El diablo enamorado | Chapter 25 of 28

Author: Julia London | Submitted by: Maria Garcia | 2981 Views | Add a Review

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CAPÍTULO 21

—Está estupendamente, Darfield. Parece que ha recuperado por completo la memoria, y la herida ha cicatrizado muy bien. —El doctor Stephens y Michael hablaban en el balcón de Blessing Park que daba a los jardines. Debajo estaba Abbey, sentada en un banco de hierro forjado, leyendo, rodeada de rosales y con Harry a sus pies. Su llamativo sombrero de jardinera le impedía verlos. —Me complace ver que ha ganado algo de peso —prosiguió el médico.
—Los pastelitos de la cocinera —replicó Michael.
Su acompañante rió.
—Pero aún está algo triste. Me quedaría más tranquilo si la viera un poco más animada. Si es el aborto lo que la entristece, deberías hacerte cargo del asunto, Darfield —lo reprendió Stephens.
Ojalá pudiese acercarse a ella lo bastante para hacerse cargo del asunto.
—No creo que sea eso, Joseph —suspiró Michael, abatido.
El médico miró a Michael por encima de las gafas.
—¿Estás seguro? —inquirió arrastrando las palabras
Michael ignoró la pregunta mordaz del facultativo. No era ningún secreto en Blessing Park que los Darfield vivían separados y Michael ya no podía escudarse en la convalecencia de su esposa. Lo cierto era que Abbey tenía muy buen aspecto. Había recuperado el color y, aunque aún estaba un poco delgada, su salud iba camino de restablecerse por completo.
Sin embargo, su corazón no se había curado. En las seis semanas que habían pasado desde que había recordado el accidente y los acontecimientos que lo habían rodeado, Michael había intentado hablar con ella del asunto, pero Abbey lo evitaba con pobres excusas. Él había hecho todo lo que podía, incluso enviarle ramos de rosas como ofrenda de paz, aunque eso lo enemistara para siempre con Withers. No sabía si le habían gustado. Ella se negaba una y otra vez a pasear con él, cenar con él, estar con él... Qué paradoja: hacía tan sólo cuatro meses Michael habría agradecido su indiferencia. Pero eso era antes de que se enamorara de ella, y nada de lo que le había pasado antes, ni la guerra, ni la traición de su padre, nada le dolía tanto como su indiferencia.
En su fuero interno, sabía por qué estaba tan dolida, la joven creía que había sido injusto con ella, que no había confiado en ella cuando debía haberlo hecho. Hasta cierto punto, lo entendía. Debía haberla creído. Pero también lo enfurecía, y eso le impedía entenderlo. Él la amaba. Sin embargo, ella le había mentido. Por Galen. Con todo lo que le había hecho aquel bastardo, aún le preguntaba a Sarah por él, dónde estaba, si estaba bien, si había intentado verla. Lo enfurecía y no podía digerirlo, pero estaba dispuesto a olvidarlo todo. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera por recuperarla.
Por lo visto, Abbey no.
Las seis semanas de su recuperación habían sido una agonía para él. La echaba muchísimo de menos, echaba de menos sus conversaciones las noches tranquilas que un día habían pasado juntos. Echaba de menos el sonido de su violín y su risa ligera y cantarina. Echaba de menos su sonrisa luminosa. La necesitaba demasiado; cuando ella estaba cerca, él se ponía como una piedra de puro deseo. Durante días que le habían parecido interminables, se había sentido atraído hacia donde ella estuviera. Ya no podía estar lejos de Abbey, como tampoco podía dejar de torturarse mirándola y pensando en internarse en lo más hondo de su ser.
—¿Crees que soportaría la tensión de una sorpresa en estos momentos? —le preguntó Michael al doctor Stephens.
—Por supuesto. ¿Qué se te ha ocurrido?
—Una visita de su familia. Sebastian volverá, cualquier día de éstos, de América cargado con una tía y dos primas.
—Le sentará estupendamente, pero no dejes que se exceda, ¿de acuerdo?
El marqués asintió con la cabeza. Claro que él no iba a saber si se excedía, porque apenas conseguía sacarle algún monosílabo de cuando en cuando. Según Sarah, Abbey estaba bien. Al menos aparentemente, estaba sana y llena de energía, pensó con tristeza mientras la miraba desde el balcón, y tragó saliva para deshacerse el nudo de la garganta.
—Nunca podré agradecértelo lo suficiente, Joseph. Estaba convencido de que la había perdido. Si no llega a ser por ti...
—En serio, Darfield, es mi deber como médico —dijo Stephens azorado, con las mejillas sonrosadas. —Bueno, creo que debería ir marchándome. Volveré la semana que viene. Trátala bien, muchacho —le dijo y, con un gesto brusco de cabeza, se dispuso a salir.
Michael lo acompañó a la puerta y volvió al balcón. El jardinero se había sentado junto a Abbey y le estaba contando algún relato entretenido, agitando sus enormes puños al sol matinal. Abbey reía. Dios, ¿algún día volvería a dedicarle a él aquella sonrisa deslumbrante? Se apoyó en el muro de piedra y vio a Withers señalar el invernadero. Abbey dejó el libro en el banco y caminó despacio junto a él, balanceando suavemente las caderas bajo los pliegues de la falda mientras paseaban desenfadadamente por los jardines. Al verla detenerse para contemplar los nuevos capullos de los rosales, decidió que, si quería volver a pasear con ella por los jardines, iba a tener que hablar con ella, y a ella no le iba a quedar más remedio que escucharlo. No podía seguir evitándolo.
Y él tampoco.

