacio.
—Parece que tu reunión no ha ido muy bien —comentó Sam, desenfadado.
La gruesa alfombra de Aubusson apagó el sonido de sus pasos al acercarse al aparador.
—¿Qué esperabas? —replicó Michael con frialdad.
Su amigo tuvo la prudencia de no responder y se sirvió un coñac.
—¿Y ahora qué? —dijo dando un trago y contemplando la espalda de Michael por encima del borde de su vaso, este se encogió de hombros.
—Me iré a Brighton y le pediré a Rebecca que venga conmigo —respondió indiferente, al tiempo que apoyaba un pie encima del alféizar interior de la ventana.
—Creo que hay algo que deberías saber, Darfield. Esa muchacha no sabe nada del contrato. Gracias a Carrington, cree que tú querías este matrimonio —le comunico el lord.
Michael gruñó escéptico.
—Esa niña malcriada sabe perfectamente lo que hizo su padre, Sam. No subestimes su habilidad para el engaño.
—No subestimes tú la de Carrington, porque te aseguro que la engañó y mucho. Esa muchacha está enamorada de la imagen de un hombre que su padre creó de la nada. ¿Sabes que cree que le has estado enviando regalos estos últimos años? ¿Que le enviabas cartas a su padre reafirmándole tu devoción y tu deseo de casarte?
—En serio. Hunt, ¿de verdad crees que iba a tragarse una cosa así? —espetó Michael.
—Por mi honor que estoy convencido de que lo cree. Al menos deberías concederle el beneficio de la duda —respondió lord Hunt sin alterarse.
Michael lo miró furioso por encima del hombro.
—Me pregunto qué harías tú si te vieses en una situación similar.
—Confiaría en poder recordar que la muchacha ha viajado miles de millas para casarse con un hombre al que no ha visto desde que era una niña. Cree, o creía, que ese hombre la ama, y ha fantaseado con esa idea cuanto ha querido. —Tomó un sorbo de coñac. Michael, sin decir nada, volvió a darle la espalda. Sam suspiró hondo. —Bueno, como mínimo parece una muchacha agradable. No hay necesidad de tratarla mal.
Michael negó con la cabeza y, apartándose de la ventana, se acercó despacio a la chimenea, agitando distraído el whisky de su vaso.
—No hay necesidad de tratarla de ninguna forma —dijo al cabo de un rato. —Aquí la atenderán bien mientras yo estoy en Brighton.
—Al menos podrías intentar conocerla. No es la niña malcriada de la que tú hablabas. A fin de cuentas, puede que algún día sea la madre de tu heredero.
Michael apuró su bebida, depositó el vaso vacío con fuerza en la repisa de la chimenea y se volvió furioso a Sam.
—No hace falta que me recuerdes eso —dijo, tirándose nervioso del cuello de la camisa. De pronto, le faltaba el aire.
—No es del todo inconcebible que sea tan víctima de todo esto como tú —insistió Sam, inmutable, mientras dejaba la copa.
Darfield resopló con sarcasmo.
—Si atendiese a razones, dejaría de ser la victima indefensa que tú ves —murmuró enfadado antes de dirigirse furioso al rincón de la estancia y tirar de la campana.
—En realidad, no es asunto mío...
—Efectivamente.
Apareció Jones antes de que Sam pudiese responder.
—Jones, haz venir al vicario. Hoy. En seguida —bramó.
El mayordomo hizo una reverencia y salió de inmediato.
—¿Qué te propones? —preguntó lord Hunt, asustado.
—¿Que qué me propongo? Voy a casarme con ella. O al menos le haré creer que lo hago —gruñó Michael, dejándose caer sin ceremonias en un sillón de piel.
Sam lo miró con tal desaprobación que no pudo evitar preguntarse qué encantos femeninos se habían apoderado de su amigo tan pronto. ¡Por favor!, hacia apenas dos días ambos habían participado por igual de su desgracia. Bueno, en cuestión de horas, Sam podría tomar parte en su boda, o en lo que Michael confiaba que fuese suficiente para aterrar de por vida a aquella niña malcriada.

 

 

 

Sola en la alcoba a la que Jones la había llevado, Abbey empezó a sentirse cada vez más abatida Ansiaba el consuelo de su tía y sus primas, y fue presa de un ataque de nostalgia tan fuerte que la dejó dolorida.
