El diablo enamorado | Chapter 4 of 28

Author: Julia London | Submitted by: Maria Garcia | 2981 Views | Add a Review

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PRÓLOGO

Mar Mediterráneo, 1813.
Amaneció un día luminoso, como contraste a la fuerte tempestad de la noche anterior, que había estado a punto de hundir el buque mercante. Apoyado en el casco del barco, se encontraba un joven exhausto, recién salido de su primera batalla contra las fuerzas de la naturaleza en alta mar. Con los ojos cerrados y el cuerpo sensible al más mínimo movimiento, concluyó para sus adentros que aquello no había sido menos agotador que cualquiera de las batallas libradas en tierra.
Michael Ingram gruñó al ver a una niña vestida de pirata correteando por la cubierta superior. Llevaba en la cabeza un pañuelo que le sujetaba los oscuros rizos, y sus piernecillas flacas sobresalían de unos pantalones de hombre cortados por debajo de la rodilla y ceñidos con un cinturón a su diminuta cintura.
Iba descalza y parecía llevar semanas sin ver el agua. Además, blandía una espada de madera, la misma que le había clavado en el estómago hacía dos días cuando le había saltado de detrás de un tonel al grito de «En garde!». Aquella mañana hermosa y despejada, vociferaba a algo que había tras el barco (seguramente olas de cresta blanca, como solía ser el caso) y alertaba a voces de la presencia de piratas.
—Cielo santo, mírala —murmuró Michael. Entre un montón de virutas, el hombre mayor que tenía a su lado entrecerró los ojos para mirar a la niña. —¿La viste anoche? En lo peor de la tempestad, estaba ahí arriba, con el capitán, blandiendo al aire esa cosa como si luchara contra sus piratas ficticios —protestó Michael.
El hombre mayor, Withers, se encogió de hombros.
—No es más que una niña, Ingram. Le haces demasiado caso —le replicó con su tosquedad habitual.
Michael sonrió. Aquel hombre, un gigante de puños de acero, se había hecho a la mar cuando la finca en la que había trabajado como jardinero casi toda su vida adulta había servido para saldar una deuda de juego.
Al principio, cuando Michael acababa de unirse a la tripulación, Withers lo trataba con cierta distancia, igual que el resto de los rudos marineros, que recelaban de él por sus orígenes nobles; sin embargo, las circunstancias (la sofocante deuda de su padre, concretamente) lo habían llevado hasta el capitán Carrington, un barón de poca monta célebre por su dominio de los mares. Su familia había hecho un trato con él en virtud del cual se convertiría en uno más de la tripulación, entre cuyos miembros temía, sobre todo, a Withers. No obstante, había sido éste quien, agarrándolo por el cogote, lo había sacado de una pelea con otros tres hombres y había evitado así que lo molieran a palos. Desde entonces, el antiguo jardinero se había convertido en fiel aliado y protector del joven.
La niña divisó a los dos hombres y empezó a hacerles señas. Ninguno se inmutó.
—Por nada del mundo le des conversación —refunfuñó Michael.
Withers gruñó y siguió con sus tallas de madera.
—No está interesada en mí, muchacho. El a ti a quien admira, por eso te persigue.
Michael volvió a refunfuñar al ver que la niña se agachaba a recoger su muñeca antes de bajar de la cubierta superior. Arrastrando la espada de madera, se abrió paso entre los escombros que la tormenta había sembrado por el barco.
—Esa criatura es un horror. Una niña malcriada. Una amenaza para todos los hombres de este barco —aseguró Michael. —Al capitán Carrington debería darle vergüenza dejarla correr como una loca por ahí. Creo que la fierecilla no tiene siquiera un vestido.
Cuando la niña empezó a correr hacia ellos, Withers levantó la vista.
—Es una criatura muy vital. Supongo que por eso el capitán la trajo consigo cuando murió su madre hace unos años. Ya tendrá tiempo de llevar vestidos y lazos —murmuró al tiempo que la pequeña se detenía en seco delante de ellos.
—¿No me habéis oído? ¡Tierra a la vista! —proclamó sofocada, luego se limpió los mocos con el dorso de la mano.
Michael le miró las rodillas llenas de costras y la roña de las piernas y los brazos; luego, haciéndose sombra con la mano, alzó la vista y la miró a la cara.
—No hay tierra a la vista, Abigail —le dijo con forzada paciencia.
La niña se puso en jarras y lo miró ceñuda.
—¡Hay tierra y yo la he visto primero! Una ensenada, un refugio pirata. ¡Vamos a atacarlos y a robarles el tesoro! —anunció triunfante, alzando su muñeca por encima de la cabeza. —¡Todos los hombres a sus puestos, damos la vuelta! ¡Son las normas!
—Estamos a cientos de millas de la costa —dijo Withers sin inmutarse.
Ignorándolo, Abigail blandió la muñeca ante la cara de Michael.
—¡Ella también ha visto tierra! ¡Levanta, Michael Ingram, o mi papá hará que te azoten!
—Lárgate, Abigail —le dijo el joven, espantándola con la mano como si fuese un mosquita
Con una velocidad que sorprendió de primeras a Michael, Abigail soltó la muñeca y, con ambas manos, le clavó la espada de madera en el pie.
—¡Au! —chilló Michael, agarrándose el miembro contusionado.
Abigail rió con ganas y alzó la espada.
Michael se levantó como pudo y miró furioso a la niña antes de que le diera por repetirlo. Ella alzó la barbilla, se irguió y le devolvió la mirada. Fue entonces cuando Michael hizo lo impensable: recogió la muñeca del suelo y, furioso, le arrancó la cabeza.
—Sin cabeza, ya no puede ver tierra —le dijo, y le tiró a la cara la muñeca mutilada. La mirada feroz de Abigail se transformó en una de horror mientras contemplaba boquiabierta el estado de su muñeca.
—¡Madre mía! —masculló Withers cuando, retorciendo la boca, la niña profirió un alarido espeluznante.
Tiró la espada, dio media vuelta y salió corriendo a la cabina del capitán, sin parar de llamar a gritos a su padre. Sus berridos atrajeron a la cubierta principal a media tripulación, que de verdad creyó que había piratas.
Withers se puso en pie y, con una de sus manazas, enganchó a Michael por el hombro.
—Baja, muchacho. No quiero perder a un buen compañero por esta —Dicho lo cual le dio un buen empujón hacia la puerta que conducía a las cubiertas inferiores.
Michael desapareció sin rechistar con la muñeca rota, abriéndose paso por las oscuras entrañas del buque hasta llegar a su camarote. Allí buscó un lugar donde esconder los dos trozos de la muñeca. Al final, desesperado, abrió su baúl y los enterró bajo sus escasos efectos personales.
—Esa fierecilla aún me costará la vida —murmuró, luego se echó un brazo por encima de los ojos.

