El diablo enamorado | Chapter 26 of 28

Author: Julia London | Submitted by: Maria Garcia | 2981 Views | Add a Review

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CAPÍTULO 22

Abbey se quedó en las ruinas un buen rato después de que se fuera Galen. ¡Todo era tan confuso...! Durante las últimas semanas se había visto invadida por una tristeza que no lograba sofocar. Algo había muerto en su interior, algo que no estaba segura de querer resucitar. Algo que no sabía si podría resucitar.
Había sido muy duro para ella. Michael parecía estar siempre donde ella estaba, aunque guardando las distancias. Por un lado, lo despreciaba, pero, por otro, lo amaba profundamente. Era imposible no amarlo. Por más que lo intentaba, no lograba enterrar los sentimientos que él le inspiraba en lo más recóndito de su alma. La había traicionado y se había negado a confiar en ella cuando más lo necesitaba, pero, en aquel día luminoso y despejado, no podía contener la sensación persistente de que su primo tenía razón. A Michael le habían hecho daño tantas veces... ¿Por qué no iba a creer que aquél era un intento más de engañarlo y humillarlo?
—Ay, Dios —suspiró. Lo cierto era que ella le había ocultado a Galen. Quizá había llegado el momento de asumir su responsabilidad en lo sucedido.

 

 

 