Su tía la había obligado a ir allí, le había recordado que tenía una fortuna que cobrar y un hombre que la amaba esperando impaciente su llegada. En cuanto se habían recibido de las Indias los papeles y la noticia de la muerte de su padre, tía Nan la había subido al primer barco que salía de Newport. De haber sabido lo que le esperaba jamás la habría embarcado. Tía Nan creía que Michael la amaba.
Con los ojos llenos de lágrimas, maldijo el recuerdo del hombre al que tanto amaba. El verano que había pasado en el barco de su padre había sido uno de los más felices de su vida. Michael había sido bueno con ella y, según lo recordaba, había alimentado sus fantasías infantiles, salvo, claro está, por el incidente de la muñeca. El Michael al que ella recordaba con claridad y admiración vivas no era el Michael al que había conocido aquel día.
Abbey se esforzó por no llorar, pero no lo consiguió. ¿Cuándo había dejado de amarla? ¿Por qué no se lo había dicho a su padre? Sola en aquella inmensa estancia que le era completamente ajena, se tragó amargamente su fantasía. No sólo le había dejado bien claro que no la quería, sino que, además, le había dicho que la despreciaba. Se sintió enfermar y, mientras yacía abatida en la cama, combatiendo las náuseas, reconoció a regañadientes que la culpa era de su propia ingenuidad.
Al fin se levantó de la cama y se acercó a la cómoda de bordes dorados.
Se dejó caer en un banco forrado de seda y empezó a cepillarse el pelo con vehemencia.
«Me vuelvo a América. No hay otra solución», decidió con firmeza. Era lo mejor que podía hacer. Que se quedase Michael con la condenada dote, o los acreedores de su padre, quien la quisiera, pensó amargamente mientras contemplaba su pálido reflejo en el espejo. Debía haber coincidido con él en que la situación era absurda, haberte dado las gracias por su amabilidad y haber seguido con su vida. Pero no, tenía que enfadarse y negarse tercamente a ceder. Ya más tranquila, se dio cuenta de que no podía casarse con un hombre que tanto lamentaba su presencia, ni siquiera por su padre, que Dios tuviera en su gloria.
Una rápida sucesión de golpes en la puerta la sobresaltó. Sin soltar el cepillo, se preguntó si debía responder, pero, antes de que pudiese reaccionar, la puerta se abrió y entró por ella el mismísimo diablo.
Abbey se levantó como un resorte, soltando el cepillo.
—Perdona, pero...
—Perdón concedido —soltó él como si nada mientras cruzaba la estancia y recogía el cepillo del suelo.
El corazón le latía de forma errática y, durante un instante de locura, no supo bien si se debía a la conducta poco caballerosa de Michael o a su intenso magnetismo.
—Pero... ¿qué te has creído? ¿Cómo te atreves a irrumpir aquí así? —casi le gritó.
—Soy el señor de esta casa. A mí no se me atrancan las puertas.
—¡La puerta no estaba atrancada! Estaba cerrada. Esperaba que tuvieses la decencia de...
—La decencia no es algo que me preocupe —declaró con una sonrisa diabólica. —Esta es mi casa. Mi alcoba. Mi puerta. Si quiero, entro. —Dicho esto, dejó el cepillo en la cómoda, se puso en jarras y la miró con detenimiento. El pelo oscuro y rizado le caía por los hombros, contrastando fuertemente con su pálido semblante y el indicio indiscutible de que había llorado. Era exactamente lo que quería. Estaba a punto de capturar a su presa, e ignoró el hecho de que ésta era una garita. —¿Y bien? ¿Has pensado en lo que te he dicho?
Abbey se cruzó de brazos en actitud defensiva. «Pues claro que he pensado en ello, imbécil.»
—No —dijo con voz áspera.
Michael arqueó una ceja con escepticismo mientras se acercaba desenfadadamente a uno de los baúles de Abbey y miraba dentro.
—¿Cuánto tiempo necesitas? ¿Una hora?
Las buenas intenciones de la joven se esfumaron en aquel instante. Estaba intimidándola, tratando de obligarla a casarse, y había logrado provocar en ella una cabezonería que nunca antes había experimentado. Entrecerró los ojos.
—Con cinco minutos me basta. —Se dirigió al baúl junto al que se encontraba él y, con el pie, bajó la tapa.
Michael la miró ceñudo. De momento, su intento de amedrentada no estaba produciendo el impacto deseado en la gatita.
—Entonces se te ha acabado el tiempo. O aceptas poner fin a esta abominación ahora mismo o te casas conmigo. Esta misma noche.
Abbey se limitó a encogerse de hombros.
—¿Y bien? —inquirió él con creciente irritación.
—No me voy a echar atrás.
