El diablo enamorado | Chapter 15 of 28

Author: Julia London | Submitted by: Maria Garcia | 2981 Views | Add a Review

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CAPÍTULO 11

Al cabo de unos días, cuando lord Darfield ya había recobrado su fuerza, Sam, él y un contingente de hombres peinaron miles de acres de Blessing Park para localizar pistas. Sin embargo, su exhaustiva búsqueda no dio frutos, Sam sostenía que no había sido más que una bala perdida de algún cazador en las tierras de los Ingram. A pesar de que la teoría de su amigo no lo convencía, como no había pruebas que respaldaran su propia teoría, más oscura, Michael no discutió.
Se aseguró de que Abbey fuera siempre acompañada, aunque ni ella misma lo supiese y, para que estuviese siempre a salvo, le expuso sus sospechas y recelos. A ella, la teoría de Michael le pareció graciosísima, pero, al verlo tan serio, le prometió solemnemente respetar sus deseos y no salir de Blessing Park. Volvió a su salón y le envió una nota a Galen a Portsmouth, explicándole que su esposo le había pedido que no abandonara la mansión, pero que esperaba con ilusión su visita.
Un día frío y lluvioso, Michael y Sam pasaron buena parte de la tarde encerrados en su biblioteca, trabajando. Sin embargo, como venía siendo costumbre últimamente, a aquel le costaba concentrarse. El afecto que sentía por Abbey iba creciendo. Era una mujer tan absolutamente cautivadora e inusual que resultaba imposible no sentirse atraído por ella. Además, desde aquel día en el prado, se sentía invadido de una necesidad instintiva de protegerla de cualquier daño.
Aquel fuerte instinto protector no hizo más que acentuarse con la repentina llegada de cartas e invitaciones tras publicarse en el Times la noticia de su enlace. La riada de misivas de las mismas personas que en su día habían evitado deliberadamente a su familia lo asqueaba. Sabía bien lo que querían. No querían felicitarlo como corresponde, sino conocer a la misteriosa esposa del Diablo de Darfield, para poder chismorrear, en la intimidad de sus salones, sobre la educación de Abbey, sus relaciones sociales y su idoneidad como miembro de aquel círculo tan elitista. Querían hablar de ella en las cenas y en las fiestas de fin de semana de toda Inglaterra, y que Dios la asistiese si no respondía a sus elevadas expectativas.
Así que había accedido algo inquieto a la petición de Abbey de invitar a cenar a los Haversham aquella noche. Era evidente que ella apreciaba a aquella pareja de excéntricos, pero Michael se debatía entre el deseo de complacerla y la necesidad de protegerla. La mirada esperanzada de sus ojos violeta no había tardado en convencerlo, un fenómeno que, observó, se producía cada vez con mayor frecuencia. Ella lo ablandaba como ninguna otra persona lo había hecho en toda su vida y, a pesar de lo extraordinariamente perturbador que aquello le resultaba, se veía incapaz de impedirlo.
También Sam lo notaba.
—Maldita sea, Darfield, has sumado esa columna tres veces. ¿Desde cuándo tienes problemas con las matemáticas? Siempre he pensado que eras una especie de ábaco ambulante —observó con una sonrisa cariñosa.
—Desde hace un mes o así —respondió al aludido con sequedad mientras examinaba el libro de cuentas que tenía delante.
—Hace un mes o así eras un solterón con un claro don para los números. Hoy estás casado y no podrías sumar dos y dos aunque tu vida dependiera de ello.
—Mi soltería terminó por circunstancias ajenas a mi control; dudo que eso haya afectado a mis conocimientos matemáticos.
Sam soltó una carcajada.
—Me parece a mí que estás atontado.
—¡Atontado! —protestó Michael. —Dios, Hunt, no soy un escolar enamoradizo. No obstante, debo admitir que me sorprende gratamente descubrir que Abbey no es la niña malcriada que yo creía.
—¡Qué comedido! —replicó su amigo. —Si quieres saber mi opinión, lo que te ocurre es que te has encontrado con una esposa que supera con creces cualquier expectativa que pudieras haber tenido.
—No recuerdo haberte pedido tu opinión —pero no pudo evitar confirmar la aseveración de Sam con una sonrisa de complicidad.