 

 

 

Abbey se había aficionado a comer y cenar en su salón, pero Michael pidió que le comunicaran que, aquella noche, la esperaba en el comedor a las ocho y media. Cuando ella le envió una nota manuscrita muy breve respondiéndole que prefería cenar sola, Michael sonrió socarrón y le replicó que no aceptaba un no por respuesta: si no estaba en el comedor a las ocho y media en punto, él mismo iría a buscarla.
Paseó de un lado a otro de la habitación como un animal enjaulado, para nerviosismo de los dos criados apostados junto al aparador. Cuando el reloj de la chimenea dio las ocho y media, miró expectante la puerta de roble. Era boba si pensaba que no iba a cumplir su amenaza. A las ocho y treinta y dos, ella abrió la pesada puerta de roble y entró muy digna en el comedor, se puso en jarras y lo miró furiosa.
—¿Puedo preguntar para qué me has llamado? —espetó. Michael contuvo la respiración sin decir nada. Estaba arrebatadora. No se había molestado en peinarse; llevaba el pelo suelto por la espalda. Su vestido dorado oscuro, sin enaguas, le caía hasta el suelo en suaves pliegues.
Lo mejor de todo era que sus ojos violeta brillaban de absoluta indignación.
—Deseo tu compañía, mi amor.
—¿Mi compañía? Eso sí que es raro. ¡Nunca la has querido!
—Eso no es cierto, Abbey, y lo sabes. Por favor, siéntate. Podemos hablar de esto mientras cenamos —dijo él contento, y aparto la silla.
Ella miró con recelo la silla, luego a él. Él arqueó una ceja inquisitivo. Con un suspiro de exasperación, Abbey avanzó y se dejó caer en el asiento sin ceremonias, sin darle tiempo a que colocara la silla bajo su cuerpo. Michael no pudo evitar sonreír mientras ocupaba su sitio en la presidencia de la mesa. La joven lanzó una mirada feroz al criado cuando le sirvió un cuenco de sopa, con lo que el pobre hombre casi volvió disparado a su sitio.
A Michael no le afectaba su furia. De momento, le daba igual lo que hiciera. Estaba tan feliz de tenerla sentada a su derecha, en el sitio que le correspondía, que poco más le importaba. La miró un instante; ella miraba fijamente el cuenco, sin intención aparente de tocarlo. Él se encogió de hombros, indiferente, y empezó a comer.
Por unos momentos, no hubo más sonido que el choque metálico de la cuchara de Michael en el recipiente de porcelana fina. Abbey apartó la sopa bruscamente.
—¿Qué quieres? —preguntó.
—Echo de menos cenar contigo. ¿No te vas a tomar la sopa?
—No tengo nada de hambre.
—¿De verdad? Quizá prefieras una copa.
—¡No! —replicó ella sin dudarlo.
—¿No te apetece una cerveza? Tenemos mucha —dijo él con sequedad.
Abbey frunció el cejo.
—¿Qué quieres? —inquirió ella de nuevo.
Michael se echó hacia atrás, juntando las palmas de las manos extendidas.
—Ya te lo he dicho: echo de menos cenar contigo —volvió a confesarle. Ella puso los ojos en blanco y miró a otro lado. —Estás completamente recuperada y lo bastante bien para empezar a comer aquí, ¿no te parece?
—El problema no es mi salud, milord. Prefiero comer sola —repuso con frialdad.
Michael no tenía intención de permitir que su nueva costumbre de dirigirse a él como a un desconocido o su repentina aspereza lo disuadieran.
—En cualquier caso, yo no quiero comer solo, la conversación chispeante me facilita la digestión. —El criado le puso un plato delante. —Ah, la ternera tiene muy buen aspecto esta noche —dijo él en un tono desenfadado, y se cortó un trozo.
Abbey ignoró su plato. Por lo visto, prefería morirse de hambre a comer con él.
—Podías comer algo, Abbey. Estás muy delgada...
—Estaré perfecta para volver a América dentro de un par de semanas —replicó ella con impertinencia.
—¿En serio? —preguntó Michael impasible, luego miró a uno de los lacayos. —Felicitaciones a la cocinera. Esto está verdaderamente delicioso. —Se metió otro pedazo en la boca.
Abbey lo miró ceñudo.
—¿No tienes nada que decir? —quiso saber ella.
—Ya he elogiado la ternera. ¿Qué otra cosa puedo decir?
—¡No me refería a eso!
—Disculpa, ¿a qué te referías exactamente? —preguntó él con calma.
Ella se inclinó hacia adelante y lo miró furiosa.
—Me refería, milord, a que si no tienes nada que decir sobre mi inminente regreso a América.
El se recostó en la silla y miró los candelabros que tenían por encima de sus cabezas, fingiendo contemplar la decoración.
—No, supongo que no —respondió satisfecho al cabo de un rato.
Abbey suspiró hondo
