El diablo enamorado | Chapter 21 of 28

Author: Julia London | Submitted by: Maria Garcia | 2981 Views | Add a Review

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CAPÍTULO 17

Harrison Green era el sobrino sin título de un duque muy influyente que se había ganado la fama entre los aristócratas londinenses de organizar los jolgorios más indecentes de toda la ciudad. El gentío allí presente aquella noche daba fe de la inmensa popularidad de sus juergas. Abbey fue consciente de las miradas de que Galen y ella eran objeto mientras se abrían paso entre la multitud. Al echar un vistazo a su alrededor, empezó a hacérsele un nudo en el estómago. Temblaba de pensar lo que Michael le haría si la encontraba allí con su primo. Aunque vivían en la misma casa (o eso pensaba ella), no lo había visto desde la disputa del salón, pero sabía que la Peste Negra salía todas las noches.
—¡Lady Darfield! —Aquella voz chillona pertenecía a lady Delacorte, que se abría paso sin ceremonias entre la multitud tirando de su esposo. —¡Cuánto me alegro de verla! Esperábamos que asistiera a nuestra pequeña reunión de anoche —dijo al llegar hasta ella.
Abbey abrió mucho los ojos al caer en la cuenta de que había olvidado la invitación.
—Lo siento mucho, lady Delacorte! ¡Discúlpeme por ser tan grosera! —exclamó verdaderamente horrorizada por su metedura de pata.
Lady Delacorte arqueó una de sus cejas pintadas.
—¡Por favor, querida, no hay necesidad de disculparse! Lord Darfield nos explicó la situación muy claramente —sonrió la mujer.
Se quedó pasmada. Confiaba en que no la hubiese ridiculizado en pública No habría sido capaz.
—¿La situación? —preguntó tímidamente.
—Mi esposa se refiere a que lord Darfield nos contó que lamentablemente había descubierto usted de pronto que era alérgica al marisco —le explicó lord Delacorte, besándole cortésmente la mano.
Abbey sintió un gran alivio. Michael aún no la había denigrado, al menos no delante de los Delacorte.
—Al marisco. Sí, me temo que si —murmuró.
—¡Ay, qué hombre tan encantador! Nos lo hemos encontrado en el buffet hace un momento... ¡Qué raro!, no nos ha dicho que hubiera venido acompañado.
De modo que estaba allí. Ya no tenía escapatoria; la escasa esperanza que había albergado de no verlo aquella noche se había esfumado incluso antes de que ella pusiera el pie en aquella casa.
—Eh, bueno, es que él no lo sabe... —se obligó a sonreír.
—Lo que mi querida prima quiere decir es que ella pensaba que tendría que esperar en casa mi llegada, señora, pero, como me he adelantada hemos decidido darle una sorpresa al marques —explicó Galen con una reverencia.
—¡Si, eso es! —añadió Abbey nerviosa. —Les presento a mi primo, Galen Carrey.
—¡Qué divertido, un primo! —trono una voz a su espalda. Un tipo orondo vestido con una chaqueta de satén azul cobalto se acercó tambaleándose al pequeño grupo.
—Lady Darfield, el señor Harrison Green —sentencio lord Delacorte.
Sus pequeños ojos azules se iluminaron, y el anfitrión se pasó torpemente la copa de champán a la mano izquierda para poder saludarlo como es debido. Abbey apartó con suavidad su mano de los labios gruesos y húmedos de Green.
—Señor Green —dijo tímidamente.
—Lady Darfield, que tremendo placer. Su reputación la precede, ciertamente, pero no le hace justicia —declaró.
Abbey volvió a sobresaltarse. ¿Qué quería decir aquello? ¿Acaso había oído algo sobre ella?
—¿Cómo dice? —inquirió, esperando que aquel hombre algo ebrio confesara que Michael la había acusado de mentirosa.
—Perdóneme, señora. Dicen que es usted una verdadera belleza, pero me parece que eso no se aproxima siquiera...