 

 

 

Varios días después, Michael cambió de parecer al ver a la niña abatida peinar la cubierta en busca de su muñeca. No era tan insensible como para que aquella cara triste no lo ablandara al menos un poco. Tras concluir que ya había pagado por su delito, decidió reparar el daño en la medida de lo posible y devolverle su juguete. Con un cordel de cáñamo, logró sujetarle la cabeza al cuerpo, pero, al hacerlo, le rasgó el vestido sucio. Suspirando frustrado, sostuvo en alto la muñeca y la estudió a la tenue luz del candil que colgaba sobre su litera. De pronto se le ocurrió una idea y, ya bien entrada la noche, enseñó su creación a Withers, Bailey y Hans, sus compañeros de camarote. Con el vestido roto, le había hecho un pañuelo de pirata; un palillo le había servido para reemplazar la pierna de trapo por una pata de palo. Le había arrancado la jareta a las braguitas de la muñeca para hacerle unos pantalones cortos como los que llevaba Abigail. Luego había recortado un pedazo cuadrado de tela de su propia chaqueta para confeccionar un parche. La muñeca se había transformado en una versión en miniatura de la pirata Abigail.
—Perfecta —señaló Hans. —Una reproducción exacta de esa niña malcriada que me provoca pesadillas.
Michael rió y guardó la muñeca en su baúl, pero nunca tuvo ocasión de devolvérsela a la pequeña Abigail: a la mañana siguiente, cuando el barco echó anclas junto a las costas de Italia, el capitán Carrington subió a Abigail a un esquife rumbo a tierra. Para asombro de todos los miembros de la tripulación, el pequeño monstruo llevaba un bonito vestido con lazos de satén y cuello de encaje. En la nave corría el rumor de que ni siquiera el capitán podía manejarla, de modo que, acompañada por su abogado, entraría en un colegio de monjas, donde éstas intentarían domesticarla. Desde la cubierta principal, Michael contempló la escena divertido, con la muñeca en la mano. La fierecilla, de pie en el centro de la barca, despotricaba contra su padre por mandarla lejos. Cuando el esquife llegó a la orilla, le gritó al capitán Carrington que volvería con un centenar de piratas, y agitó el brazo a modo de espada para dar mayor énfasis a su amenaza.
Su padre rió y se despidió con la mano.
—¡Esperaré ilusionado el ataque, cielo! —le replicó risueño.
Michael vio cómo la pequeña le tiraba sin querer la gorra al agua a un marinero. La embarcación tuvo que dar varias vueltas en círculo para recuperarla, sin que Abigail dejara de gritarle a su padre en ningún momento. En cubierta, los hombres reían a carcajadas ante semejante espectáculo, pero Michael se limitó a negar con la cabeza, «¡Con viento fresco!», pensó impasible.

Comments

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Alice
Great book, nicely written and thank you BooksVooks for uploading

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