 

 

 

Abbey se arregló con esmero para la cena de aquella noche. Aunque había terminado cediendo, Michael no quería invitar a los Haversham. Sólo se le ocurría que fuese porque dudara de sus dotes de anfitriona. A fin de cuentas, ella no contaba con lo que él podría considerar una formación adecuada, como la de las otras mujeres que había conocido. Era ridículo, claro, porque ella había sido anfitriona de los eventos de su padre y había asistido a más fiestas de lujo de las que podía recordar. No obstante, prefería que la apalearan y la descuartizaran antes que decepcionarlo.
Aquella cena saldría perfecta.
Había pasado la tarde repasando los detalles con la cocinera, Sarah y Jones. Todos le habían asegurado que invitar a los Haversham a cenar era muy sencillo, pero Abbey había insistido en que todo debía salir perfecto. Dado el gusto de aquella pareja por cualquier cosa exótica, se habla decidido por una cena inspirada en Egipto. Incluso había ayudado a la cocinera a preparar la comida egipcia y un surtido de dulces orientales, ignorando por completo la persistente protesta de Jones porque una marquesa no se metía en la cocina.
En el salón rojo, Abbey y Sarah colgaron unas vaporosas cintas de seda roja y oro por las cortinas y bajaron de su salón un montón de cojines que esparcieron por el suelo. Cuando terminaron, la estancia tenía un visible aire egipcio.
Ella se puso un vestido de terciopelo y gasa color lila rematado en oro que resaltaba sus ojos. Este, otra creación de su prima Victoria, tenía una pieza de terciopelo cruzada en diagonal sobre el pecho y enroscada a la cintura hasta la cadera. Desde allí, salía la falda de gasa hasta los pies, que terminaba en una pequeña cola. Era una prenda exótica y ceñida que acentuaba su busto redondeado, su cintura estrecha y sus finas caderas. Cuando terminó de vestirse, Sarah chilló de emoción.
—¡Parece una reina! —exclamó.
Complacida, Abbey sostuvo en alto dos pendientes de diamantes.
—¿Qué te parecen? Tengo una gargantilla a juego.
Con la cabeza ladeada en un gesto de grave deliberación, la doncella negó despacio con la cabeza.
—Creo que los pendientes de amatista le quedarían mejor.
Abbey se ruborizó. No había vuelto a ponérselos desde que había descubierto el engaño de su padre; aquellas resplandecientes piedras preciosas se lo recordaban.
—No me gustan, de verdad. Prefiero los diamantes —señaló y de inmediato se los puso.
—¿Que no le gustan? ¿Por qué? ¡Si son preciosos! Pues antes le gustaban; nunca la he visto sin...
—Que no, Sarah, de verdad. ¿Los quieres tú? —le dijo impetuosa.
A la chica se le abrieron mucho los ojos al ver que Abbey hurgaba en un joyerito de su cómoda y le daba los pendientes. Negó enérgicamente con la cabeza con la vista clavada en la joya.
—No puedo aceptarlos, milady, no puedo. ¡Son preciosos! —susurró nerviosa.
Abbey le puso los pendientes en la mano.
—Quiero que te los quedes —insistió.
Sarah los miró espantada.
—No puedo aceptarlos —murmuró sin convicción mientras se los ponía. Su asombro se transformó en una amplia sonrisa al vérselos en el espejo. Impulsivamente, se volvió y abrazó a Abbey. —¡Ay, milady, es el mejor regalo que me han hecho nunca!

 

 

 