—Antes de que se aproxime usted mucho, señor, recuerde que es la esposa del marqués de Darfield —lo interrumpió bruscamente Galen.
Green arqueó las cejas fingiéndose ofendido.
—Por supuesto, amigo mío, pero ¿acaso no puede uno manifestar su admiración? —preguntó, haciendo una pausa para contener un eructo de ebriedad. —No es necesario que la proteja, porque le aseguro que ¡Darfield no dejará que me olvide de a quién pertenece!
—Ah, no, está muy orgulloso de su tesoro —coincidió lady Delacorte mientras Green sorbía ruidosamente su champán.
Abbey se sonrojó poco a poca ¿Cómo iba a vivir aquella farsa? Miró desolada a su primo, que le sonrió tranquilizador.
—Si nos disculpan, he prometido a lady Darfield que la llevaría con su marido en seguida.
—Claro. Ya hablaremos más tarde, querida —señaló lady Delacorte.
—Ay, sí, charlamos después —repitió Green, y salió trotando a por otra copa de champán.
Abbey se despidió de los Delacorte con un movimiento de cabeza y se dejó llevar agradecida por Galen.
—No te preocupes —4c susurró él, deteniéndose para coger dos copas de champán. —Debe de haber unas quinientas personas aquí. No tenemos por qué toparnos con él.
Abbey lo dudaba mucho. Siguió a Galen al salón de baile, preguntándose por qué demonios se arriesgaba de aquel modo a desatar la ira de Michael.
Una vez allí, aumentó su ansiedad. Notaba que todo el mundo la miraba. Nerviosa, se apartó de la cara un mechón de pelo e intentó en vano fijar su atención en la copa de champán para no establecer contacto visual con nadie. Se avergonzaba de su vestido y de su peinado; se sentía como en una jaula, expuesta para que la viera toda la aristocracia londinense. ¿En qué estarían pensando? ¿Estarían al tanto de la disputa que Michael y ella habían tenido? ¿La miraban con desdén o mera curiosidad?
Tenía la vista puesta en las puntas de sus pies cuando su cerebro registró una conversación cercana. La voz suave de una mujer decía:
—A Michael nunca le ha interesado la Temporada. El otoño pasado casi tuve que arrastrarlo a la fiesta de Harrison. —A Abbey se le agarrotaron todos los músculos de su cuerpo. Habría decenas, probablemente cientos, de Michaels sólo en Inglaterra, era una coincidencia. —Prefiere, sin duda, la tranquilidad del campo. Así me lo dijo hace unas semanas, en mi finca rural, próxima a Blessing Park.
Abbey levantó de golpe la cabeza y creyó que se moría. Lady Rebecca Davenport estaba a escasos metros de ella, con otras dos mujeres, enfundada en un resplandeciente vestido amarillo pálido, luciendo una melena dorada de rizos casi cenicientos y mirándola descaradamente, con una sonrisa de superioridad en su hermosísimo rostro. Perpleja, Abbey se dio cuenta de que Rebecca había dicho aquello para que ella la oyera, pero aquello no le impactaba tanto como el que Michael hubiese estado con ella cuando se había ausentado de Blessing Park. Se le cayó el alma a los pies... ¿Cómo se atrevía a acusarla de traición? La invadió una pena que la hizo temblar. ¡El malévolo marqués jugaba a dos bandas! ¡Se había acostado con aquella hermosa diosa rubia mientras ella soñaba con él! ¡El muy bastardo!
Pasmada, le dio la espalda a la rubia. Que Dios la perdonara, pero le habría gustado arrancarle de un bofetón la sonrisa de suficiencia a aquella mujer.
—Todo esto ha sido una idea espantosa —le susurró a Galen.
—¿Prefieres otra cena a solas en tu cuarto? —replicó éste. —Sonríe. Procura no parecer tan agobiada. —Le cogió el champán de la mano. —Te traeré otra bebida.