—¿Qué esperabas? —sonrió.
Ella cogió un tenedor y empezó a mover los guisantes por el plato.
—Esperaba que te mostrases complacido, o furioso... ¡No lo sé! ¡Supongo que imaginaba que al menos lo comentarías!
—No veo la necesidad de comentar algo que no va a suceder —observó.
Ella frunció el cejo.
—¡Debí haberlo hecho hace meses!
—Bueno, entonces no era menos improbable que ahora. ¿Y el postre? —preguntó, haciéndole una seña al criado. —Al menos, come un poco, cariño.
—¡No quiero postre! Y deja de cambiar de tema.
Entonces, Michael despachó a los dos criados con un gesto. En cuanto salieron por la puerta, se sirvió un vaso pequeño de oporto y lo sostuvo en ademán de brindis.
—Abbey, espero que me escuches con el corazón y la mente abiertos —empezó.
El pie que la joven agitaba se detuvo de repente. Eso. Aquélla era la Abbey a la que él conocía y amaba. No le pasaba ni una sola emoción por el rostro que él fuese incapaz de ver. Ella lo miró por el rabillo del ojo.
—¿Escuchar el qué? —inquirió recelosa.
—Escuchar lo que tengo que contarte sobre Londres sobre el accidente y las circunstancias que lo rodearon.
—Ya me has contado bastante en los últimos meses. No quiero oír más —le respondió ella, serena. Sonaba tristemente sincera.
Michael dejó el oporto en la mesa.
—Te concedo el que ya he hablado bastante del asunto, pero ¿no hay un punto de contacto desde el que podamos conversar?
—¿Un punto de contacto? —rió ella. —¡Qué bueno! Jamás ha habido un punto de contacto entre nosotros —se mofó. —Tú mismo lo dejaste bien claro el día que llegué.
—Así fue. Hasta el día en que me mentiste sobre Galen —dijo Michael solemnemente.
Aquello puso fin a la frialdad de Abbey. Como una decena de nubes vespertinas, una cascada de emociones recorrió su rostro. Incredulidad, furia, pena... estaban todas allí.
Michael fue a cogerle la mano, pero ella la retiró bruscamente.
—No busco culpables. Sólo expongo un hecho. No te culpo, Abbey. Entiendo por qué lo hiciste, pero trata de entender tú mi perspectiva.
—¿Y qué perspectiva es ésa? ¿La de que te traicionaría? ¿La de que intrigaría contra ti? ¿La de que todo lo que te contara sería mentira? ¿Esa perspectiva? —le replicó ella.
Michael suspiró.
—Esto no es fácil para ninguno de los dos, cariño, pero, por favor, entiéndeme. Quiero recuperarte. Te quiero con toda mi alma, y siempre te querré.
—¡No lo hagas! —dijo Abbey espantada, llevándose las manos a la cara para protegerse. —¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a decirme eso ahora? —exclamó dolida.
—Es cierto, Abbey —respondió él con ternura. —Te amo. —Ésta, atormentada, le retiró la mirada y contempló los candelabros, pero al menos escuchaba. —Cuando Galen Carrey apareció en nuestra puerta, no lo creí. Me dejó perplejo, pero no pensé que fueses a traicionarme tan descaradamente, ni a traicionar lo que habíamos compartido en Blessing Park. No me parecía posible que hubieses fingido el afecto que me demostrabas.
Abbey hizo una mueca de dolor.
—Muchas gracias de todas formas —soltó con amargura.
—Pero no podía estar seguro del todo —prosiguió él. —Me mentiste, Abbey. No me dijiste quién era él cuando te lo pregunté. Habías ido a Pemberheath en contra de mi deseo expreso y lo habías visto allí. Os habíais escrito cartas sin que yo lo supiera. Le diste dinero. Y debes admitir que tú habías llegado aquí en circunstancias un tanto extrañas. ¿Qué iba a pensar yo?
—Yo no te mentí, Michael. ¡Simplemente no te lo conté todo! No te conté que era mi primo. Ese fue todo mi delito.
—Semántica, cielo.
Abbey lo miró furiosa.
—Tú tampoco me lo contaste todo. No me hablaste de tus sospechas ni de la muñeca, ¿Eso fue sólo semántica?
—No te lo conté porque no estaba seguro de tu relación con Galen.
—¿Se te ocurrió preguntar? —inquirió ella amargamente. Pues claro. Pero, si te hubiera preguntado, ¿me habrías contado lo de las cartas o lo del dinero?
Abbey abrió mucho los ojos, pero no lo miró.
—Si hubieras estado aquí, si no me hubieras abandonado como a una cualquiera, quizá lo habría hecho. Pero ¿después? Lo dudo Ni siquiera eras civilizado conmigo. No creo que hubiese podido contarte algo que tú creyeras. Andabas demasiado ocupado preguntándote si te estaría poniendo los cuernos —dijo ella incrédula.
—Sentía unos celos enfermizos —reconoció él pesaroso. Aún lo perseguía la imagen de Routier y Abbey en el laberinto. Meneó la cabeza para quitársela de encima.