Los Haversham ya habían llegado, más temprano de lo que era de recibo y estaban con Sam en la sala dorada, junto al vestíbulo principal. Cuando entró Michael, lady Haversham se levantó como un resorte y en seguida hizo una gran reverencia, tan grande que su esposo tuvo que ayudarla a enderezarse.
—¡Buenas noches, lord Darfield! ¡Es un gran placer venir a cenar a su bonita casa! —señaló Cora Haversham con efusividad.
Cuando Michael se inclinó sobre su mano, pensó que la mujer iba a desmayársele encima. A su lado, el orondo William Haversham se ajustó el monóculo y se inclinó para saludarlo.
—Hace ya un tiempo que no teníamos el placer de venir a visitarlo, lord Darfield. Llevaba mucho tiempo aquí encerrado, ¿verdad? —inquirió.
Michael le estrechó la mano para saludarlo.
—Yo no lo diría así, lord Haversham. He estado en alta mar —respondió sin entusiasmo, y aceptó el jerez que Jones solía prepararle.
—Lord Haversham me estaba hablando de una partida de dardos verdaderamente asombrosa que presenció en Pemberheath —comentó Sam, de pie junto a la ventana, mientras Michael se aproximaba a la chimenea.
—¿En serio? ¿No sería lady Darfield una de las participantes? —preguntó con sequedad.
—¡Así fue, señor! Por sorprendente que parezca, es muy ducha en ese deporte. Podría haber ganado fácilmente la partida, pero creo que se dejó ganar por el marinero Lindsay, al que avergonzaba su imposibilidad de ganarle a la marquesa —señaló Haversham, luego sorbió su whisky.
—Aquellos hombres insistían mucho en jugar la revancha —añadió lady Haversham, —tanto que yo empecé a inquietarme, ¿verdad, William? Pero lady Darfield supo mantener la calma. Dijo que ella había aprendido hacía mucho tiempo que allá donde fueres hicieras lo que vieres, y aceptó el reto. Yo creí que iba a enfermar de miedo, porque eran todos unos hombres muy rudos, si sabe a lo que me refiero. Por suerte, los tenía tan pasmados con su destreza que no hacían otra cosa que mirarla boquiabiertos, ¿verdad, William?
A lord Haversham se le habían puesto las orejas coloradas. Miro avergonzado a Michael.
—Yo no temí por su seguridad en ningún momento, milord. Todo fue muy inocente —insistió, luego carraspeó y miró furioso a su esposa.
—Yo sé por qué la retaron —dijo lord Hunt como si nada. —La noche en que llegó a Inglaterra la amenazaron con hacerle daño si no jugaba, ella le echó mucho valor, la verdad, e hizo un trato con ellos. Les dijo que, si hacía diana, la dejarían en paz. Pensé que iba a tener que enfrentarme a todos ellos, pero ella se situó e hizo diana a la primera, jamás había visto hacerse el silencio así en tan poco tiempo —rió.
—¿Estaba usted allí? —preguntó Abbey espantada desde la puerta.
Michael olvidó por un momento su deseo de estrangular a Sam por permitir que se pusiera en peligro. Encuadrada en el marco de la puerta, Abbey era como una aparición, toda elegancia y belleza. Con aquel vestido, parecía un ángel, uno muy provocativo, y Michael se sorprendió apretando el puño en el interior del bolsillo para mantener el deseo bajo control. Dios, nunca paraba de emocionarlo.
Cuando se puso de pie, Hunt estaba riendo.
—Estuve allí todo el tiempo, lady Darfield, listo para salir en su ayuda si hubiera sido necesario. Parecía manejar tan bien la situación que confieso que sentí curiosidad por ver si lo conseguía.
—Al menos podía haberse presentado —gruñó Abbey.
Michael, que había ido acercándose para recibirla, le pasó un brazo por la cintura, le besó con ternura la sien y subrepticiamente inhaló el sutil aroma a lilas que la envolvía.
—No fue una sola partida de dardos, sino dos, señora mía.
Ella sonrió avergonzada.
—No fue idea mía en ninguno de los dos casos.
—¡Ay, qué hermosa está esta noche! —dijo lady Haversham entusiasmada desde el fondo de la habitación.
—Es usted muy amable, lady Haversham —contestó Abbey con un recatado movimiento de cabeza.
—Una criatura exquisita, ¿no le parece, milord? ¿Cuándo tiene previsto presentarla en sociedad? Toda la aristocracia londinense se quedará pasmada, se lo garantizo —sentenció.
Michael no lo dudaba en absoluto, pero no por las razones que exponía lady Haversham. Ignoró el asunto y en su lugar le preguntó a Abbey qué le apetecía beber.