Desapareció un momento. Abbey intentó hacer lo que su primo le había dicho. Con la sonrisa congelada en la boca, se sentía tan terriblemente abochornada y estaba tan absorta en su esfuerzo por parecer normal que no lo oyó acercarse y tuvo que agarrarse a una columna cuando él habló:
—Decididamente, has perdido el juicio, señora mía —sentenció Michael con frialdad.
A Abbey le falló de pronto la determinación y cerró los ojos con fuerza, tratando de reunir fuerzas. Habría querido salir corriendo para no tener que mirar a aquellos ojos grises, pero, atrapada entre él y la pista de baile, no tenía escapatoria. Con todo el valor que fue capaz de reunir, se volvió hacia él. Lo tenía tan cerca que casi chocó con el muro de ladrillo de su pecho.
La envolvió el suave perfume de su colonia masculina, que inhaló sin darse cuenta. Vestido de negro, era, sin duda, el hombre más guapo de todo el salón. Empezaron a temblarle las rodillas y, muy despacio, alzó la mirada por encima del corbatín, de su firme barbilla y de sus labios carmín dispuestos en una línea finísima e implacable, hasta sus ojos. Desde debajo del rizo oscuro que le caía por la frente, la miró con dureza y frialdad. A Abbey se le revolvió el estómago. No fue capaz de hacer otra cosa que mirarlo en silencio.
El entrecerró los ojos y se acercó un paso más, casi tocándola.
—¿Cómo te atreves a desafiarme? Debería sacarte a rastras de aquí y encerrarte en Blessing Park por desobedecerme —le dijo en un tono dulce que contradecía la insoportable severidad de su rostro.
Michael subió el brazo y la atrapó contra la columna. Nada la había preparado para aquello. Se había convencido de que estaba furiosa con él y de que lo despreciaba por su veleidad. La falsa confesión de lady Davenport no había contribuido a que lo apreciase más. No podía negar lo mucho que lo amaba, ni lo mucho que le dolía la tibieza de su mirada. Se esforzó por mantener la barbilla bien alta.
—No puedes tenerme prisionera, Michael. No he hecho nada malo —replicó con escasa contundencia y ninguna convicción.
—Discrepo. Me has mentido. Me has desobedecido. Y estás rondando el límite de mi paciencia. —Sus ojos grises destellaban odio puro.
Abbey no podía soportarlo más, así que se volvió bruscamente. Michael se inclinó hacia adelante y le susurró al oído:
—¿Qué pasa, cielo? ¿No me puedes mirar a los ojos?
Ella cruzó los brazos por delante para protegerse y giró un poco la cabeza.
—Prefiero no hacerlo. Lo que veo en ellos me enferma —respondió en voz baja.
—¿Te enferma? —repitió él, irritado.
—Si hubieras querido verme cuando te lo pedí, habría respondido muy a gusto a tus acusaciones infundadas. Quizá, entonces, ni podrías haber resuelto algunas de mis dudas. Pero no creo que éste sea el sitio, Michael. Por favor, déjame en paz —le susurró con voz ronca.
—¡Déjala, Darfield! —La voz de Galen hizo añicos la tensión que había entre ellos.
Cargado con un par de copas de champán, miró furioso a Michael, que tenso la mandíbula y devolvió su fría mirada a Abbey, anclando sus ojos en los de ella, atravesándole hasta el alma, acusándola en silencio.
—Eso me propongo —replico mordaz y, lanzándole una mirada feroz al joven, se alejó.
Abbey respiró hondo. ¿Por qué no habría vuelto a América de inmediato en cuanto se enteró de la mentira de su padre? ¿Por qué había esperado a enamorarse tan perdidamente de él?
Poco a poco empezó a ser consciente de la voz suave de su primo.
—Pequeña, bebe un poco de champán —le decía. —No volverá a molestarte, no se arriesgará a montar una escena aquí. Escucha, voy a la sala de juego. Tendrás menos problemas si no me quedo contigo. Vamos, bebe champán. No dejes que te arruine la noche. Relájate y disfruta.