A Michael le dio un vuelco el corazón.
—Pues ven conmigo. El vicario espera —le dijo socarrón y casi sonrió triunfante al verla palidecer.
¿El vicario? Abbey quería darse un puntapié por cabezota.
—No... no, aún no...
—Sí, ahora mismo. Vamos —añadió, alargando el brazo para cogerla de la mano.
Abbey retrocedió en seguida, negando con la cabeza.
—No... ¿no ves que tengo que cambiarme? ¡Tengo que cambiarme! No puedo casarme con este vestido. —Miró nerviosa a su alrededor.
Él no pudo reprimir una sonrisa. Como había supuesto, la amenaza de una ceremonia real la aterraba.
—Te doy quince minutos. Me da igual que acudas como viniste al mundo. Dentro de quince minutos, te vienes a la capilla, ¿entendido? —Abbey lo miró con los ojos muy abiertos y asintió despacio con la cabeza.
El marqués salió de la habitación dando un portazo, luego, sonriendo para sí, recorrió el pasillo hasta su cuarto. Para rematar la hazaña, pensó, podía plantarse a la puerta de la habitación de Abbey en quince minutos vestido con sus mejores galas. Si no se equivocaba, a primera hora de la mañana siguiente, estaría subiendo a un coche a la niña malcriada.
Mientras Michael se cambiaba, Abbey se quedó mirando el vestido azul pálido que había sacado del baúl. Estaba arrugado y le faltaban unas cuantas perlitas, pero era el vestido de boda que Victoria le había hecho, y por Dios que se lo iba a poner. Ese hombre, ese diablo, no quería casarse con ella y, en aquel mismo instante, habría apostado todo lo que tenía a que no iba a seguir adelante con la boda. Se proponía asustarla y, aunque estaba consiguiéndolo, sin la menor duda, iba a seguirle el juega Pero, ¿y si estaba equivocada?
No estaba errada, seguro que no. Se quitó la bata de prisa y se enfundó la prenda. Habría sido un extraordinario vestido de boda: un corpiño de corte bajo decorado con perlas diminutas, muy ceñido, y la falda plisada por detrás. Abbey se peleó con los botones y descubrió, demasiado tarde, que no podía abrochárselos todos ella sola. Se encogió de hombros y buscó los zapatos a juego con el vestido. Daba igual. No se iba a casar, ni con aquel vestido ni con ningún otra Él la detestaba.
No le había dado tiempo a hacerse nada en el pelo cuando volvieron a aporrear la puerta, que luego se abrió de par en par. No sólo era un ogro, sino que además era de lo más grosero, pensó Abbey, de pronto alerta. No estaba preparada para lo que vio. Vestido con un formal traje negro con chaleco de satén blanco nieve estaba aún más imposiblemente guapo que antes. Un sentimiento de pesar se apoderó de ella mientras contemplaba aquellos rasgos magníficos, lo único en lo que habían acertado ella y sus primas era en su aspecto tísico. Era, sin la menor duda, el hombre más guapo que había visto en toda su vida.
En ese mismo instante, aun viéndola fruncir el cejo, Michael pensó que habría sido una novia sensacional. Pero no la suya, y no aquella noche. Se apoyó sin cuidado en el marco de la puerta, cruzado de brazos, y estudió su esbelta figura. Era una mujer preciosa, eso no podía negarlo. Lástima. En otro lugar y en otro momento habría apreciado mucho su belleza, pero entonces lo único que le interesaba era su rechazo del acuerdo.
—¿Y bien? El vicario espera.
—Perfecto —dijo ella sin inmutarse y salió de la habitación, pasando por delante de él envuelta en una nube de azul pálido y perfume de lilas. Michael estuvo a punto de soltar una carcajada al ver que llevaba el vestido sólo medio abotonado por la espalda.
Le puso una mano en el hombro. Ella se volvió aterrada. El la retiró de inmediato.
—¿No te abrochas? —dijo sin más.
Abbey frunció el cejo.
—Lo siento, pero no me he traído doncella. Si lo hubiese hecho, seguramente la habrías despachado de inmediato. No quieres responsabilidades con una bandada de parientes o familiares.
Michael rió y le hizo un gesto para que se volviese. Abbey no lo iba a tolerar y negó vehementemente con la cabeza. El la ignoró, le puso las manos en los hombros y la obligó a volverse.
—No temas por tu buen nombre, señorita Carrington. Te voy a abrochar el vestido, no a desabrochártelo. Dudo que tu bandada de parientes americanos se entere de este pequeño episodio —dijo mientras le abotonaba de prisa el vestido.