Ella frunció el ceño y se dio unos toquecitos con el dedo en los gruesos labios.
—¿Tienes vino de Madeira?
Michael no pudo reprimir una sonrisa.
—Creo que hay alguna botella en la bodega —dijo, y le hizo una seña a un criado.
—Lord Darfield, ¡no pretenderá tener a esta encantadora criatura encerrada en Blessing Park! —insistió lady Haversham.
A regañadientes, Michael miró a sus invitados.
—Todo a su debido tiempo, milady. Debo confesar que no hemos hecho muchos planes a largo plazo.
—Déjalo en paz. Cora. Están recién casados —refunfuñó lord Haversham.
—No es mi intención entrometerme, William, pero también tú has comentado que lady Darfield es demasiado hermosa para que la tengan encerrada en Blessing Park —le contestó su esposa haciendo una profunda respiración.
Abbey se sonrojó de vergüenza.
—Yo diría que el marqués prefiere tenerla para él solo —intervino Sam, y lord Haversham asintió tan enérgicamente que se le cayó el monóculo del ojo. Juego le lanzó una segunda mirada feroz a su esposa.
—Lady Haversham, como sabemos lo mucho que le interesa lo oriental, esta noche vamos a servir una cena egipcia —informó Abbey, cambiando hábilmente de tema.
La mujer dio una palmada de alegría.
—¡Ay, qué maravilla!
—¡Vaya!, ¿y en qué consiste una cena egipcia? —preguntó entusiasmado lord Haversham, que, por lo que Abbey había podido ver, concedía prioridad a su estómago por encima de cualquier otro de los placeres básicos de la vida.
Ésta sonrió a su marido, logrando que se le encogiera el pecho.
—Ya lo verá —le respondió a su orondo invitado. —¡No quiero estropear la sorpresa!
Sin embargo, lady Haversham le estropeó la velada a Abbey sin quererlo. Todo empezó después del primer plato, sopa de lentejas, que los comensales coincidieron en calificar de éxito absoluto. Cuando se sirvieron el puré de garbanzos, los platos de berenjenas y vino de Madeira para todos, lady Haversham comentó:
—Lástima que no pudiera reunirse con lady Darfield en El Cairo, milord.
—¿Cómo dice? —preguntó Michael educadamente.
—Ah, ya sabe, cuando lady Darfield estuvo en El Cairo, usted iba a reunirse allí con ella, pero, claro, andaba ocupado por la península —le explicó mientras se servía más puré.
Desde el otro lado de la mesa, Abbey vio ensombrecerse el semblante de Michael y se le cayó el alma a los pies. ¡Qué estúpida había sido por contarles a los Haversham absolutamente todo durante aquellas dos primeras semanas!
—Lady Haversham, ¿sabe que, cuando estuve en Egipto, monté en dromedario? —dijo nerviosa, rechazando el plato que le ofrecía. —Hace falta mucha maña para montarlos. Hay que colocarse un poco por detrás de la joroba para que el animal no se encabrite.
—¿Montó en dromedario, en serio? —chilló lady Haversham alucinada.
—¿Montaste en dromedario? —repitió Michael incrédulo casi al mismo tiempo.
Abbey sonrió trémula.
—Yo pensaba que había que sentarse entre las jorobas —comentó la dama.
—El dromedario sólo tiene una joroba —la corrigió lord Haversham.
—¿Y tú qué sabes, William? ¡No has visto un dromedario en tu vida! —le espetó su esposa, luego se giró en el asiento para mirar a Abbey —¿Cómo se monta en dromedario, lady Darfield?
Mirando a Michael de reojo, la joven se dispuso a explicarles el arte de la monta del dromedario, sin entrar en los detalles más desagradables, como el hecho de evitar que el animal te escupa, lady Haversham estaba embelesada, Sam escuchaba atentamente y lord Haversham era gozosamente ajeno a cualquier cosa que no fuese la comida de su plato. A Abbey le pareció que Michael miraba su plato demasiado fijamente.
—Aprendiste muchas cosas en Egipto, querida niña —dijo lady Haversham después de dar un sorbo a su vino. —Supongo que sabrá que su esposa habla varios idiomas, ¿verdad, lord Darfield? Y no me refiero al francés —le dijo a Michael con un gesto despectiva Abbey se inclinó sobre su plato sujetándose el puente de la nariz con el índice y el pulgar. —Cuéntele lo que hizo el otro día —la instó.
Abbey hizo una mueca, las cosas habían ido bien los últimos días y lo que menos quería era que Michael la creyese una especie de sabelotodo.
—No fue nada, de verdad —señaló, con la esperanza de que la anciana captase la indirecta y dejara de parlotear.