Ella asintió en silencio, incapaz de hablar, con los ojos clavados en el suelo. Galen le cogió la mano y se la apretó antes de desaparecer entre la multitud. Sola al borde de la pista, estudiada por decenas de ojos, Abbey libró una dura batalla contra una tempestad de emociones que amenazaba con hundirla.
Al otro lado del salón, Michael bebía su champán, contemplando indolente a su esposa. Debía haberla dejado sola, pero no podía negarse la oportunidad de estar cerca de ella, de respirar su dulce aroma. A pesar de lo mucho que recelaba de ella en aquellos momentos, también la echaba muchísimo de menos. Para él era casi un milagro que una mujer pudiera afectarlo así, pero no tenía ni idea de cuánto hasta que la había visto en brazos de Galen. Maldita sea, se la veía muy inste. Y muy delgada. Pero ya la había visto así antes y, al parecer, formaba parte de su interpretación. Lo había desobedecido, se había mofado de sus dudas en su cara presentándose allí con ése. ¡Dios!, lo devoraba la incertidumbre.
Daniel Strickland, un sinvergüenza célebre por su interés en las mujeres casadas, y su éxito con ellas, se acercó a Abbey pavoneándose y le hizo una reverencia muy galante cogiéndole la mano. Michael se tensó. Maldita sea, no sabía lo insufrible que podía resultar ver cómo otros hombres adulaban a su esposa. Se le encogió el pecho de celos al ver a Strickland llevarla a la pista de baile. Abbey se deslizó con elegancia del brazo del casanova. ¡Cielo santo!, ¿cuánto tardarían sus hombres en encontrar a Strait? El abogado de Carrington era el único que podía demostrar la inocencia de Abbey. O su culpabilidad.
Michael siguió plantado junto a la columna, viendo a su esposa bailar con un hombre detrás de otro. Charlaba educada y diplomáticamente con los que se atrevían a acercarse a él a pesar de su gesto malhumorado. Ninguno de ellos permanecía mucho a su lado; obviamente no estaba de humor para parloteos intrascendentes. Al cabo de un rato, las murmuraciones de los invitados de Green sobre él y el modo en que el Diablo de Darfield veía bailar a su esposa eran generalizadas. Si la aristocracia londinense no se había enterado hasta entonces de que habían discutido, seguro que ya lo sabían.
Como no podía soportar que la tocase un solo hombre más, ya había decidido marcharse cuando vio de pronto la figura alta y esbelta de Routier pasar el arco de entrada al salón de baile. El muy ruin, en cuanto divisó a Abbey, echó un vistazo disimuladamente por todo el salón. Michael sospechó que lo buscaba a él, y se ocultó entre las sombras. Tras explorar la estancia durante unos minutos, Routier, con una sonrisa de decidida satisfacción, se dirigió tranquilamente hacia el rincón donde se encontraba Abbey. Darfield apuró en silencio la copa de champán que llevaba en la mano desde hacía media hora.

 

 

 

Un hombre que llevaba una chaqueta muy gruesa y desprendía un fuerte hedor acompañó a Abbey a la pista de baile. Ella se excusó educadamente alegando que necesitaba ir al tocador y, como iba a toda prisa, no reparó en Malcolm Routier hasta que le habló:
—Buenas noches lady Darfield.
Sobresaltada, dio un traspié al tiempo que lo miraba.
—Señor Routier —dijo con frialdad.
—Esperaba encontrarla...
—Prefiero no bailar, señor —dijo sin fuerzas.
Routier arqueó un poco sus tinas cejas.
—Discúlpeme, señora, pero es costumbre que una dama rechace a un caballero cuando éste ya la haya invitado a bailar y no antes.
Abbey se espantó de su imperdonable metedura de pata.
—¡Ay, qué horror! Por favor, acepte mis disculpas... No pensaba en lo que decía —se excusó de forma poco convincente.
—No me ha ofendido —sonrió él, encantador.
El champán que había estado bebiendo toda la noche la había aturdido. No le agradaba balbucir, pero el atontamiento que le producía el espumoso compensaba aquel inconveniente. Además, en medio de la bruma que la rodeaba, le pareció que Routier era en realidad un hombre muy agradable.