A Michael lo sorprendió la presencia de Abbey en el comedor aquella noche. Estaba preciosa con aquel vestido azul oscuro de gasa y terciopelo, adornado con pequeñas cuentas de cristal que reflejaban la luz cuando se movía. Su melena caoba oscuro, peinada hacia atrás, le caía por la espalda en forma de sedosas ondulaciones. Estaba más hermosa de lo que recordaba haberla visto nunca.
—Me alegra que hayas decidido unirte a nosotros. ¿Te apetece una copa? —se oyó decir Michael.
Ella sonrió tímidamente, desconcertándolo. No esperaba una sonrisa. No, aquello era lo último que esperaba.
—Un vodka, por favor —contestó con voz suave.
Desde el otro lado de la sala, Sam, que la miraba fijamente por encima de su copa de madeira, se quedó tan atónito como Michael. El marqués le hizo una seña a Anderson, que le sirvió la copa en silencio y se la entregó. Se dirigió a ella, agarrotado, y se le tendió.
—Gracias —dijo ella recatada. Lo miró a través de sus inmensas pestañas y se ruborizó ligeramente.
A Michael lo perturbaba tanto aquel cambio de actitud que se consideró afortunado de haber podido darle el vaso de vodka sin que se le cayera de las manos.
—Parece que te ha sentado bien el paseo —señaló, a falta de algo mejor que decir.
Ella le dedicó una de sus sonrisas perfectas, y a él se le cayó el alma a los pies.
—Ha sido muy agradable, milord. Creo que ya lo he resuelto todo —respondió.
Michael tragó saliva; no tenía ni idea de cómo interpretar aquella repentina serenidad.
—Le estaba contando a Michael que el La Belle está amarrado en el puerto de Brighton. Su viaje inaugural ha sido mucho más satisfactorio de lo que esperábamos; el trayecto completo, de ida y vuelta al Mediterráneo, se ha hecho en un tiempo récord —comentó Sam desde el otro lado de la sala. —Y otro de nuestros barcos más nuevos, el St. Lucie, está anclado en Portsmouth.
Abbey se volvió educadamente hacia Sam y cruzó la estancia para sentarse muy delicadamente en el sofá de enfrente de él. Al cabo de unos minutos, Michael reunió las fuerzas necesarias para trasladarse a un sitio cerca del hogar.
—Me encantaría verlos —comentó ella con naturalidad.
El marqués arqueó un poco las cejas mientras miraba a su amigo. No podía evitarlo; sospechó de inmediato ¿Abbey quería ver los barcos? ¿Querría comprar un pasaje para América? ¿Al continente? ¿A cualquier lugar que no fuese Blessing Park?
—¿Tienes previsto viajar? —le preguntó él con más sarcasmo del pretendido.
Ella le sonrió sorprendida.
—No, no. Me gustaría mucho ver alguno de los nuevos diseños. Nunca he visto uno —señaló; luego bebió con delicadeza de su vodka.
Michael y Sam intercambiaron una mirada de cautela; no estaba del todo seguro de que ella no hubiese ideado algún plan para escapar de él, y la sola idea le partía el corazón. Tenía claro, desde el primer momento, que si ella no lo perdonaba, si lo despreciaba tanto como parecía, lógicamente la dejaría ir. Aunque eso acabara con su vida.
—Si quieres ir, yo te llevo —espetó él sin pensarlo. Notó que Sam lo miraba, pero no lograba apartar la vista de su esposa.
Ella arqueó las cejas por encima de sus vivos ojos violeta.
—¿Tienes previsto viajar? —inquirió inocentemente.
Michael apuró su whisky antes de contestar
—Quizá. Aún no lo he decidido.
Abbey miró su copa.
—Si tuviera que viajar ahora, creo que me encantaría volver a ver el Mediterráneo —observó.
Ahí estaba. Tenía un destino en mente, un destino que la llevaría muy lejos de él. El Mediterráneo era una buena elección, pensó Michael con sarcasmo. Por allí no podría perseguirla, como haría si eligiera el continente, o incluso América.
—¿Y qué harás con Harry? —preguntó él, adelantando acontecimientos y preguntándose si se dejaría alguna de sus cosas allí.
Abbey y Sam se miraron perplejos.
—No creo que el perro pueda viajar en barco —sonrió.
Michael asintió con la cabeza. No lo sorprendía. No quería nada que lo recordara a él, ni siquiera su propio perro.
—¿Hay algún otro lugar al que te gustaría viajar? —quiso saber a continuación.
Michael esperaba que le pidiera un pasaje a América, o que admitiera su verdadero deseo de dejarlo, cuando un alboroto a la entrada de la finca llamó la atención de los tres. Lord Hunt se levantó y se acercó a una de las ventanas que daban a la gran entrada circular; luego sonrió a Michael.
—Tu díscolo secretario ha vuelto —le dijo y, dejando su copa en la mesa, se dirigió a la puerta.
Michael gruñó a media voz. Abbey se levantó también, por lo visto dispuesta a seguir a Sam.
—Abbey, espera.
Ella miró expectante por encima del hombro; Michael se levantó despacio, sin quitarle la vista de encima. Sabía lo que quería, y no la retendría en contra de su voluntad, incluso la acompañaría a casa, pero no la dejaría marchar sin que supiera que dejarla marchar lo destrozaría y que jamás dejaría de amarla.
—Si quieres volver a América, yo te llevaré...
Lo interrumpió un alboroto en el vestíbulo. Perpleja, la joven miró a la puerta.
—¿Dónde está? ¿Dónde está mi sobrina? —bramó una voz de mujer.
Abbey hizo un aspaviento y se volvió, mirando a Michael incrédula.
—¿Tía Nan? —susurró atónita.
—Creo que las señoritas Victoria Taylor y Virginia también están aquí —respondió él, exasperado.
Ella siguió mirándolo pasmada, luego, muy despacio, se dibujó en su rostro una sonrisa luminosa que le arrugó las comisuras de los ojos.
—¿Has...?
—Las he invitado, sí, si te refieres a eso.
—Pero ¿cómo?
—Con Sebastian y el St. Lucie —señaló, furioso por su inoportuna llegada y por el hecho de que fueran ellas y no él las que lograran hacerla sonreír así.
—¿Dónde está? —bramó de nuevo Nan.
Abbey dio una palmada de felicidad y se encaminó hacia Michael. Por un instante, pensó que iba a arrojarse a sus brazos, pero no fue así, ni mucho menos. Por cómo lo miraba, por la sonrisa trémula de sus labios...
Avanzó como si quisiera tocarlo, y él, instintivamente, alargó los brazos, pero la voz de Nan volvió a resonar en el vestíbulo.
—¡Gracias! ¡Ay, Michael, gracias! —gritó y, dando media vuelta, salió a toda prisa de allí.
Frustrado y confundido, el marqués permaneció inmóvil. ¿Había imaginado aquella mirada? ¿Había querido tocarlo? Un coro de voces alegres recibió a Abbey en el vestíbulo. Meneando la cabeza, fue de mala gana a saludar a sus invitadas.