—¿No pretenderás que me crea que las cosas horrendas que me dijiste eran fruto de los celos? —exclamó espantada.
—No pretendo que te creas nada, pero las cosas que dije nacieron de los celos. No soportaba verte con otro hombre, sobre todo con Routier —murmuró furioso.
Se hizo un incómodo silencio mientras Abbey lo miraba boquiabierta. Apoyó los nudillos con fuerza en la mesa para estabilizarse.
—Otro hombre —repitió con un hilo de voz.
—En cualquier caso, pensaba que me habías mentido, y verte bailando con otros hombres, luego riendo con Routier, precisamente, me temo que sacó lo peor de mí. Cuando le negué la mano de mi hermana Mariah, juró que me arruinaría. Me pareció que quería servirse de ti para hacerlo. —A pesar de lo doloroso que resultaba, Michael se esforzaba por ser lo más sincero posible.
Aquella sorprendente revelación desató en el interior de Abbey una furia tal que creyó que no podría controlarla. ¿Insinuaba que Routier era el hombre que había divulgado todos aquellos rumores horribles sobre Michael? Cielo santo, ¿por qué no se lo había dicho nadie? ¿Por qué no se lo había dicho él?
—A ver si lo he entendido... —habló Abbey al fin con la voz trémula de rabia. —Yo no te conté que Galen era mi primo; como no estabas en Blessing Park, no te hablé de sus cartas, ni te dije que le había prestado dinero, mi dinero. Y de eso tú concluiste que éramos amantes y que habíamos decidido estafarte.
Michael guardó silencio; ella no esperaba una respuesta, quería su yugular.
—Y luego, después de dejarme para ir a ver a tu amante, te pusiste celoso porque me viste reír en compañía de Routier —chilló. De pronto, dio una fuerte palmada en la mesa con ambas manos y se levantó de golpe, la pesada silla de comedor de roble tapizado se cayó hacia atrás. —¡Cielo santo, qué imbécil he sido! ¡Y yo que pensaba que no me creías, que suponías que te había mentido sobre todo lo que te había dicho y todo lo que había sido a tu lado! ¡Qué boba! ¡Me acusabas de ponerte los cuernos porque estabas celoso! ¡Por Dios, Michael, si fuiste tú quien me pidió que bailara con otros hombres! —chilló ella. —Pero ¡nunca me dijiste quién era Routier! —Abbey dio media vuelta y se encaminó a la puerta.
El se levantó en seguida y la atrapó antes de que pudiese hacerlo.
—¡Suéltame! —gritó ella.
Michael la envolvió con los brazos, atrapándole los suyos junto a los costados. La sujetó con más fuerza cuando ella empezó a revolverse. Su cuerpo tierno estaba pegado al de él y lo inundó aquel aroma a lilas que le era tan familiar.
—Sé que estás enfadada...
—¿Cómo quieres que esté?
—Lo siento, cielo, me equivoqué al sospechar de ti. Sólo quiero recuperar lo que teníamos. Quiero amarte, Abbey. Y quiero que tú vuelvas a amarme a mí.
Ella no lo escuchaba; le miraba nerviosa el pecho al tiempo que los pensamientos le embotaban la cabeza.
—Y la próxima vez que me ría, Michael, ¿pensarás que te he traicionado? Y, cuando te enfrentes a la muerte, ¿me pedirás que le ponga tu nombre a mi hijo y te irás a la tumba preguntándote si es tuyo? —gritó ella.
Michael contuvo la respiración, de pronto consciente de que ella había malinterpretado sus palabras la mañana del duelo.
—Me refería a que, si volvías a casarte, ¡quería que el niño llevara mi nombre! ¡Cielos, Abbey, me habías mentido! ¡Lo habías defendido! —bramó él.
La joven contuvo un sollozo.
—¡Por Dios, te puedo amar con toda mi alma y aún tener suficiente para otros! ¡No es o todo o nada! Pero ¡tú eso no lo entiendes! Tú eliges entre tu amante y tu esposa, ¡o todo o nada!
—Abbey...
Ella le dio un pisotón todo lo fuerte que pudo. Michael la soltó de inmediato y reculó, retorciéndose de dolor. Abbey apretó los puños junto a los costados, con la respiración entrecortada por la rabia.
—¿Sabías que cada vez que dudas me partes el corazón en dos? —dijo ella con voz ronca y los ojos empañados de lágrimas sin derramar. Se golpeó furiosa el pecho con el puño. —No queda nada más que pedazos —afirmó con voz áspera. Él se acerco un paso. —¡No! —le gritó indignada. —¡No vuelvas a acercarte a mí! Eres un imbécil, Michael Ingram, y te odio —gritó amargamente, y salió corriendo de la habitación.
Pasmado, el marqués permaneció un rato de pie antes de volver a su sitio y a su oporto. La había perdido. Y ella tenía razón. Era un imbécil.