La suave caricia de los dedos de Michael en su espalda le produjo un cosquilleo estremecedor, pero Abbey se mordió el labio inferior y aguantó. El tenía razón: no podía plantarse delante del vicario ni de nadie con el vestido medio desabrochado y, como sus primas no estaban allí para ayudarla, iba a tener que permitirle aquella indiscreción. Le sorprendió la agilidad con que abrochaba aquella fila de botones diminutos, y se preguntó sin querer cuántas veces habría realizado la operación contraria con el vestido de una mujer. En cuanto terminó, se alejó de él de un brinco, yendo a parar casi al extremo opuesto del pasillo. Michael le señaló la espléndida escalera de caracol, y ella caminó briosa para evitar cualquier otro contacta aunque él le pisaba los talones.
—Tú tienes la culpa —observó él con indiferencia. —Si aceptaras poner fin a este absurdo, no habría necesidad de que salieses corriendo de tu cuarto medio vestida.
Abbey se agarrotó.
—¡Yo no he salido corriendo de mi cuarto medio vestida! Por si no te acuerdas, has sido tú el que ha dicho que me dabas quince minutos. No soy yo la que se comporta de forma irracional, sino tú.
—No seas ridícula. Ya te he explicado que tengo las manos atadas. Tú eres la única que puede poner fin a esta locura, pero te niegas a hacerlo. Al parecer, sigues siendo tan tozuda como de niña —le replicó.
Abbey alzó La barbilla y se negó a contestar mientras bajaban a toda prisa la escalera. En el vestíbulo, se disponía a enfilar el pasillo por el que había ido antes, pero él la detuvo poniéndole una mano a la cintura.
—Señorita Carrington —dijo. Sobresaltada por el contacto íntimo de la mano firme de Michael en su cintura, Abbey se detuvo y lo miró de mala gana. Con la cabeza, él le señaló en la dirección opuesta. —La capilla está por allá —le indicó muy seco mientras una sonrisa le asomaba a los labios.
La joven resopló exasperada y, dando media vuelta, inició la marcha en la dirección que él le indicaba.
—Para tu información, no soy ni he sido nunca tozuda —murmuró indignada mientras recorrían aprisa el pasillo uno al lado del otro. —Sin duda crees que cualquiera que no esté instantáneamente de acuerdo contigo es tozudo. Ya diste muestras de ello a bordo del Dancing Maiden.
—Yo de ti no empezaría a destacar mis supuestos defectos, porque tus ofensas superan notablemente las mías. Eras una niña imposible, caprichosa y muy indisciplinada.
Ella no había sido nada de eso y gruñó con desdén ante semejante invención. Sólo quería picarla. Pues iba a necesitar algo más que unas cuantas invenciones sobre su infancia para conseguir que sucumbiera a sus sucias estratagemas. Ni hablar. Si alguien llegase a rendirse, seria él.
Cuando llegaron al final del pasillo, la cogió por el codo y la introdujo en un cuartito desde el que se accedía a la capilla. Abbey pudo ver el pequeño santuario y las cabezas de lord Hunt, Sebastian y Jones volviéndose simultáneamente.
—Ya hemos llegado, señorita Carrington. Aún puedes librarnos a los dos de esta locura —dijo Michael sin alterarse.
Abbey estaba muy segura de que él no seguiría adelante con aquella Tanto que lo miró y le susurró sonriente: —Ni lo sueñes, Darfield.
Los ojos grises de Michael se nublaron como advirtiéndola de una inminente tormenta. Y, ciertamente, se preparaba una tormenta en su interior. Le costaba creer la cara dura de aquella sinvergüenza. El había sitio lo más desagradable posible y ella seguía allí a su lado, con la melena cayéndole por los hombros, enfundada en un vestido ceñido de cuerpo y con su hermoso rostro reflejando mortificación. No se le ocurría qué podía llevarla a hacer algo así salvo su gran cabezonería. Una cosa estaba clara: era una mujer obstinada, y eso ya no lo sorprendía.
Le agarró el codo con más fuerza y la llevó hasta el altar. Le había dado una última oportunidad antes de situarla al borde de la humillación, pero ella se negaba a ceder. Seguramente se echaría atrás en cuanto comenzase la ceremonia, pero para entonces ya se habría humillado delante de lord Hunt y del vicario. Le estaba bien empleado, en su humilde opinión. Contempló su rostro perfecto. Ella miraba al altar, con los ojos violeta muy abiertos por una desazón que no podía ocultar. Michael suspiró hastiado y decidió intentar razonar con ella por última vez:
—Mírame —le pidió con dulzura.