 

 

 

Bedlam lo saludó en el vestíbulo. Sebastian, muy demacrado, trataba de abrirse paso entre la maraña de mujeres y criados. La mujer que Michael supuso que era su tía abrazaba a Abbey sin soltarla. Nan, alta, delgada y guapa, con su pelo cano recogido de forma sencilla a la altura de la nuca, parloteaba sobre lo mucho que se había preocupado al enterarse del desafortunado incidente. Una de las mujeres más jóvenes daba vueltas despacio en medio del vestíbulo de baldosas de mármol, contemplando extasiada las paredes y el techo. Era una joven muy guapa, de ojos verdes, y llevaba el pelo oscuro recogido de la forma inusual que a Abbey le gustaba. Lucía un vestido de viaje amarillo oscuro que hacía resplandecer su piel.
La otra joven era tan rubia como morena era su hermana. También ella iba peinada como la otra y llevaba un vestido azul claro del mismo estilo. Hablaba con Sam del viaje. Michael miró a su amigo y sonrió cuando la joven confesó que había vomitado cuatro veces, una por la borda delante de todos los grumetes. Éste, siempre tan caballeroso, escuchaba atentamente con una sonrisa cortés.
—Milord, debe saber que nos hemos encontrado a los Haversham en Pemberheath. Tía Nan los ha invitado a cenar esta noche —dijo Sebastian con una mezcla de hastío y sarcasmo.
El gesto de agobio del secretario hizo sonreír a Michael: parecía que fuera a desmayarse en cualquier momento.
—Le diré a Jones que esperamos a cinco invitados para cenar. —Miró a Sebastian, parecía más cansado de lo que lo había visto jamás. —¿El viaje ha transcurrido sin incidentes? —preguntó con sequedad.
El secretario, aún con el polvo del trayecto desde Portsmouth, puso los ojos en blanco.
—Espero, milord, que el deber nunca vuelva a llamarme así —declaró solemne. —Si me lo permite, me retiro a darme un baño, que me hace mucha falta.
Michael asintió con la cabeza y lo vio dirigirse a la escalera de mármol cojeando, una dolencia con la que su empleado no había salido de Inglaterra.
—¿Es él? —inquirió Nan desde la puerta. Con un brazo alrededor del hombro de Abbey, avanzó hacia Michael, arrastrando consigo a su sobrina. —Lord Darfield, ¿supongo? —preguntó, mirándolo por encima de la montura de sus gafas cubiertas de polvo.
—A su servicio, señora —respondió él con una gran reverencia.
—Pues dígame dónde puedo tomarme una cerveza bien fría, señor. El viaje me ha dejado completamente seca, ¡y su cochero conduce como si nos persiguiera una tribu de indios! Vaya, vaya, es usted un diablo guapísimo, ¿eh? Más guapo que en los retratos, diría yo.
—¿Loa retratos?
—¡Mamá, él no sabe nada de esos retratos! Los mandó hacer el tío para enviárselos a Abbey —informó la chica rubia.
—Usted debe de ser la señorita Victoria —dijo Michael, volviendo a hacer una reverencia.
—Ah, no —rió ella. —Yo soy Virginia.
—¿La costurera?
Ella rió con desenfado
—La modista —lo corrigió con una sonrisa de complacencia y lo saludó convenientemente.
—Yo soy Victoria —dijo la otra, saludándolo del mismo modo. —Ay, Abbey, es mucho más guapo de lo que pensábamos, ¿verdad?
Ésta, aún atrapada en el abrazo de su tía, se puso como un tomate.
—Supongo que se sorprendería mucho al ver a mi Abbey hecha toda una mujer, ¿no, joven? —preguntó Nan, con la cabeza ladeada mientras lo estudiaba.
—Ciertamente, señora.
—Predije que no esperaría encontrarla tan guapa y, como es lógico, acerté. ¿Qué hay de esa cerveza? ¡En Inglaterra una se muere de sed! —dijo Nan y, siguiendo la indicación de Michael, empezó a arrastrar a Abbey por el pasillo.
—Ay, mamá, ¿has visto que cosas tan finas? Este hombre debe de valer millones, ¿no crees?
—De verdad, Ginny, qué vulgar. Luego le preguntamos a Abbey —la reprendió Victoria, y las dos jóvenes siguieron a su prima y a su madre.
Por primera vez, Michael vio a su fornido mayordomo rondando la puerta con gesto afligido.
—Arriba esa barbilla, Jones. Los Haversham no tardarán en venir —le gritó Michael.
Jones ni siquiera fue capaz de asentir con la cabeza y se dirigió de mala gana a la parte posterior de la casa.
Sam, que caminaba junto a Michael, era todo sonrisas.
—Creo que acabamos de presenciar lo que sucede cuando cuatro mujeres viven solas sin un hombre que las temple —observó.
—Me parece que a éstas no las podría templar ni Dios —afirmó Darfield muy seco.