 

 

 

A las tres de la mañana, Abbey todavía estaba sin desvestir. El alboroto de su corazón era casi más de lo que podía soportar. Se paseó por su cuarto furiosa, desolada por lo que él le había dicho y rabiosa por haber pasado tanto tiempo sintiéndose culpable, sintiendo pena por él, ¡creyendo que él era la víctima! Había tenido que resignarse a la realidad de que él no la creía y que la había apartado de sí de un plumazo, y eso había sido más de lo que pensaba que podía tolerar.
¿Y por qué demonios tenía que decirle de pronto que la amaba? ¿Por qué le decía entonces las palabras que ella tanto había deseado oír de sus labios?
Contempló la puerta que comunicaba sus cuartos y se preguntó si él estaría en el suyo, durmiendo tranquilamente mientras ella se atormentaba. Él le había hecho su pequeña confesión, y, de repente, aquella confesión, sus celos, se habían convertido en la cruz que ella debía llevar. La sola idea la enfurecía, y de pronto no pudo dejar pasar un momento sin echarle en cara el sinvergüenza despiadado que era. Quería hacerle daño, ver en sus ojos la pesadumbre. Ignorando el terrible dolor que le reventaba la cabeza, pasó al vestidor y empujó con fuerza la puerta del dormitorio de Michael.
La estancia se encontraba sumida en la oscuridad, salvo por la escasa luz de las ascuas de un luego a punto de extinguirse. Lo suficiente para verlo sentado encima de la colcha de brocado de su cama, con una pierna estirada delante de sí y la otra sirviéndole de apoyo para el brazo. Se había quedado en camisa y pantalones, y se volvió bruscamente hacia ella cuando la oyó entrar decidida en el dormitorio. Una furia intensa brotó a la superficie de la conciencia de Abbey. Cruzó a toda prisa la estancia con la intención de causarle todo el daño que pudiese. A él no le costó atraparla. La envolvió con su cuerpo al tiempo que rodaba sobre ella, inmovilizándola bajo su peso antes de ser consciente siquiera de lo que había ocurrido. Abbey estudió, muda, el rostro sombrío de Michael.
—Te amo, Abbey, lo juro por Dios. Me pasaré la vida compensándote.
A ella se le hizo un nudo en la garganta; los ojos grises del noble la atravesaron con una mirada que la debilitó. Le dolió darse cuenta de que una sola mirada de él aún le hacía flojear las piernas y anhelar sus caricias. Furibunda, empezó a darle fuertes patadas. Los potentes muslos de Michael la retuvieron y descansó su cuerpo sobre ella, sujetándole los brazos con una mano por encima de la cabeza. La tenía inmovilizada y, por mucho que se esforzara, no iba a lograr liberarse.
—Te amo —le susurró él de nuevo, acariciándole suavemente la mejilla con su aliento.
—¡Te odio! —le replicó ella con voz áspera.
—No te creo.
—¡Créeme! ¿Cómo has podido, Michael? ¿Cómo has podido? ¡Es tan injusto...! ¡Te quiero tanto que habría removido cielo y tierra por ti! ¿Por qué tenías que dudar de mí? —lloriqueó, cerrando los ojos para evitar que le estallase la cabeza.
—Espero que tu inmenso corazón pueda perdonarme, cariño. Esperaré lo que haga falta —le susurró.
Los labios de Michael estaban tan cerca de los suyos que casi podía sentirlos. El recuerdo de aquellos labios en los de ella hizo que se le alborotara el corazón. Cielo santo, no iría a sucumbir a él en aquel momento.
Pero él le rozó suavemente la frente con los labios y aquel gesto tierno le produjo un escalofrío. Cerró los ojos para evitar los sentimientos encontrados que él estaba provocándole. Por descabellado que pareciera, necesitaba que él la abrazase, que sanase sus heridas. Notó que Michael se inclinaba hasta que sus labios tocaron los de ella.
Se quedó paralizada.
La besó con ternura, moldeando despacio con sus labios los de ella. Paseó la lengua por su labio inferior, luego entró en su boca. Su propio cuerpo la traicionaba. El deseo la sacudió como las olas sacuden la orilla. La lengua de Michael se introdujo hasta el fondo de su boca, luego se retiró y volvió a entrar, deslizándose entre sus labios. Él le gimió en la boca, ella respondió instintivamente. Cuando Michael desplazó el peso de su cuerpo sobre ella y Abbey notó que su virilidad inflamada le presionaba el abdomen, su corazón le pidió a gritos que parara.