—No es la primera vez que me rechazan. Una muchacha belga ha hecho los honores —dijo.
Abbey se tensó aún más y empezó a marcarse. Se llevó una mano a la sien.
—¿Eso importa, señor?
Routier sonrió e hizo una ligera reverencia.
—Bromeaba. Por lo visto, no se me da muy bien —señaló galante.
Abbey se reprendió internamente. El estaba siendo muy agradable y no merecía sus comentarios mordaces. Se obligó a sonreír; los ojos ambarinos de Routier le miraron la boca.
—Señora, tiene usted una sonrisa extraordinaria —sentenció de pronto.
El encanto de aquel hombre la confundía, aumentaba su malea El estampado de la pared de detrás de Routier empezó a moverse
—¿Ocurre algo? —preguntó él verdaderamente preocupado.
El estampado empezó a darle vueltas y Abbey trató de enfocar el hombro de la chaqueta negra de Routier.
—No me encuentro bien —murmuró ella, concentrándose en evitar que se le revolviese aún más el estómago.
—¿Quiere que vaya a buscar a lord Darfield?
—¡No! —casi gritó, y en seguida se tapó la boca con la mana De repente hacia un calor sofocante en el salón de baile. —Me parece que está indispuesto en este momento. Creo que saldré afuera. Me vendría bien un poco de aire...
—Permítame que la acompañe —se ofreció Routier, y la llevó de prisa hasta las puertas del balcón.
Una ráfaga de aire frío procedente del jardín le envolvió la cara y de inmediato se sintió mejor. Agarrada a la barandilla, se asomó al mirador y respiró hondo.
—¿Se encuentra bien, lady Darfield? Debería ir a buscar al marqués —propuso angustiado.
Abbey negó con la cabeza e inspiró hondo, se echó hacia atrás y exhaló despacio.
—Me encuentro mucho mejor, señor Routier, di verdad. —El aire frío le estaba ayudando mucho y el marco empezaba a remitir. Miró a su acompañante, que parecía preocupado. —Gracias por ayudarme —dijo tímidamente.
El hizo un gesto con la cabeza y sus ojos ambarinos brillaron.
—Entonces, ¿ha estado en Bruselas?
Sorprendido, asintió con la cabeza.
—Sí, ¿y usted?
—Hace algunos años —contestó, respirando hondo. —No vi mucho, la verdad. Mi padre era muy protector. —Le vino a la cabeza un recuerdo, el primero no doloroso desde hacía algún tiempo, y sonrió.
—¿Ah, sí? —preguntó el hombre en voz baja.
—Ciertamente. Pasamos un invierno entero en Bruselas, y él no paraba de amenazar con encerrarme en el casco del barco. Nunca entendí qué lo angustiaba tanto; ni siquiera me dejaba salir de casa —señaló, recordando una terrible discusión que había tenido con el capitán porque no la dejaba acompañar a dos amigas a una sombrerería de moda.
«Rotundamente no ¡Ahí fuera hay piratas que en cuanto te vean te echarán el guante!», le había dicho. «Papá, ¡lees demasiadas novelas! ¡Qué idea más ridícula! ¿Por qué demonios me iban a echar el guante?», le había gritado ella frustrada. Él no le había respondido, pero la había mirado muy serio y le había señalado el piso de arriba para que volviese a su habitación. «¡Te odio!», le había chillado ella mientras subía corriendo la escalera y se había encerrado en su cuarto el resto del día.
—Si hubiera sido mi hija, creo que me habría visto tentado de hacer lo mismo —rió Routier.
Abbey sonrió.
—¿Desde cuándo conocía a mi padre?
—Desde hace muchos años
—¿Eran amigos?
—Éramos socios. Supongo que nos llevábamos bien, pero nunca consideré que fuéramos amigos propiamente dicho —señaló él pensativo.
Abbey se volvió y, apoyada en la barandilla, contempló a los bailarines por el cristal de una de las puertas.