 

 

 

Ya en el salón, las damas examinaban detenidamente los muebles y la decoración, hablando todas a la vez. Abbey intentaba explicar un retrato, pero Virginia hablaba por encima de ella, jurando que el tipo del retrato se parecía al boceto de un príncipe sueco que ella había visto una vez. Nan, cerveza en ristre, escudriñaba un reloj de cristal muy grande y muy caro. Anderson le sirvió a Virginia un madeira; Vitoria proclamó su preferencia por el whisky. Al menos, pensó Michael, Abbey había adquirido su peculiar hábito de forma honrada. El criado del extremo opuesto de la habitación estaba blanco como un fantasma.
—Muy bien, chicas, habrá tiempo de sobra para examinar la casa. Quiero que Abbey nos lo cuente todo de su nueva vida —anunció Nan y, cogiendo a su sobrina por la mano, la arrastró hasta el sofá y la obligó a sentarse tirándole enérgicamente del hombro.
Virginia y Victoria se sentaron de inmediato a ambos lados de Abbey. Nan la miró expectante. —¿Y bien? Adelante, cielo.
—N-no... ¡no sé por dónde empezar! —exclamó Abbey.
—¡Por tu boda! —Virginia casi gritó. —¿Fue un gran acontecimiento? ¿Cuántos invitados hubo? ¿Te pusiste el vestido que te hizo Tori?
—¿Fue en una iglesia muy grande? No hablas de ello en tus cartas —añadió Victoria.
Sam se unió a Michael, que, con un brazo apoyado en la repisa de la chimenea, observaba la escena entre sorprendido y divertido.
—No precisamente —señaló la joven visiblemente incómoda.
—Me temo que soy el culpable de que la boda fuese más bien modesta —intervino Michael. Su esposa se volvió hacia él, temiendo que contara la verdad. Él le sonrió tranquilizador. —Abbey llegó más tarde de lo esperado y yo debía salir para Brighton...
—¿Para Brighton? Ah, he leído mucho sobre esa localidad —exclamó Virginia, y se disponía a seguir cuando ría Nan le dio una palmada en el muslo para silenciarla.
—Debía salir para Brighton y no me pareció de recibo dejar a Abbey bajo mi techo sin carabina, así que nos casamos de inmediato.
Abbey sonrió agradecida.
—Ay, qué romántico —suspiró Victoria.
—¿Ves, Abbey? Te dije que te estaría esperando. Sabía que te llevaría al altar en seguida, ¿no te lo dije? —señaló triunfante Nan.
—SI, tía Nan —asintió Abbey, mirando nerviosa a Michael con una leve sonrisa en los labios.
—¿Y después? —preguntó Victoria.
—¿Y después?
—¡El viaje de bodas! ¿Adónde fuisteis, a Londres?
Abbey se agarró las faldas del vestido en un gesto que Michael había aprendido a interpretar como una muestra inconsciente de nervios.
—Bueno, no de inmediato. ¿Por qué ir a Londres cuando se tiene una casa tan bonita como Blessing Park?
—Ah, cuánta razón tienes. Cuando hemos llegado a la entrada, al verlo todo tan magnífico, he pensado que había muerto e ido al cielo. Yo tampoco habría querido marcharme —declaró Victoria asintiendo con la cabeza.
—Pero habéis ido a la capital, nos lo ha dicho Sebastian. ¿Es tan maravilloso como dicen? Ginny compró una revista en Boston donde dice que, en Londres, todas las mujeres llevan vestidos con falda de volantes. Te he hecho tres vestidos nuevos, ¡y ninguno de ellos lleva falda de volantes! —señaló Victoria, indignada.
—Me dan igual las faldas de volantes, Tori —le aseguró Abbey.
—Ya sé que a ti te da igual. Si de ti dependiera, ¡irías a todas partes con una falda vieja de muselina! Confía en mí, es lo que está de moda, y seguro que todo el mundo se ha dado cuenta ya de que tus faldas no llevan volantes, ¿no te parece, Michael? —inquirió la chica.
