El diablo enamorado | Chapter 6 of 28

Author: Julia London | Submitted by: Maria Garcia | 2981 Views | Add a Review

Please hit next button if you encounter an empty page

CAPÍTULO 02

Abbey apenas pegó ojo aquella noche, tumbada encima del montón de mantas sucias, angustiada por la desagradable sensación de que algo no iba bien, y esperando el regreso de la señora Petty. Cuando los primeros rayos de luz se filtraron por la pequeña ventana, se levantó, se lavó lo mejor que pudo con el agua helada de la palangana y se puso un vestido de lana color púrpura.
Seguramente Michael iría a buscarla esa mañana. Seguramente había querido ir a por ella la noche anterior, pero el mal tiempo se lo había impedido. Seguramente jamás había sido su intención que Abbey tuviese que quedarse tanto tiempo en aquella posada con la señora Petty. Negándose a aceptar que pudiese haber otra explicación, se obligó a enterrar cualquier duda. Cruzó las manos con fuerza y se las pegó al estómago, preguntándose si las punzadas que sentía serian de hambre o de nervios. Luego se acercó a la ventana y contempló el pueblo desde ella. La tormenta había pasado y las calles y los tejados de paja de las casas estaban cubiertos de una gruesa capa de blanquísima nieve. Rogó por que los caminos estuviesen transitables para que pudiera salir cuanto antes de aquel horrendo lugar.

 

 

 