Pero su corazón no era lo bastante fuerte. Michael le soltó las manos para poder pasear las suyas por el cuello de ella y por su pecho después. Su propias manos traidoras se colaron por debajo de la camisa de su esposo, acariciaron el vello suave de su pecho y se detuvieron en sus pezones, él la besó más apasionadamente. La ancló a su cuerpo con un brazo mientras le acariciaba el cuerpo con la mano. Abbey comprobó desolada la intensidad del deseo físico puro y el anhelo emocional que él le provocaba. Se había sentido tan perdida durante las últimas semanas..., pero en sus brazos sabía dónde estaba, y, por imprudente que pareciera, lo necesitaba. Necesitaba que la abrazara, que la consolara, que le hiciera el amor.
Sin saber cómo, desapareció su vestido. Llevaba puesta una combinación de seda a través de la cual se le transparentaban los pezones, y Michael le envolvió uno con la boca, Ella se arqueó debajo de él, ansiando sus caricias, él deslizó la mano por el costado en busca del bajo de la combinación, y se coló por debajo de ella. Abbey tomó aire, despacio y en silencio, mientras los dedos de Michael le acariciaban la rodilla, luego la cara interna del muslo. Cuando llegó a la conjunción de ambos muslos, le gimió suavemente al oído.
—Abbey —le susurró él, —te amo, mi vida.
Aquél fue el mayor afrodisíaco que podía haberle dado. Empezaron a caerle las lágrimas, mientras él la acariciaba seductor y le separaba las piernas para poder complacerla generosamente. Le besó las lágrimas, los labios, el cuello. Le lamió los pezones a través del tejido transparente de la combinación al tiempo que la acariciaba, la exploraba y la llevaba al borde del clímax. Y le susurró su amor una y otra vez.
Abbey cerró los ojos, las lágrimas no dejaban de brotar. Se percató de que él hacía una pausa para liberar su miembro rígido y, a pesar de lo dolida que estaba, sonrió cuando él entró despacio en ella, poco a poco. Michael siguió acariciándola con los dedos mientras se introducía despacio, pero con firmeza, en sus entrañas. Las manos de la joven, liberadas del resto de su cuerpo, revoloteaban por el de él, palpando sus músculos bien formados mientras reseguía el contorno de sus labios con la lengua. Próxima al orgasmo, ella empezó a balancearse y él prolongó sus movimientos instintivamente.
—Ahora, mi amor.
El gimió, y, cuando la oleada de placer la envolvió al fin, lo oyó llamarla por su nombre.
Se quedó allí tendida, bajo el peso de su cuerpo, con el rostro aún regado de lágrimas. El levantó la cabeza de su cuello y le besó la mejilla.
—No, por favor —le susurró ella llorando de impotencia.
—Lo siento —le murmuró él con voz ronca, una y otra vez. —Siento mucho haberte hecho daño. Ojalá pudiera borrarlo todo, ojalá nunca hubiéramos salido de Blessing Park. Daría la vida por recuperar aquellos días, por recuperarte a ti —le confesó con ternura, regándole de besos la mejilla hasta la boca.
Aún dentro de ella, se llevó su mano a la boca, le besó con delicadeza la palma y la apretó contra su mejilla. A Abbey se le inundaron los ojos, casi cegándola. Sonaba tan sincero, como si de verdad sufriera también.
¡Estaba tan confundida...! ¿Qué acababa de hacer?
—Por favor, deja que me levante —le pidió sin energías.
Él lo hizo, muy a su pesar. Abbey se bajó de la cama, cogió su camisón y, sin decir una palabra ni mirar atrás, cruzó la puerta que comunicaba los dos cuartos.
Michael se tumbó boca arriba y se quedó mirando el techo. ¡Maldita fuera!, la sensación de tenerla en sus brazos y la respuesta dulce y tímida de ella a sus caricias habían sido su perdición. Había querido demostrarle lo mucho que la amaba. Había querido sumergirse entre aquellos dos muslos blancos y ver cómo sus ojos se inundaban de deseo. Había querido estrecharla entre sus brazos, curarla. Pero no estaba preparado para la enormidad de lo que acababa de suceder. Ella había ido a hacerle daño y, en los momentos difíciles, había acudido a él en busca de consuelo, a la única persona que la había herido profundamente. Abbey se había colgado literalmente de él.
Michael gimió y se tapó los ojos con los brazos. Ella lo perdonaría, aunque le costase la vida convencerla. La necesitaba demasiado. La amaba demasiado. Le importaba más que el aire que respiraba, y no iba a dejarla salir así de su vida.
No si podía evitarlo.