—¡Cómo que nada! Tengo un libro precioso que me regaló mi buena amiga Clara Whitesworth. Lo compró en Egipto y la cubierta lleva unos garabatos escritos, ¿verdad que parecen garabatos, William?
—Parecen garabatos —confirmó lord Haversham sin levantar la cabeza de la berenjena salteada en salsa de jengibre.
—Se lo enseñé a su esposa para que me diese su opinión, y ella rió y me dijo: «Ah, no, lady Haversham, aquí dice: "Que Dios te bendiga con una buena vida"», ¡luego me lo devolvió como si aquello fuese la cosa más fácil de descifrar del mundo!
Abbey sintió que Michael la miraba y se ruborizó.
—Tenía mucho tiempo libre en Egipto —murmuró a modo de disculpa.
—¡Naturalmente! ¡Estaba esperando el momento de su boda con usted, lord Darfield! —declaró lady Haversham satisfecha.
Abbey quiso que se la tragara la tierra, allí mismo, sentada a la presidencia de la mesa. Con todo lo que había meditado sobre aquella cena, en ningún momento se le ocurrió pensar en lo que lady Haversham podría llegar a decir. Tía Nan tenía razón: era transparente. Una niña tonta, parlanchina y transparente.
—¡Y luego están esos bailes! ¡Ay, qué absolutamente únicos e incomparables son esos bailes! Lady Darfield no sólo tuvo el detalle de hacernos una demostración sino que, además, ¡tuvo la audacia de enseñarnos a bailarlo!
—Muy estimulante —añadió lord Haversham.
Abbey se desmadejó en la silla, muerta de vergüenza. Sam no paraba de sonreír, disfrutando visiblemente de la conversación y de la turbación de la joven.
—Por lo que veo, los talentos de mi esposa no tienen fin —sentenció Michael con elegancia, luego le dedicó una de sus miradas impenetrables.
Abbey consideró por un instante la posibilidad de salir al balcón y arrojarse desde allí a los jardines. A juzgar por la sonrisa de Sam, su azoramiento era evidente para todos los comensales.
—La comida, las danzas, el idioma... —comentó Sam alegre mente. —¿Aprendió algo más en Egipto, lady Darfield? —preguntó.
—A hacer trampas con las cartas —espetó el marqués.
Abbey cerró los ojos y gimoteó.
—¡Qué delicia! ¡Tiene que enseñarme! —exclamó lady Haversham mientras un criado le ponía delante un plato de arroz humeante y carne picada muy especiada.
—Sí, lady Darfield ha adquirido una gran variedad de habilidades con las que la mayoría de los hombres se limita a soñar: a tocar el violín en Roma, a hacer trampas en Egipto, a jugar al billar en Bruselas, a asistir el parto de una vaca en Virginia... ¿No tendrías también ocasión de luchar contra los indios? —inquirió Michael antes de probar el plato.
—No se burle, lord Darfield. —¡Como va a luchar contra los indios! —lo reprendió lady Haversham.
—Lo que sí ha sido es cuatrera, ¿verdad, lady Darfield? —inquirió lord Haversham. Al oír aquello, lord Hunt soltó una carcajada y, al otro lado de la mesa, Michael arqueó visiblemente una ceja. Abbey cogió su copa de cristal y apuró el madeira, arrepintiéndose de haber preparado una cena de ocho platos en lugar de dos.
Cuando terminaron de cenar, agradeció que Michael le propusiera que lady Haversham y ella se retiraran mientras ellos disfrutaban de un puro y una copa de oporto. Una vez en el salón, reunió el valor necesario para comentarle con delicadeza a lady Haversham que su vida no había sido tan admirable y que Michael probablemente estuviese harto de oír hablar de ella.
—Quizá tenga razón, querida. A fin de cuentas, también ha llevado una vida extraordinaria —coincidió.
Abbey sintió una punzada de pánico al oírle decir aquello, pero pensó que su anciana vecina debía de referirse a los numerosos rumores que circulaban sobre él. La trágica muerte de su madre, la deshonra de su hermana, la detestable afición de su padre al juego y a la bebida... No obstante Michael lo había superado todo y había amasado una fortuna y una buena reputación. Lady Haversham se lo había contado en repetidas ocasiones.
Cuando los hombres entraron en el salón, ésta estaba sentada en el suelo, encima de un montículo de cojines, con un pastelito en la mano.
—Lord Darfield, hablábamos de su vida nada usual —señaló.
—¿De mi vida? —preguntó él con un gesto de aburrimiento.
Abbey carraspeo nerviosa.