Michael procuró no mostrarse demasiado espantado por la familiaridad con que ésta lo trataba.
—No sé mucho de moda, pero me gusta el estilo único de los vestidos de Abbey.
Victoria sonrió muy tímidamente y aceptó el cumplido de Michael con una delicada reverencia.
—Llevas una copia del vestido color plata, ¿verdad? —preguntó Nan a Abbey.
—Se lo ha hecho ella misma —dijo el marqués orgulloso.
Las cuatro mujeres lo miraron sorprendidas antes de empezar a reírse a carcajadas. Las tres más jóvenes, presas de un ataque de risa, se echaron hacia atrás en el sofá, y Nan estuvo a punto de tirar la cerveza. Desconcertado, él arqueó una ceja y miró a Sam, que parecía igual de perpleja
—Ay, no, milord, no lo he hecho yo. Lo ha hecho la cocinera —le explicó Abbey entre risas.
La imagen de la cocinera haciendo un vestido lo dejó pasmado.
—¿La cocinera?
—Ay, lord Darfield —chilló Virginia. —No pensará sinceramente que Abbey sería capaz de dar ni un pespunte aunque su vida dependiera de ello, ¿verdad? —las tres mujeres jóvenes continuaron riendo a carcajadas.
—Por lo visto, estaba equivocado —dijo él muy educadamente, y le hizo una seña a Anderson para que le sirviera un whisky, con la confianza de que el criado tuviese el sentido común necesario para ponérselo doble.
—Tía Nan, ¿quién se va a ocupar de la granja mientras estáis fuera? —preguntó Abbey cuando dejaron de reírse.
—El señor Ramsey —respondió la mujer como si nada, y se puso a mirar las ventanas.
—¿El señor Ramsey? ¿No me digas que vuelve a cortejarte?
—¿Que si vuelve? ¡Si casi se ha mudado allí! —exclamó Virginia.
Con los ojos chispeantes, Abbey se volvió hacia su tía, que, para sorpresa de Michael, parecía estar ruborizándose. Habría jurado que pocas cosas podían azorar a aquella americana.
—¿En serio? Vaya, tía Nan, pensaba que...
—Lo que tú hayas pensado, niña, no hay por qué repetirlo aquí. El señor Ramsey es un perfecto caballero y se ha ofrecido amablemente a encargarse de la granja, nada más —insistió; luego miró furiosa a Virginia.
—Pero ¿qué ha sido del señor Douglas? —preguntó Abbey.
—Eso, mamá, ¿qué ha sido del señor Douglas? —dijo Virginia con una risita picara.
Michael miró a su amigo, que parecía estar ahogándose con el whisky. Aquella conversación no era de su agrado y, por supuesto, no era una conversación que una mujer decorosa pudiese mantener delante de caballeros. Tampoco le importaba. Su percepción del decoro había cambiado drásticamente desde que Abbey había entrado en su vida. No obstante, Sam y los criados parecían terriblemente incómodos.
—Señoras, posiblemente les apetezca dar una vuelta por la finca antes de la cena. Yo le había prometido una partida de billar a lord Hunt, así que, si nos disculpan... —dijo Darfield, apartándose de la chimenea. —las dejamos solas.
A éste no le hizo falta más, se plantó en la puerta casi antes dique Michael hubiera terminado la frase, las mujeres se despidieron con movimientos corteses de la cabeza. El marqués miró a los dos criados que se quedaban dentro y se encogió de hombros en señal de impotencia, luego salió y cerró la puerta. Casi de inmediato, las mujeres empezaron a reír al unísono. Sam y Michael se miraron y, sin mediar palabra, recorrieron el pasillo a toda prisa rumbo a la sagrada sala del billar.