Abbey obedeció y su gesto reveló su indecisión. La miró con detenimiento, exploró su rostro con los ojos.
—Piensa en lo que estás a punto de hacer, porque esto no se puede deshacer fácilmente, ¿Estás segura de que esto es lo que quieres? —le preguntó sereno.
—Ya lo he pensado mucho..., toda una vida —respondió. Sintió la necesidad de sincerarse con él, pero la mirada de Michael se endureció antes de que pudiera decir nada más.
—Muy bien, Mira hacia allá. —Abbey hizo lo que le pedía y le sorprendió ver al vicario frente a ellos. Qué raro, no se había percatado de su presencia hasta aquel preciso instante.
—Adelante —le dijo Michael al hombre.
Abbey miró perpleja al vicario, que empezó:
—Queridos hermanos, estamos aquí reunidos en presencia de Dios...
—¡Un momento! —gritó Abbey, y apoyó la mano en el brazo de Michael; sus músculos de acero se tensaron por el contacto. La miró con visible impaciencia. Aquello no estaba bien, no estaba nada bien. De pronto se sintió muy inquieta y exploró sus gélidos ojos grises en busca de algo, cualquier indicio de que bromeaba. ¡No bromeaba! —¿En serio... nos vamos a...?
—Esto es una ceremonia de matrimonio, señorita Carrington —dijo él con desenfado. Abbey no podía creer lo que estaba oyendo. Michael no parecía tener intención de poner fin a aquella farsa, pero ella sabía que lo haría. ¡Tenía que hacerlo!
Miró histérica al oficiante, que muy oportunamente bajó la vista a su libro de oraciones.
Michael le miró la boca, luego a los ojos.
—Esto es lo que querías, ¿no? —le preguntó entre dientes.
—¡Sí! ¡No! A ver, Michael, claro que quiero casarme contigo, siempre he querido casarme contigo, pero así no —le susurró
—¿Qué esperabas? —se mofó él. —¿Una boda por todo lo alto en Londres? ¿Un evento del que hablase el Times? ¿El acontecimiento social de la Temporada? ¿Acaso crees que las condiciones de tu padre te permiten todo eso? —le replicó, furioso.
Abbey se sintió de pronto aterrada. Aquel hombre no era en absoluto el que ella recordaba, sino un impostor en la piel de Michael Ingram, un hombre odioso que parecía tan resentido en aquel momento que seguramente podría estrangularla sin problemas.
—No sé muy bien qué esperaba, pero desde luego no era esto —le susurró ella con voz ronca.
—Te lo he advertido —murmuró él, furioso. —Ya sabes cómo detenerlo.
Contundida, la joven no supo parar. Su jueguecito se le había escapado de las manos. Por alguna razón inexplicable, estaba paralizada, consciente de que debía poner fin a aquello de inmediato, pero incapaz de hacerlo.
Michael miró con frialdad al vicario.
—Continúe, por favor, la señorita Carrington puede meditar sus expectativas más tarde —sentenció con brusquedad. El religioso miró tímidamente a Abbey, luego empezó de nuevo.
Atónita, Abbey permaneció inmóvil, ida, mientras el vicario proseguía con la ceremonia y las promesas matrimoniales, a la espera de que Michael pusiera fin a aquella absurda farsa. Apenas consciente de qué respondía, musitó algo incoherente cuando el sacerdote le preguntó, y Michael, a su lado, hizo lo mismo. Al oír las horripilantes palabras «marido y mujer», Abbey creyó que iba a desmayarse.
Antes de que lo hiciera, el brazo de Michael le rodeó la cintura y la estrechó contra su pecho.
—Lady Darfield —murmuró, luego la besó suavemente en la boca.
El tacto íntimo de sus labios tiernos en los de ella la dejaron sin sentido. Un extraño y excitante ardor le recorrió la espalda. Cuando Michael levantó la cabeza, le dio la clara impresión de que su mirada era más tierna. A juzgar por el modo en que la miraba, estaba convencida de que también él había sentido aquel ardor.
Claro que, si eso era cierto, sería la última en enterarse. La soltó de inmediato, dio media vuelta y salió de la capilla. Abbey lo observó, horrorizada. Sebastian y Jones intercambiaron una mirada y menearon la cabeza con tristeza; Sam contempló con odio al vicario a falta de un blanco mejor.

Comments

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Alice
Great book, nicely written and thank you BooksVooks for uploading

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