—Estoy segura de que todos los aquí presentes conocemos ya la vida de lord Darfield, lady Haversham —comentó en un tono demasiado suplicante.
—Ay, lady Darfield, ¡no me ha entendido! ¡Sé muy bien que todos esos horribles rumores son falsos! Es asombroso hasta dónde son capaces de llegar algunos por difamar a otros, ¿verdad? No, me refería a su célebre generosidad.
—Sí, sí, impresionante generosidad —confirmó lord Haversham mientras se dejaba caer en un butacón y se cruzaba las manos regordetas sobre la panza.
Michael miró a Abbey inquisitivo. Ella se encogió de hombros, impotente, les dio la espalda y se dirigió a la zona de las ventanas cubiertas de seda.
—Me temo que mi vida no tiene nada de destacable.
—Por favor, lord Darfield, ¡no sea tan modesto! ¿Qué me dice de aquel tesoro que donó íntegramente al orfanato español? No conozco a ningún otro hombre que hubiese sido tan generoso, ¿verdad, William?
—A nadie en absoluto —coincidió su esposo mientras se estiraba para coger un pastelito.
—Creo que nunca había oído esa historia —señaló Sam, divertido, desde su posición junto al hogar.
—Es muy propio de él que no se lo haya contado, lord Hunt. Permítame que lo haga yo. Hace varios años, naufragó un barco pirata cerca de las costas españolas. A bordo, había una auténtica fortuna, y lord Darfield se hizo con ella, después de apresar a los rufianes, claro. Devolvió lo que pudo, pero, como no podía identificarse el tesoro entero, donó lo que quedaba, en su totalidad, a un pequeño orfanato de España. ¡No se quedó ni una baratija!
Sam miró a Michael con una chispa de picardía en sus ojos verdes.
Este se armó de paciencia y miró ceñudo a Sam.
—Lady Haversham, jamás ocurrió nada semejante —confesó.
La anciana, perpleja, se volvió a mirar a Abbey.
—¡Estoy segura de que peca de modesto, milord! ¡El capitán Carrington se lo contó a lady Darfield! —insistió.
Michael miró a su mujer, de espaldas, y vio que se le agarrotaban los hombros. Quería amordazar a lady Haversham. Con un monólogo particularmente largo que sostenía desde el comienzo de la velada, la dama había conseguido, ella sola, revivir el trágico engaño. Cruzó con disimulo la estancia y le pasó el brazo por la cintura a Abbey. Ella se dejó caer sobre su pecho.
—Debo advertirle, lady Haversham, que mi esposa tiene cierta tendencia a adornar todos mis actos y dotarlos de cierta heroicidad, pero le aseguro que no soy ni tan bueno ni tan recto como ella cree —sentenció, y contuvo la respiración cuando ella lo miró visiblemente agradecida. De pronto Michael deseó que sus invitados no hubiesen ido para poder mirarla a gusto a los ojos.
Sin embargo, éstos estaban lejos de querer marcharse. El resto de la velada transcurrió en torno a la mesa de juego, después de que Michael sugiriese que Abbey les enseñara los trucos que había aprendido. Así, le enseñó encantada a lady Haversham a hacer trampas, a pesar de la fuerte oposición de lord Haversham, completamente convencido de que su esposa no volvería a jugar a las cartas con honradez en toda su vida. Michael y Sam intercambiaron varias miradas de regocijo y perplejidad ante lo que Abbey era capaz de hacer. Como le ocurría con todo lo demás, a la joven se le daban muy bien las trampas. Lady Haversham jamás podría hacerlas, observó Sam, porque no sabía adoptar un gesto vago. La dama protestó por aquel comentario e insistió en que ella podía resultar tan vaga como cualquiera, a lo que Abbey no pudo evitar reaccionar con una risita tonta.
Cuando finalmente probaron con una partida de loo, los intentos de hacer trampas de lady Haversham terminaron haciendo perder a su esposo más dinero del que habría perdido de haber jugado honradamente. Abbey fue reuniendo una pequeña cantidad de dinero y, en la última mano, le pasó su baza a Michael. Fue tan descarado que él le dedicó una mirada de desaprobación mientras lord y lady Haversham discutían. Abbey respondió a su mirada con una sonrisa y un guiño de ojo.
Ya de madrugada, los Haversham se marcharon con la súplica incesante de que los Darfield y lord Hunt fueran a visitarlos pronto. En cuanto el coche salió de la finca, Abbey musitó una disculpa a Sam y Michael, y se retiró a toda prisa a su dormitorio a lamentarse de tan humillante velada.