En el pequeño patio de la planta baja, lord Samuel Hunt supervisaba los preparativos del trayecto a Blessing Park. Además de Mannheim y el cochero, contaba con dos jinetes de escolta para el último tramo del viaje de la señorita Carrington. Era una precaución que había tomado él mismo. Cuando Michael lo había llamado para pedirle que fuese a recoger a su prometida, no parecía preocuparle su seguridad. Probó la resistencia de las cuerdas con las que se hallaba sujeto el equipaje de Abbey a la parte posterior del coche. ¿En qué estaría pensando Michael al contratar a la señora Petty? Sam la había despedido sin pensarlo la noche anterior al oír sus atroces mentiras. Sabía que corrían rumores horribles sobre Michael, pero ni siquiera él había oído jamás tantos embustes de boca de nadie. Su gesto ceñudo se transformó en una sonrisa serena al recordar la respuesta de la señorita Carrington a semejantes acusaciones. No era en absoluto como Michael la había descrito. En absoluto.
Para empezar, no era poco agraciada.
«Nada más lejos de la realidad», musitó Sam. Sus tirabuzones de un caoba oscuro contrastaban con una impecable piel de porcelana y unos carnosos labios del color de las rosas. La suya era una belleza clásica, de pómulos prominentes y nariz pequeña y recta. Y sus ojos, ¡cielo santo!, eran magníficos: de un singular tono violáceo, enmarcados en densas pestañas oscuras.
Aún más notable que su exquisita apariencia era el modo en que le había plantado cara a aquel rufián y luego había hecho diana con el dardo. Sam rió para sí mientras regresaba a la posada. En su vida había visto nada igual y apenas podía contener la alegría de imaginar la reacción de Michael al ver a la mujer que él había descrito como una niña malcriada.
Ante la habitación de Abbey, Sam despidió al escolta que había estado haciendo guardia toda la noche y le comunicó que partirían en una hora, luego llamó con suavidad a la puerta. Al ver que la señorita Carrington no respondía, volvió a llamar, algo más insistentemente. Tras una pausa, oyó que corría el cerrojo y vio que la puerta se abría a trompicones.
La señorita Carrington apareció ante él, enfundada en un vestido que resaltaba sus extraordinarios ojos, que en aquel instante lo miraban con recelo. Abbey lo estudió un momento antes de fruncir su hermoso cejo.
—¡Usted no es Michael Ingram! —le reprochó enfadada, y antes de que Sam pudiera responder, se sacó una pistola pequeña de entre los pliegues de la falda y le encañonó el pecho. —Esta mañana me apetecen los jueguecitos tan poco como anoche, señor. Si aprecia en algo su vida, vuélvase por donde ha venido y no me moleste más. No piense ni por un instante que no voy a usar esto si fuera necesario —añadió con una voz serena que contradecía el temblor de su mano.
Sam levantó las manos despacio, retrocedió un paso y le hizo una reverencia cortes.
—No tengo intención de obligarla a jugar a los dardos, señorita Carrington. Soy lord Hunt, amigo personal del marqués, y he venido a acompañarla hasta Blessing Park.
Abbey ladeó la cabeza y pensó en lo que le decía, sin bajar el arma.
—Si me disculpa, señor, ya he tenido bastante escolta. Como comprenderá, no voy a meterme en un coche con un desconocido.
Algo divertido, Sam arqueó una ceja.
—Aplaudo su cautela. Sin embargo, el marqués de Darfield me ha pedido que la acompañe a Blessing Park de inmediato —señaló, preparándose para la eventualidad de tener que cogerla en brazos y llevarla hasta el coche por la tuerza.
Abbey bajó el arma.
—¿En serio? —preguntó con voz dulce, pareciendo de pronto muy vulnerable.
Sam recordó que aquella mujer había recorrido miles de millas para casarse con un hombre al que apenas había visto y del que no había vuelto a saber desde que era niña. Si a ello se unía su experiencia en Inglaterra hasta el momento, la situación debía resultarle, cuando menos, abrumadora.
—Por supuesto. Como es lógico, el mal tiempo...
—¡Lo sabía! —exclamó feliz, agitando el arma descuidadamente. —¡Sabía que habría venido a por mí de no haber sido por la nieve! —Volviéndose de pronto, se lanzó al otro lado de la habitación a por su bolsa. Sam iba a decirle que había sido a él a quien el mal tiempo había impedido ir a buscarla la noche anterior, pero, al ver el gesto de felicidad de aquel hermoso rostro, no se atrevió. Abbey metió la pistola en la bolsa y se puso la capa, cogió su manguito y su equipaje, y se dirigió a la puerta y luego se detuvo en seco. —No puedo irme sin saber lo que ha sido de la señora Petty. No la he visto desde la cena.
—La señora Petty está perfectamente, se lo aseguro, pero se la ha relevado de sus obligaciones. Le pediré al posadero que se encargue de hacerle llegar sus pertenencias —señaló Sam, y enfiló el pasillo