 

 

 

A las nueve, los invitados ya estaban sentados a la mesa para cenar. Victoria y Virginia se pelearon por sentarse al lado de Abbey, y al final ganó Virginia. Cuando Victoria descubrió que debía sentarse junto a Sam, se le pasó el enfado con su hermana. Nan se sentó en la primera silla que encontró, que casualmente era la de la cabecera de la mesa, donde solía sentarse Michael, e hizo un comentario sobre la cantidad de tenedores. Éste le perdonó sin problemas la metedura de pata cuando descubrió que se sentaba justo enfrente de su esposa. Lord y lady Haversham, que llevaban ya una hora en Blessing Park, sonreían como bobos. No dejaba de sorprender a Michael lo risueños que eran.
Las Taylor se habían puesto sus vestidos de noche, todos verdaderamente despampanantes y obviamente diseñados y realizados por Victoria. Las cuatro mujeres estaban preciosas, y Michael observó que también Sam pensaba lo mismo. Sin embargo, ninguna de ellas igualaba a Abbey, que, enfundada en su vestido azul oscuro, sonreía y reía como llevaba tiempo sin hacerlo. Como siempre, su risa ligera y cantarina resultaba contagiosa, y, cuando el grupo se instaló en torno a la mesa, reían contentos de un comentario que había hecho Victoria.
La cena de cinco platos, con picantones, sopa de cebada silvestre y mazapán, resultó de lo más bulliciosa. Cuando Virginia y Victoria no discutían por cualquier cuestión insignificante, acribillaban a preguntas a su prima, a las que respondía con gusto lady Haversham. Michael y Sam no paraban de mirarse: aquél poniendo los ojos en blanco a menudo, y éste casi sin poder contener la risa por los escandalosos comentarios que se oían en aquella mesa.
—Mi Abbey estaba completamente fuera de sí cuando llegó el momento de venirse a Inglaterra —dijo Nan aprovechando una pausa de lady Haversham para tomar aire. —Estaba convencida de que Michael no la encontraría apropiada, y temía que se hubiese enamorado de otra, pero yo le dije que la estaría esperando impaciente, ¡y mirad si no tenía razón! —les dijo a todos, exultante.
—Ah, sí, estaba tontito con ella, se lo aseguro. En Pemberheath, a todo el mundo le extrañaba mucho que se hubiera casado, pero ¡no había más que mirarlo a la cara para ver cuánto la adoraba! —coincidió lady Haversham, entusiasmada.
Desde el otro lado de la mesa, Michael vio sonreír a Abbey indulgente, entrecerrando sus ojos chispeantes. Al mirarlo, le transmitió su compasión. Una oleada de cariño le invadió el cuerpo entero. La preocupación de ella era innecesaria. Su felicidad era tan importante para él que habría soportado cualquier humillación por verla sonreír.
—Supongo que tu larga espera no sería tan terriblemente larga después de todo, ¿verdad? —quiso saber Nan.
—El no me esperaba, tía Nan —confesó Abbey.
—No fue exactamente así, Abbey. No te estuve esperando en Blessing Park todos esos años, eso es cierto, pero jamás deseé a otra mujer como te deseo a ti —respondió antes de que ella pudiera continuar.
Sorprendida, Abbey rió levemente.
—Por favor, si apenas me reconociste...
—Debes admitir que habías cambiado mucho en esos doce años.
—¿Ah, sí? Pues yo a ti te encontré igual.
—Pues no era igual. Antes fui lo bastante imbécil para dejarte marchar.
—Oooh, ¡qué bonito! —exclamó Virginia. —¡Qué suerte tienes, Abbey!
Ésta se ruborizó un poco y bajó la mirada a su plato de pollo.
—En mi modesta opinión, es él el afortunado —dijo Nan con rotundidad.
—A mí me parece que el afortunado soy yo, señoras ¿En qué otra parte del país podría cenar tan bien acompañado? —dijo Sam con galantería.
—Sólo aquí, sólo aquí —gritó una, y todas empezaron a parlotear a la vez.
Mientras lady Haversham y tía Nan intercambiaban observaciones, Victoria y Virginia centraron su atención en Hunt. Lord Haversham se enfrascó en su picantón, y Abbey y Michael, separados por la ancha mesa, se miraron en silencio.

 

 

 