 

 

 

Al poco, Abbey estaba de pie delante de la ventana de su habitación, bañada por la luz de la luna que se colaba por ella, meditando en silencio sobre el terrible giro que había sufrido su vida.
Cuando oyó que la puerta se abría despacio, suspiró y contempló la luna llena.
—Gracias, Sarah, pero no necesito nada. —Notó que la doncella se movía por la habitación. «Ahora no», pensó hastiada. —En serio, prefiero estar sola —insistió sin fuerzas.
—Yo prefiero estar contigo —respondió Michael en voz baja.
Abbey contuvo la respiración; no se movió, ni dijo una palabra. Notó que se situaba a su espalda, sintió que sus dedos le acariciaban los brazos, produciéndole un hormigueo en la piel. Cuando él se le abrazó a la cintura y la atrajo hacia sí, ella descansó su cuerpo instintivamente en el de él.
—Abbey —le susurró dulcemente al oído, causándole una intensa punzada de placer.
Ella imaginó sus ojos grises como los había visto en el prado. ¡Cielos, cuánto lo había deseado aquel día! De pronto, segura en sus brazos y sintiendo su cálido aliento en el cuello, la invadió un deseo mayor de lo que creía posible, que parecía propagarse por su cuerpo sin control alguno, suplicando las caricias de él.
La mano de Michael abandonó su cintura y le acarició la nuca. Abbey permaneció en silencio mientras él le cogía un mechón de pelo y se lo llevaba a la cara, dejándolo caer suavemente. Sus manos volvieron a envolverle la cintura y, apretándola con firmeza contra su cuerpo, empezó a tararearle una vieja tonada inglesa al oído, meciéndose despacio.
Pasaron unos instantes sin hablar, sin nada más entre los dos que la luz de la luna, el fuego ardiente de sus cuerpos y el suave y grave canturreo de Michael.
Abbey lo deseaba mucho; cuando él posó sus labios cálidos en su cuello, ella abrió los ojos y suspiró agradecida.
Él la agarró por los hombros y la volvió hacia sí. Sus ojos grises, remansos plateados y oscuros, recorrieron lánguidamente el rostro de Abbey mientras le apartaba despacio un mechón de pelo de la frente.
—Eres una mujer asombrosa, Abbey —murmuró mirándole la boca.
Con el pulgar, trazó la línea perfecta de su barbilla, luego sus labios. Le deslizó la mano por la nuca y le cogió su exuberante melena. Era como la seda, deslizándose por entre sus dedos. Michael la imaginó en su cama, con aquel pelo envolviéndole el cuerpo y descansando en sus pechos desnudos, le colocó poco a poco la sedosa y abundante cabellera por encima de los hombros. Sus ojos violeta, muy abiertos y alerta, no se apartaban del rostro de él
—¿No estás enfadado? —le preguntó ella en voz baja, y le miró la parte superior del pecho, donde el vello oscuro asomaba por debajo de su blanquísima camisa de seda.
—¿Enfadado? ¿Por qué demonios iba a estarlo?
—Por las cosas que ha dicho lady Haversham.
Michael rió discretamente
—Me han parecido muy entretenidas, aunque más adelante te insistiré en que expliques tus labores de cuatrera.
Abbey cerró los ojos y gruñó arrepentida. Él le acarició la mejilla con naturalidad.
—¿Tienes idea de lo hermosa que eres? —murmuró él.
—No soy hermosa.
Michael respondió besándole los párpados.
—Debo disentir, señora mía —señaló él con voz grave, luego le acarició los labios con los suyos.
Ella se le acercó más. Complacido, él le acarició con ternura el contorno de la mejilla mientras posaba de nuevo sus labios en los de Abbey, con suavidad.
Abbey se rindió de inmediato y un escalofrió la recorrió cuando la lengua de Michael empezó a explorarla acaloradamente. Cualquier desazón se disipó de inmediato y fue reemplazada por un deseo que la hizo sentirse como si flotara. Él le acarició el cuerpo con delicadeza, dejando una estela de fuego a su paso. Ella le devolvió el beso explorando con cautela los labios y la boca de Michael, y éste respondió estrechándola con más fuerza entre sus brazos. Lo sorprendió que el cuerpo de Abbey reaccionara por su cuenta, apretándose contra él como si pretendiese integrarse en su poderosa estructura.
Entonces él se apartó y la contempló.
—Eres magnífica, cariño —le susurró.
Aquel piropo le alborotó el corazón, y suspiró.
Él le levantó la barbilla con dos dedos. El beso que le dio, a la vez tierno y vehemente, la marcó de deseo. Michael le pasó un brazo por la cintura para sujetarla. Cuando le besó el cuello, Abbey echó la cabeza hacia atrás. La mano del hombre revoloteo por el pecho de ella, produciéndole una oleada de puro placer hasta las puntas de los pies, y Abbey se agarró a sus hombros, temiendo caerse por un momento.
—Te deseo, Abbey —le susurró contra la piel. Ella no respondió. Él levantó la cabeza y la miró, acariciándole la mejilla con los nudillos. Lo invadió el deseo tan de prisa que su intensidad le sorprendió. —Quiero hacerte el amor.
—N-no... no sé —le susurró ella.
Michael sonrió seductor y le besó la frente.
—¿Tienes miedo? —preguntó, besándole despacio el hueco del cuello.
La joven sintió que le flojeaban tos brazos.
—No lo creo. ¿Y tú? —se obligó a responder ella.