—Aún lo echo muchísimo de menos —declaró con tristeza.
Era cierto: a pesar de su traición, lo echaba de menos. Lo había echado de menos una barbaridad en los últimos cuatro días, algo un tanto extraño, dado que él era la razón de su desgracia.
—Era un hombre corpulento, con una gran mata de grueso pelo blanco y barba cana. Yo solía bromear con él diciéndole que la llevaba muy desarreglada. Lo ponía furioso Se sentía muy orgulloso de ella —comentó Routier.
—Muy orgulloso Siempre decía que se puede juzgar a un hombre por la robustez de sus barbas —confirmó ella.
—Entonces, yo diría que él era un hombre muy fuerte —rió él. Observó admirado a Abbey, que se apartó de la barandilla y se acercó despacio a una maceta de siempre-verde. —Sospecho que usted también.
Abbey le sonrió por encima del hombro.
—No sé. A veces no me siento muy fuerte.
—A mí me lo parece —dijo, irguiéndose, y se situó detrás de ella junto al ventanal.
Exploró distraída la sala a través del parteluz de la puerta, sintiendo el impulso involuntario de buscar a Michael. Fue una estupidez, porque lo localizó, sí, con Rebecca Davenport. La diosa rubia le sonreía como si compartieran un secreto delicioso El marqués estaba muy serio, pero muy cerca de ella, y a Abbey se le aceleró el pulso de rabia, la había traicionado. De forma descarada e insolente. El verlo tan claramente entretenido con su amante resultaba humillante.
—Lady Davenport es persistente, ¿no le parece? —suspiró Routier.
«No —pensó Abbey amargamente, —Michael era persistente.» En aquel momento, lo odiaba.
—Claro que algunas relaciones son difíciles de cortar —añadió el hombre, y se apartó, volviendo al mirador.
«Eso parece.» la rabia le corría por las venas. ¿Cómo se atrevía Michael a preguntarle por Galen cuando él mantenía una relación adúltera? Alzó la barbilla.
—¿Ha estado alguna vez en Roma, señor Routier? Creo que el señor Green ha decorado este salón como el Coliseo, ¿no le parece? —inquirió.
El intento visible de cambiar de tema hizo sonreír al antiguo socio de su padre, pero le siguió la corriente. Le habló de las grandes ruinas romanas y luego la ilustró sobre los detalles griegos de la decoración. Abbey escuchaba atentamente, pero, en varias ocasiones, la sorprendió intentando localizar a Michael. A él ya no lo veía, pero lady Davenport seguía allí. Su sonrisa de suficiencia se había esfumado, pero el tenerla allí de pie, tan hermosa, hizo que la cabeza y el estómago de Abbey protestasen con violencia. Cerró los ojos y se esforzó por controlar las náuseas. Brotaron en su frente unas gotas diminutas de sudor y palideció rápidamente.
—Lady Darfield, se ha puesto muy pálida. ¿Se encuentra mal? —espetó Routier interrumpiendo su disertación sobre la arquitectura griega.
—No es nada, seguro. Quizá he bebido demasiado champán —susurró con voz pastosa, y tragó saliva para superar las náuseas.
El se acercó a ella en seguida y la apartó de la ventana. Abbey se dirigió como pudo hasta la barandilla, horrorizada por las arcadas que sentía. Qué embarazoso y qué absurdo, pensó, sólo le faltaba vomitarle en los zapatos a su acompañante para rematar una velada ideal. Respiró hondo
Routier le puso la mano en la parte baja de la espalda y se inclinó para mirarla.
—Estoy muy preocupado, lady Darfield...
—No, por favor, ya se me pasará —susurró ella.
Por suerte, las náuseas remitían tan de prisa como habían aparecido. Volvió a respirar hondo.
El movió la mano, apoyándola entre las paletillas.
—¿Le traigo un poco de agua?
—No... Creo que, si me quedo quieta un momento se me pasará —dijo con voz temblona. El jardín le daba vueltas; parpadeó varias veces hasta que los setos dejaron de moverse.