Después de la cena, Abbey tuvo que convencer a su tía de que era correcto que las damas se retiraran mientras los hombres se fumaban un puro y se bebían un oporto. Esta declaró que jamás había oído nada tan descabellado y, contrariada, protestó en voz alta mientras salía del comedor detrás de su sobrina. Se refugiaron en la salita de Abbey. Michael subió dos veces a reclamarlas y las dos veces las oyó parlotear y reír excitadas cuando rechazaron su invitación. No salió ninguna de ellas de la salita hasta que lord Haversham insistió en que su esposa lo acompañara a casa, la dama abandonó la salita a condición de que se le permitiera volver a primera hora de la mañana. Tras ayudar a lord Haversham a sacar de allí a su esposa, Sam y Michael se retiraron.
Éste no podía dormir. Paseó inquieto por su cuarto después de dejar la puerta entreabierta para poder oír la música que provenía ocasionalmente de la habitación del otro extremo del pasillo. De vez en cuando oía la voz autoritaria de tía Nan elevarse por encima de las otras, inevitablemente seguida de carcajadas. Pensó una decena de excusas para entrar en el santuario femenino, pero las descartó todas por poco creíbles. Al final, convencido de que les sobraba, se instaló delante de la chimenea con un libro. Abbey quería estar con su tía y sus primas. Quería tocar para ellas. Quería reír con ellas. Sus ojos exploraron la página del texto en latín que sostenía en las manos, pero, presa de la desesperación, no entendió nada, las sonrisas de la joven, sus risas, su don para la música, todo era para su familia, no para él. La esperanza que había sentido antes no era más que eso, una esperanza.

 

 

 

Debió de dormirse, porque, cuando despertó, el pasillo estaba oscuro y no se oía ningún sonido procedente de la salita. Agarrotado de dormir en la silla, se puso de pie, se estiró y miró el reloj. Eran las dos de la mañana. Se acercó a la puerta con la intención de cerrarla y entonces oyó el murmullo apagado de una conversación en voz baja. Salió al pasillo; de una rendija de la puerta de la salita de Abbey emanaba un fino haz de luz. Avanzó sigiloso por el pasillo. Reconoció en seguida la voz cantarina de su esposa y el tono categórico y grave de su tía. Se detuvo a escasa distancia de la puerta, avergonzado de estar escuchando y tratando de escudarse en su supuesta intención de advertirles de lo larde que era.
—No lo entiendes, tía... El nunca me ha esperado. Ni siquiera sabía que existía —le explicaba Abbey pacientemente.
—¡Bobadas! No se casó en todo ese tiempo, ¿no? Piensa, Abbey. ¿Un soltero tan cotizado, en su tercera década, que no se haya casado nunca? ¿Acaso crees que no ha tenido pretendientes de sobra?
—Por supuesto, pero...
—Nada de peros. Esperaba a la mujer adecuada.
—Tía, un marqués no espera a la mujer adecuada, y menos aún a una a la que recuerda como una niña malcriada. Los marqueses se casan por conveniencia. Y luego tienen amantes.
—¡Te esperaba a ti! Muy bien, quizá no sabía que eras tú precisamente. Puede que en realidad no te recordara. Pero te aseguro, como que estoy aquí sentada, que ese hombre esperaba a la mujer adecuada, y esa mujer eres tú, Abigail Carrington. No te empeñes en otra cosa. Lo que haya ocurrido entre los dos es agua pasada y serás tonta si miras en otra dirección que no sea hacia adelante. Ese hombre te ama, niña, y te lo voy a decir con claridad: ¡no tiene ninguna amante!
—No lo sé...
—¿Tú lo amas? —quiso saber Nan.
Al ver que no respondía en seguida, Michael contuvo la respiración y cerní los ojos.
—Siempre lo he amado, tía. Y siempre lo amaré.
El tragó saliva, ¿la había oído bien? ¿Lo amaba de verdad?
—¿Lo ves? —dijo la mujer. —No quiero oír ni una sola palabra más sobre volver a América, ni sobre que no confía en ti o alguna otra bobada parecida. Tenía motivos para hacer lo que hizo. Además, él te quiere mucho y tú lo quieres a él. Ya es hora de que dejéis de refugiaros en el pasado.
Se produjo otro silencio largo, roto por la risa ligera de Abbey.
—Por cierto, en este país, se considera una grosería tutear a un marqués y llamarlo por su nombre de pila.
—¿En serio? Pues dime, ¿cómo quieren los casacas rojas que llame al marido de mi queridísima sobrina?
—Señoría, milord, lord Darfield... —Abbey volvió a reír.
—Muy bien. Si alguna vez tengo que dirigirme a su Altísima Señoría el Poderoso Marqués delante del rey de Inglaterra, quizá entonces me lo piense. Entretanto, ¡es de la familia y se llama Michael!
De vuelta a su cuarto, Michael ya no oyó nada más que la risa fácil de Abbey, y sólo pudo desear que su esposa tuviera a bien escuchar a su tía, que, por lo que había podido comprobar, era una mujer muy sabia.

Comments

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Alice
Great book, nicely written and thank you BooksVooks for uploading

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