 

 

 

Desde que lo conocía, lord Hunt jamás había visto a Michael tan afligido. Ni cuando habían deshonrado a su hermana, ni cuando había muerto su madre, ni siquiera las múltiples veces que su padre había desprestigiado su apellido. Lo vio pasearse nervioso de un lado a otro de la biblioteca como un animal enjaulado, mirando furioso a Galen Carrey, que se encontraba de pie, sereno, en el extremo opuesto de la sala.
Sabía que corría un riesgo al llevar a Carrey allí, pero, a fin de cuentas, el hombre había confesado, lo había advertido sobre Routier y había terminado matando a aquel bastardo. En las semanas siguientes, Sam y Alex lo habían tenido escondido hasta que pudiera salir de Inglaterra sin problemas, y aquél había cambiado de parecer con respecto a él. Era un niñato estúpido, de eso no cabía duda, y a Routier no le había costado llevarlo por el mal camino, pero el amigo de Michael sospechaba que el muchacho pagaría lo que había hecho todos los días de su vida durante el resto de su existencia.
—Está paseando por las tierras ahora mismo. —Sam oyó decir a Michael, y volvió a centrar la atención en su amigo.
—Gracias, milord. En cuanto la haya visto, saldré inmediatamente para Portsmouth.
El marqués dejó de pasearse un instante y miró al joven con
—¿Qué planes tienes? —le preguntó con tranquilidad.
—Me voy a las Indias Orientales. Conozco a un capitán de un buque mercante que quizá me contrate como grumete.
—Estoy seguro de que tu prima querrá tener noticias tuyas de cuando en cuando —murmuró Michael.
Carrey arqueó una ceja sorprendido.
—Entonces, le escribiré alguna carta —dijo con cautela.
Michael volvió a mirarlo de arriba abajo, luego le dio la espalda.
—Pregúntale a Withers. Él sabrá exactamente dónde está —musitó.
Carrey miró a Sam, que asintió con la cabeza, luego, sin mediar palabra, salió por la puerta del balcón.
—Has hecho lo correcto, Michael —lo tranquilizó su amigo.
—Lo dudo —masculló él. —Pero es importante para ella.
—Quizá te interese saber que no he oído una sola palabra sobre los Darfield, salvo un mar de condolencias por lo que debéis de haber pasado a manos de Routier —le informó.
Michael se lo quedó mirando.
—¿Estás seguro? —inquirió, con cierto matiz de esperanza
—Todos aseguran que ya sabían que Routier era un sinvergüenza.
—Siempre habían sabido la verdad, ¿no? —murmuró Darfield con sarcasmo, dejándose caer en una silla de piel.
Se hizo el silencio entre los dos.
—¿Cómo está Abbey? —preguntó Sam con precaución.
Su amigo se encogió de brazos, desesperanzado.
—¿Físicamente? Completamente recuperada. ¿Emocionalmente? Terriblemente distante. Me huye como a la peste. Al parecer, piensa que me rijo por un doble rasero.
Hunt miró burlón a Michael, que tenía la mirada perdida en el horizonte.
—Ten un poco más de paciencia. Sé que Abbey te ama, como que me tienes delante. Espera a que vuelva a ti.
—Por desgracia, temo que tendré que esperar toda la vida —resopló el marqués.

 

 

 