Abbey miró escéptica la ropa de la mujer.
—Le juro por mi honor que la señora Petty está bien —insistió el caballero.
Abbey alzó la mirada, lo examinó y, con cautela, empezó a bajar la escalera delante de él. Una vez en el salón, rechazó la propuesta de Sam de comer algo antes de partir y se encaminó directamente al coche. Estaba deseando alejarse cuanto antes de Pemberheath. Obviamente sus dudas sobre Michael, distorsionadas por las maliciosas acusaciones de la señora Petty, habían sido infundadas. Sonriente, se acomodó en un gran cojín y se envolvió en la manta de viaje. Los temores que la habían asediado desde que desembarcara en Portsmouth le resultaban, de pronto, irrisibles. Estaba nerviosa y desconocía las costumbres de los ingleses, nada más. Había sido por la nieve, nada más. El no había ido a buscarla por culpa de la nieve. Todo iba a salir bien, perfectamente.
Tras ajustar cuentas con el posadero, Sam volvió, subió al coche y se sentó enfrente de ella. Sonrió mientras indicaba al cochero que iniciase el viaje, luego se recostó en los cojines y estiró sus largas piernas.
Satisfecha al ver que partían, Abbey sonrió.
—¿Está muy lejos Blessing Park?
—A unas cinco millas. Quizá tardemos más de lo normal, por la nieve.
—¿Lord Darfield está allí?
—Por supuesto.
Abbey suspiró visiblemente aliviada.
—Debe de estar muy impaciente —observó contenta, después miró por la ventana. —Lleva tanto tiempo esperando para casarse...
A Sam le sorprendió que Abbey creyera que Michael deseaba aquel disparatado enlace.
—¿Lo recuerda? —preguntó indeciso, y notó que a ella le extrañaba la pregunta.
—¡Naturalmente!
—Lord Darfield me ha dicho que hace ya algunos años que se vieron por última vez. Debía de ser aún una niña —se explicó Sam.
—Sí, es cierto... —señaló Abbey riendo discretamente, —lord Hunt, ¿verdad? Yo era sólo una niña cuando lo vi en persona por última vez, pero mi padre me fue enviando retratos que le hacían...
—¿Retratos? —intervino Sam incrédula
—¡Sí, sí, varios! Verá, como lord Darfield no podía venir a verme, nunca coincidíamos en el mismo puerto, siempre que papá lo veía pedía que le hicieran un retrato. Uno de los hombres de su tripulación tenía mucho talento para el dibujo, y mi padre me enviaba sus pinturas para que no olvidara su aspecto. Y, como es lógico, le enviaba retratos míos a lord Darfield, porque él siempre andaba diciéndole a papá que quería verme.
Sam dudaba mucho de que Michael hubiese visto alguno de esos retratos, de lo contrario no habría errado tanto en la descripción de la chica. También dudaba de que Michael hubiese atosigado a Carrington con nada, salvo con el deseo de que lo librara de tan absurdo acuerdo. El difunto capitán debía de ser un buen hombre.
Abbey sonrió, y sus gruesos labios se tensaron sobre una fila de dientes perfectos.
—Mi padre era un hombre muy bueno, y siempre se portó muy bien conmigo —dijo, y los ojos se le nublaron por un instante. —Pero no tanto como lord Darfield —añadió con dulzura.
—¿Lord Darfield? —Sam carraspeó acto seguido para ocultar su gran sorpresa.
—Por lo visto, desde que abandoné el barco, no dejó de pensar en mí ni un instante —le aseguró con cierta melancolía, y miró por la ventanilla. —Durante mi primer año en Roma, me envió un violín. Él es un gran amante de la música, ¿sabe?, y le pareció que sería estupendo que yo aprendiese a tocarlo.
A Sam, perplejo, casi le dio miedo preguntar:
—¿Y aprendió?
—¡Y tanto! Y, cada vez que pensaba que jamás lograría dominar el condenado instrumento, papá me decía que Michael... que lord Darfield... estaba deseando oírme tocar, y yo persistía en mi empeño. Además, me enviaba pequeños obsequios —añadió, tocándose uno de los pendientes de amatista que llevaba puestos. —Éstos me los mandó cuando cumplí dieciséis años. Cuando estaba a punto de partir hacia Egipto, me envió un libro de historia sobre la cultura egipcia, para que supiera de antemano lo que me iba a encontrar. Eso se lo agradezco especialmente, porque ¡jamás habría esperado lo que encontré allí!
—¿Lord Darfield le envió todas esas cosas? —inquirió Sam, incrédulo.
Sin que la sorpresa de Sam pareciese afectarla, Abbey sonrió cariñosa.
—Es muy detallista, ¿verdad?
Sam, que no daba crédito, miraba fijamente a aquella ingenua romántica, completamente ajena a su perplejidad. ¿Cómo podía ser tan cándida? Aquello no estaba nada bien. Conocía a Michael desde que eran niños y jamás le había hablado de Abigail Carrington, hasta que, unos días antes, le había pedido que acudiese a Blessing Park para ayudarlo con un «asunto delicado».
El asunto resultó ser un acuerdo execrable que Michael se había visto obligado a aceptar a los diecinueve años, cuando, desesperado por salvar a su familia de la ruina absoluta, había acudido al opulento capitán Carrington para pedirle dinero prestado con el que saldar las deudas de su padre.