Routier se inclinó sobre ella, mirándole la cara angustiado.
Ella se volvió un poco y le dedicó una débil sonrisa tranquilizadora.
—Estoy muy bien, de verdad.
—No creo que mi compañía haya puesto nunca enferma a una mujer —bromeó, —al menos que yo sepa.
Abbey rió a pesar de las náuseas.
Oculto entre las sombras del balcón, Michael los observaba. El ver que le ponía la mano en la espalda le había acelerado el pulso. Abriendo y cerrando los puños a los lados, rechinó los dientes cuando la risa suave de Abbey llegó hasta sus oídos. ¡Disfrutaba de la compañía de aquel condenado sinvergüenza!
En aquel preciso momento pensó que prefería ceder a las exigencias fraudulentas de Carrey que permitir que Routier tocase a su esposa. Se ocultó aún más entre las sombras y se reprendió por perder el control. Contuvo el deseo de estrangular a ese rufián cuando la risa cantarina de Abbey llegó de nuevo a sus oídos. De todos los hombres con los que podía haber congeniado, tenía que elegir a ése. Era como una maldita bofetada para él. Eran como dos amantes, allí fuera, a la luz de la luna, y tenía que ser él quien estuviera en lugar de Routier. Furibundo, Michael salió de entre las sombras.
—¡Abbey! —bramó, sorprendido de su propia voz ahogada.
Ella se volvió y su rostro se ensombreció de inmediato.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —espetó.
—Tu esposa estaba enferma, Darfield. Como tú estabas entretenido. La he acompañado afuera a que le diera el aire —le informó Routier sin inmutarse.
—A mí no me parece que esté enferma —replicó desagradable.
Abbey frunció el cejo, lo miró furiosa y le dio la espalda. El apretó los puños.
—Si no te importa, Routier, querría hablar un momento con mi esposa —gruñó.
Este no se apartó de ella, algo que para Michael era motivo suficiente para enfrentarse a aquel bastardo.
—No me iré a menos que lady Darfield me lo pida —dijo con una sonrisa desafiante.
Abbey se volvió y miró fijamente a Michael. Sus ojos violeta ya no estaban apagados, sino llenos de furia.
—Siento que mi marido sea tan grosero, señor Routier, pero últimamente no está de muy buen humor. Si nos disculpa... —dijo enfadada.
Routier miró satisfecho al aristócrata.
—Como desee la señora —dijo casi contento. —He disfrutado mucho de nuestra conversación, lady Darfield. Cuando se encuentre mejor, agradecería la oportunidad de volver a bailar con usted —señaló con una reverencia.
—Me encantaría, señor Routier —sonrió Abbey.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Michael consiguió controlarse y mantener un gesto neutral. Routier sonrió triunfante, cruzó el balcón pasando por su lado como si nada y se perdió en el salón de baile
Michael apretó los puños y, en jarras, con los pies separados, se volvió para mirar furioso a su hermosa esposa. Sorprendentemente, se debatió entre darle una buena azotaina o estrecharla en sus brazos y besarla hasta quitarle de la cabeza a Routier. Pero todas aquellas emociones se esfumaron cuando ella alzó la barbilla e, impaciente, empezó a dar golpecitos en el suelo con la punta del pie.
—¿Te estoy entreteniendo? —preguntó él con frialdad.
—Lo cierto es que si.
—¿Ah, sí? Si no recuerdo mal, no hace muchos días, no querías bailar con nadie más que conmigo —dijo con sarcasmo.
Ella abrió mucho los ojos, luego los entrecerró indignada.
—Eso fue antes de que mi esposo infiel diera por sentado que soy cómplice de algún acto innoble, horrendo y completamente imaginado —espetó ella.
Michael se le acercó rabioso.
—¿Y ahora?
—¡Ahora bailaría con todos menos contigo! —Pues me parece que estás a punto de conseguirlo —repuso Michael.