Como Withers le había dicho, Abbey estaba en las ruinas. Galen cabalgó hasta la distante fortaleza y, tan pronto como divisó un montón de piedras, pudo verla en lo alto de un montículo de escombros de lo que en su día fuera una torre. Detuvo su caballo en los alrededores del viejo castillo y saludó con la mano; ella no le devolvió el saludo, lo miró desde arriba, muy ceñuda. Sin embargo, el perro tullido que la acompañaba se levantó de su siesta al sol y fue cojeando a recibirlo. Galen se bajó del caballo y se agachó a acariciar al animal. Suspiró, se enderezó y, haciéndose sombra con la mano enguantada, alzó la vista.
—¡Abbey, no parece que estés muy segura ahí arriba! —le gritó.
Ella respondió dándole la espalda. Gruñendo, Galen se abrió paso entre las rocas que habían ido desprendiéndose de la estructura con el paso de los siglos, y se situó justo debajo del montículo de escombros.
—Sé que no quieres hablar conmigo, pero, por favor, baja de ahí. Si te caes...
—¿Qué más da si me caigo? —le replicó.
—La autocompasión no te pega —la reprendió su primo.
—No se te ocurra sermonearme —contestó ella con frialdad, pero, aun así, bajó del montículo de piedras.
Galen la vio descender poco a poco y se acercó a ella para ayudarla los últimos metros. Ella ignoró la mano que le tendía, y saltó al suelo, luego se sacudió el polvo de las manos en la falda negra y se recolocó el espantoso sombrero antes de mirarlo con los ojos entrecerrados.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? Me sorprende que Darfield te lo haya permitido —inquirió acida. —Eso suponiendo que lo sepa, ¿o nos estamos viendo a escondidas otra vez?
El joven se cogió las manos a la espalda y la miro con un gesto de desaprobación.
—Te aseguro que es perfectamente consciente de mi presencia. He venido a disculparme, pequeña.
—Supongo que, igual que Darfield, creerás que debo hacerte una reverencia cortés y decirte que todo está olvidado.
—Sólo espero que tengas la delicadeza de escucharme —confesó él.
Abbey se encogió de hombros, indiferente, y empezó a caminar hacia lo que en su día había sido el patio interior del castillo.
Galen la siguió.
—Sé que debe ser terriblemente difícil digerir todo lo sucedido, pero quiero que sepas que yo no pretendía hacerte daño.
Abbey rió con desdén.
—¿No me digas? Debiste pensar que, como no pretendías hacerme daño, me iba a alegrar de tu engaño cuando todo hubiese terminado.
—Abbey, no espero que lo entiendas, ni siquiera lo entiendo yo, pero no quería irme sin decirte lo mucho que siento haberte hecho esto. Jamás me lo perdonaré.
No la consolaba, pero era suficiente. Abbey sorbió el aire y se sentó derrotada en una pila de piedras que en su día había sido un banco. No estaba tan dolida como para no apreciar el arrepentimiento sincero de su primo.
—Ay, Galen —suspiró al fin con tristeza. —No voy a fingir que lo entiendo, pero no te guardo ningún rencor.
Este se sentó a su lado.
—Eso es todo un detalle, Abbey, y mucho más de lo que merezco o podía haber esperado. Sin embargo, tengo la sensación de que todo esto no es por mi —le dijo en voz baja.
Ella asintió con la cabeza y bajó la mirada.
—No deberías haberlo hecho, pero, al final, da igual lo que hicieras, porque él nunca me habría creído. Nos vio en la pérgola el día que llegaste y me preguntó quién eras. Le dije que eras un grumete y que conocías a Withers, pero no le dije que eras primo mío. Con eso le valió para dar por sentado que le había mentido en todo lo demás.
—Entiendo. Eso no fue muy justo por su parte.
—Fue horriblemente injusto.
—Sí, pero ¿qué elección le quedaba? —le preguntó él con ternura.
Confundida, ella lo escudriñó.
—Podría haberme creído, Galen. Nunca le di motivos para que dudara de mí.
—Nunca le diste motivos, pero intenta ponerte en su lugar. ¿Qué habrías pensado tú? —La joven se sonrojó y miró para otro lado. —Tienes razón, Abbey. Debería haberte creído, pero no es tan imperdonable que no lo hiciera, ¿no te parece? Tú no fuiste del todo sincera. Y dados los sucesos posteriores, es perfectamente comprensible que tuviera sus dudas. Ella frunció el cejo, pensativa.
—Aunque admitiera que tu razonamiento tiene cierta lógica, que no es el caso, la cuestión es que no confió en mí. Es más, él también me mintió. No me dijo que sabía que la muñeca que tú habías traído no era la de verdad. Me acusó de ponerle los cuernos cuando él acababa de estar en casa de su amante. Tengo que preguntarme si el afecto que me profesa es verdadero o le dice las mismas cosas a ella.
Su primo rió, ignorando el cejo fruncido de Abbey. Michael la quería, seguro. El hombre estaba completamente loco por ella. Su prima murmuró algo por lo bajo.
—Disculpa, Abbey, pero el hombre al que acabo de dejar está tan atormentado por la sola idea de perderte que apenas puede articular palabra. Se pasea por la biblioteca como una pantera, asomándose constantemente a la ventana para ver si vuelves. Apostaría a que sus ojeras son de las noches que ha pasado en vela pensando en ti y sólo en ti.
Ella puso los ojos en blanco y se levantó, luego se acercó despacio a lo que quedaba de la contramuralla. Su primo la siguió y cubrió la distancia que los separaba hasta situarse justo detrás de ella.
—Lord Hunt me ha contado cómo Darfield te recogió del suelo herida e hizo guardia junto a tu cama, noche tras noche, rezando sin parar para que te recuperaras. Eso no es propio de un hombre que miente sobre sus afectos. En cuanto a su amante, tengo entendido que, entre los nobles, los amoríos ilícitos son de lo más corriente, pero no creo que el hombre al que he dejado en la biblioteca vuelva jamás con su amante.
Abbey se agarrotó.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —le preguntó serena.
—Porque sé de buena tinta que Darfield habría dado su vida por la tuya. Te habría infundido su propia vida si hubiera podido. Te habría atrapado la luna y habría apagado el sol si con eso hubiese conseguido devolverle la vida. No le eras indiferente, en absoluto, Abbey. Lo aterraba la idea de perderle. Un hombre que siente tanto por una mujer no necesita una amante. Los hombres cambian, pequeña. Yo he cambiado, te lo aseguro.
Ella lo miró inquieta por encima del hombro.
—Perdónalo, Abbey. Perdónalo como me has perdonado a mí. Él lo merece mucho más que yo; te juro que es más que digno de tu amor.
Entonces la joven se volvió hacia él, y Galen la abrazó con fuerza. Luego le besó la coronilla y la soltó.
—Ya he dicho lo que había venido a decir. Tengo permiso para escribirte, pequeña. Me voy a las Indias Orientales hoy mismo; te haré saber si consigo un puesto, uno legítimo —sonrió.
Tras cogerle la barbilla cariñoso, su primo dio media vuelta y dejó a Abbey de pie junto al viejo muro de piedra.
Al subir de un salto a su caballo, lo sorprendió lo mucho que le temblaban las manos. Su delito era peor, mucho peor de lo que había imaginado. Él solo había hecho tambalearse los cimientos de la confianza entre dos personas que se amaban de verdad. Y aquello lo lamentaría hasta el día de su muerte.

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Alice
Great book, nicely written and thank you BooksVooks for uploading

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