El capitán se había mostrado más que contento de complacerlo. El acuerdo al que habían llegado estipulaba que, si Michael no le había devuelto al capitán el dinero prestado antes de su muerte, contraería matrimonio con Abigail Carrington. Lo que en su día le había parecido una propuesta bastante inocua del navegante destinada a proteger a su única hija, había terminado convirtiéndose en una pesadilla para Michael. A la hora de firmar el acuerdo, no había caído en la cuenta de la importancia de una cláusula por la que cualquier otra deuda que él o su familia contrajesen con Carrington se vería sujeta a los mismos términos hasta que se hubiesen liquidado todas ellas. Michael no había sabido, hasta dos meses antes, cuando habían llegado los papeles, que su padre le había pedido dinero prestado a Carrington en repetidas ocasiones. Como bien le había dicho a lord Hunt, podía librarse de aquel acuerdo tanto como de su propia piel.
—El acuerdo es muy claro, Sam. Mis abogados han revisado la documentación y en ella se expresa rotundamente que nunca se liquidó la totalidad de las deudas, a pesar de que yo podría haberle dado al capitán el doble de lo que se debía. Por lo visto, mi padre despilfarró la fortuna familiar en copas y juego no una vez, sino dos, y ni él ni el capitán consideraron oportuno comunicármelo —le había explicado Michael amargamente. —No me extraña de papá, pero de Carrington... Jamás me dijo que la deuda siguiera creciendo.
—¡Tiene que haber una forma de librarte de esto! ¿No tiene ningún pariente varón?
—El hijo de un primo en alguna parte, pero eso da igual. El acuerdo es vinculante en el sentido más estricto de la palabra. Carrington se encargó cuidadosamente de hacer que la liquidación de sus propiedades dependiera del cumplimiento de dicho acuerdo. Asoció tantas otras operaciones financieras a ese matrimonio que, si tratara de escabullirme, tendría a varios acreedores tras mis activos.
—Entonces, ¿no hay nada que puedas hacer? —preguntó Sam incrédulo.
Michael suspiró y negó con la cabeza.
—Me temo que es peor que eso. Creía que podría demorar el enlace indefinidamente, pero el capitán se aseguró de que no pudiesen liquidarse otras lleudas hasta que se celebrase la boda. Mi familia podría perderlo todo, igual que varios de los socios del capitán. —Palideció visiblemente mientras hablaba y le dio la espalda a su amigo para quedarse mirando el retrato de algún lejano ancestro. —Era un hombre resuelto, Sam. Se encargó de que ella y su familia estuviesen bien cubiertas. No sólo le asignó una suma considerable a su hermana por dejar que la cría volviese a Inglaterra, sino que, en su testamento, vincula todo el capital de ella a este matrimonio. —Se incorporó bruscamente en el asiento y clavó los codos en el escritorio para poder frotarse las sienes.
—¿Y eso significa...?
—Eso significa que, si la hija de Carrington no se casa conmigo, perderá irremediablemente el derecho a cualquier herencia. Ella decide: es la única con autoridad legal para rescindir el acuerdo, pero, en ese caso, toda su dote, salvo una pequeña suma, se destinará a pagar a los acreedores de su padre.
—¿Qué?
—Que se perderá todo si no me caso con ella —concluyó Michael sin inmutarse —Será la ruina de mi hermana, de la viuda de mi tío, de mis primos y de al menos tres de los socios del capitán Carrington. El testamento recoge las medidas que deberán tomarse para liquidar las deudas que tengo pendientes, así como las de Carrington.
La indignación de Sam por el aprieto en que se hallaba su amigo había crecido a pasos agigantados.
—¿Y no puedes liquidar las deudas sin más? ¡Eres un hombre muy rico!
—Necesitaría casi un millón de libras, en efectivo, para hoy. Soy un hombre rico, sí, pero me llevaría un tiempo considerable liquidar mis inversiones o acceder a mis fondos en el continente para reunir semejante cantidad.
Michael se levantó y se acercó al aparador, se sirvió un whisky, se lo bebió y se sirvió otro. Sam lo siguió descorazonado y se puso un coñac.
—Entonces, ¿no hay nada que hacer? —insistió. Michael asintió despacio con la cabeza. Se hizo el silencio entre los dos hasta que el lord preguntó con cautela: —¿Tan mal está ella?
Michael se encogió de hombros con indiferencia.
—Yo recuerdo a una niña malcriada, sucia como una pocilga y con más mala sombra que cualquier hombre que yo haya conocida Y, para que no olvide esa lejana pesadilla, ahora me veo obligado a casarme con ella. Te juro que no entiendo cómo Carrington pudo cargarme con esto. Cualquiera que fuese su plan, era digno de una dote de casi quinientas mil libras.
—¡Quinientas mil libras! —exclamó Sam.