Abbey lo miró encendida, tamborileándose furiosa con los dedos la parte superior del brazo.
—Por fin te muestras como eres de verdad —gruñó ella.
—¿Que yo me muestro como soy? Esa sí que es buena. ¡La proverbial paja en el ojo ajeno...!
—¡No he hecho nada malo. Michael Ingram! ¡Si eres tan necio de creer que sí, es tu problema, no mío! ¡No dejaré que me encierres como a una delincuente para que tú me puedas ser infiel! —casi gritó.
A pesar de la rotundidad con que hablaba, sus ojos la delataban, como siempre Michael tiró a matar.
—Me da igual lo que pienses Abbey, pero escúchame bien: si me pones los cuernos, te arrancaré del pecho ese corazón negro que tienes y se lo echaré a los perros.
Ella hizo un aspaviento de horror, luego brilló algo en lo más profundo de sus ojos violeta.
—¡Hijo de perra! —susurró furiosa mientras él se le acercaba.
El ignoró aquella imprecación nada femenina.
—Lo digo en serio, Abbey. Ni se te ocurra ponerme los cuernos —repitió en voz baja.
—¡Cielo santo, con qué descaro juegas a dos bandas! ¿Compartes tu cama con lady Davenport y te atreves a darme lecciones de fidelidad? —le replicó ella casi gritando.
Aquello lo dejó algo perplejo, pero estaba demasiado enfadado para ceder.
—Me parece que te falla la memoria, esposa. ¡No es asunto tuyo lo que haga con lady Davenport, o con cualquier otra mujer! Soy yo el que ha sitio traicionado, en repetidas ocasiones, no tú.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Lo que quiera que Abbey hubiera sentido al verlo por primera vez a su lado aquella noche se había esfumado sin más. Michael jamás había visto a nadie tan indignado, y, si Abbey hubiese sido un hombre, el marqués habría temido por su vida, la joven apretó con fuerza sus deliciosos labios, sus cejas formaron una aciaga uve por encima de sus ojos, y sus ojos, que Dios lo asistiera, sus ojos lo decían toda Avanzó y lo empujó con fuerza por el pecho antes de dirigirse a la puerta, mascullando otro juramento que habría dejado atónitos a los presentes.
—Que no te vuelva a encontrar con Routier, ¿me has entendido? —le gritó Michael.
Ella se detuvo en seco y, con los brazos a la cintura, se volvió despacio para mirarlo. Michael se cogió las manos a la espalda como si nada y contempló tranquilamente cómo se le encendía la mirada. Abbey se encaminó de nuevo hacia él. El esperó paciente hasta que la tuvo a sólo unos centímetros.
El destello del brazo de ella lo pilló por sorpresa, igual que el fuerte puñetazo en la boca, la intensidad del golpe la hizo tambalearse, proferir un grito y agitar la mano dolorida. El impacto estampó a Michael contra la barandilla. Anonadado, se llevó los dedos a la comisura de los labios y se palpó con cuidado. Un pequeño reguero de sangre le nacía del punto en el que el anillo de ella había entrado en contacto con su labio, y le bajaba despacio por la barbilla, ¡la niña malcriada le había dado un puñetazo en la boca! No pudo evitarlo: esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
La sorpresa y la rabia de Abbey ante aquella reacción se le vio en la cara. Esa vez, Michael identificó en seguida el indicio de peligro, pero no pudo reaccionar a tiempo. Se levantó las faldas y, con una de sus piernas esbeltas y bien formadas, le pegó una patada, fuerte, en la espinilla, luego dio media vuelta y huyó del balcón. Michael se agarró la pierna y se frotó con brío para calmar el dolor, sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió la sangre de la boca. Cuando miró las manchas de sangre en el lino blanco, no pudo contener el absurdo regocijo que le hervía en el pecho. Soltó una carcajada histérica.
Maldita sea, ¿cómo no iba a querer a aquella muchacha? Cielo santo, ¡menudo derechazo tenía!

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Alice
Great book, nicely written and thank you BooksVooks for uploading

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