—Una dote considerable, ¿no te parece? —dijo Michael con sarcasmo.
¿Considerable? Era insólita, pensó Sam mientras veía a Michael sentarse de nuevo tras su escritorio, frotarse la nuca y mirar fijamente una pila de papeles. Se compadeció de él; había sufrido tanto en la vida... Primero, la aristocracia londinense le había dado la espalda a su familia cuando su padre había empezado a acumular deudas exorbitantes. Cuando estaban en la ciudad, los trataban como a indeseables, como si no existieran, por lo que se habían visto obligados a retirarse a Blessing Park y vivir aislados. Por lo que había podido averiguar, la hermana menor de Michael, Mariah, había sido su única amiga, y con ella había crecido a la sombra de un padre alcohólico y cruel. Cuando Michael se había hecho a la mar con Carrington, su hermana había sido víctima constante de aquel maltrato. La aristocracia londinense la había evitado y, tras una presentación en sociedad bastante decepcionante, la había cortejado Malcolm Routier, un tunante de mala reputación. Michael, actuando en nombre de su padre incapacitado, había rechazado la propuesta de matrimonio que éste hizo a Mariah, lo que había trastornado mucho a su hermana, que se había negado incluso a hablar con él durante un tiempo. Pero la vida seguía, y Mariah había terminado casándose con un escocés y mudándose a las Tierras Altas, donde, según le había dicho Michael, era más feliz que en toda su vida.
La partida de Mariah había sido difícil para él, sobre todo porque, inmediatamente después de que ella se marchara, se había producido la muerte prematura y accidental de su madre. Un buen día, mientras paseaba por el parque había tropezado con un saliente, con la mala suerte de que la bufanda con la que se protegía del frío se le había enganchado entre dos rocas y la había ahorcado. Lógicamente, dada la escandalosa reputación de la familia, había corrido el rumor de que se había suicidado, y, en algunos círculos, se apuntaba incluso la probabilidad de que su hijo la hubiera asesinado. El padre de Michael, por su parte, no tardó en sucumbir a las dolencias de hígado que los excesos de muchos años le habían provocado.
Michael se había esforzado por reparar el buen nombre de su familia, pero, tras cada escándalo, había ido refugiándose cada vez más en sí mismo, evitando las relaciones legítimas y entreteniéndose con mujeres de vida alegre. Rara vez iba a Londres y, cuando los negocios se lo exigían, solía llegar a última hora de la noche y regresaba en el mismo momento del día.
Comprensiblemente, Michael detestaba a la aristocracia londinense, pero su esquivo comportamiento lo había hecho aún más interesante para las clases privilegiadas. Transcurridos unos años desde la muerte de su padre, todos querían conocer al marqués de Darfield o, como mínimo, que se dejase ver. A Michael le molestaba aquello y apenas salía de Blessing Park, salvo para embarcarse.
Hasta el año anterior, cuando había conocido a Rebecca Davenport, una joven y hermosa viuda. Había surgido un vínculo afectivo entre ellos por el que Michael había abandonado su exilio voluntario. A Sam le había alegrado ver a su amigo en Londres durante la Temporada, aunque hubiese sitio sólo quince días. La aristocracia de la ciudad se había exaltado ante la presencia del esquivo marqués. Las mismas personas que un día le volvieron la espalda de pronto lo colmaban de invitaciones. Las mujeres se arrojaban a su paso, y los hombres intentaban desesperadamente que se sentase con ellos en sus exclusivos clubes. Mientras pudo, Michael lo había tolerado todo por Rebecca, pero había terminado refugiándose en Blessing Park. Le había confesado a Sam que odiaba a la aristocracia londinense más que nunca y que ni siquiera la joven viuda podía persuadirlo para que se quedase en la metrópoli. Así, su relación amorosa había estado a punto de quebrarse por la necesidad de Rebecca de ser vista y la de Michael de que lo dejaran en paz.
Y de repente aquello. Sam no pudo evitar sentir lástima por él. Si llegaba a saberse que se veía obligado a contraer matrimonio para saldar las deudas de su padre, se produciría un nuevo escándalo que lo devolvería inmediatamente a su condición de proscrito. Algo de lo más injusto.
—¿Cómo puedo ayudarte, Michael? —le preguntó al fin.
El marqués se encogió de hombros y miró despacio a su mejor amiga
—Si quieres, ve a buscar a esa niña malcriada. Supongo que habrá boda en uno o dos días —le respondió, visiblemente resignado a su destino.

Comments

user comment image
Alice
Great book, nicely written and thank you BooksVooks for uploading

Share your Thoughts for El diablo enamorado

500+ SHARES Facebook Twitter Reddit Google LinkedIn Email
Share Button
Share Button