El contuvo una carcajada, luego, de pronto, la cogió en brazos.
—No —dijo con énfasis y, dando media vuelta, la condujo a su dormitorio, a la inmensa cama de cuatro postes. La dejó en el suelo, volvió a besarla con vehemencia, luego le llevó las manos a la espalda y empezó a desabrocharle el vestido.
—¿Q-qué d-demonios estás haciendo?
—Desabrochándote el vestido.
—¡P-pero tu asistente...! —le susurró, histérica.
Michael sonrió.
—¿Prefieres que lo haga Damon? —bromeó mientras descendía hábilmente por la larga fila de botones.
Abbey se puso como un tomate.
—Pero tú me dijiste...
—Olvida lo que te dije, olvídalo todo salvo el hecho de que te deseo desesperadamente. —Le llevó las manos a los hombros y le bajó el vestido poco a poco. La prenda cayó al suelo en una nube de lila y oro, dejándola con tan sólo una combinación fina. —¡Cielo santo! —exclamó verdaderamente admirado, con lo que ella lo miró pasmada.
Era tan distinta de cualquier otra mujer que hubiera conocido...; la suya no era una candidez fingida. A pesar de su increíble belleza, era obvio que nadie se lo había dicho antes. Cuando Michael alargó la mano para deshacerle el lazo que le sujetaba la combinación, ella le agarró nerviosa la mano.
—¡Michael, yo no sé nada! —le suplicó de pronto.
El se detuvo, consciente de lo verdaderamente inocente que era, y la abrazó con ternura.
—¿Qué sabes? —le preguntó con serenidad.
—¡Nada, nada de nada! Sólo que me tengo que tumbar ahí mientras tú me haces... eso.
Michael le besó la nuca, se zafó de los dedos de ella y volvió a tirarle de la cinta de la combinación.
—Eso —habló él con paciencia —es la experiencia más placentera que un hombre y una mujer pueden compartir, muy a pesar de lo que te hayan podido decir. —La vio dudar y prosiguió: —Cuando un hombre le hace el amor a su esposa, la cubre de besos suaves para demostrarle lo hermosa que la encuentra —dijo mientras soltaba la segunda cinta, revelando sus voluptuosos pechos, redondos y deliciosos, tan perfectos como había imaginado. Le acarició un pezón, y éste se irguió de inmediato.
—¿Y ya está? —le susurró ella escéptica.
El rió en voz baja mientras extendía los dedos por el pecho y el pezón y lo pellizcaba con suavidad.
—Puede surgir algo más, pero creo que es preferible que te lo demuestre.
Antes de que ella pudiera negarse, le envolvió la boca en un beso hipnotizador y le quitó la combinación deslizándosela por los hombros y los costados. Su piel tenía el tacto de la seda. Abbey se estremeció, de deseo o de miedo, Michael no lo sabía, y él la tumbó despacio sobre su cama.
Se quitó rápidamente la camisa. La tenía allí tendida como había imaginado que estaría, con su abundante pelo oscuro enmarcando aquel cuerpo sensual. Cielos, qué cuerpo tan hermoso, desde los pechos hasta su fina cintura, las curvas de sus estrechas caderas o sus piernas largas y bien formadas. A la débil luz de la luna, su piel se veía radiante. Ella le miró el torso con ojos chispeantes, pero, cuando Michael liberó su miembro rígido, se estremeció.
—¡Cielo santo! —susurró.
Michael sólo había estado con otra virgen en su vida y entonces era joven e inexperto. Había sido doloroso para los dos, pero él había aprendido. Con precipitación, se inclinó sobre Abbey y ancló su boca a la de ella hasta que, al fin, la joven le enroscó las manos en el cuello. Michael levantó la cabeza y la miró desde arriba.
—Tú te tiendes ahí mientras yo te cubro de besos —le dijo llevándole una mano al pecho y sonriendo al verla arquearse.
—Pero ¿qué...?
—No tengas miedo.
Michael sonrió, luego le besó la punta de la nariz. Ella le miró la boca. El volvió a tenderse sobre ella y notó que se le aceleraba el pulso en el cuello. El roce seductor de sus pechos en la fina capa de vello del torso de su esposo contribuyó a potenciar el anhelo que crecía en su interior. Inició una exploración lenta y sugerente de su cuerpo mientras su boca se ladeaba sobre la de ella, exigiéndole más y más. Volvió a llevarle una mano al pecho, luego la deslizó por el costado, y se detuvo en su estómago plano mientras se frotaba sutilmente contra ella, su miembro engrosándose al contacto con su suavísima piel. Cuando paseó los dedos deliberadamente por la entrepierna de ella, Abbey inspiró despacio, tanto que Michael tuvo que apretar los dientes para mantener el control.
Ella sólo estaba pendiente de sus caricias, a un tiempo alarmada y cautivada por la reacción que despertaban en lo más hondo de su ser. Jadeó cuando él le acercó la boca a un pecho, pero, cuando le deslizó la mano entre las piernas para acariciar sus pliegues sedosos, se sobresaltó. Perdía el control a toda velocidad; las piernas se le abrieron para él como si tuviesen vida propia. Michael le murmuró algo incomprensible en el pecho antes de meterle los dedos muy adentro. Abbey se alzó desconsoladamente contra la palma de su mano.
No tenía que ser así. A ella no tenía que gustarle. Pero le gustaba; de hecho, se deleitaba en ello. La invadió una mezcla curiosa de placer e ilusión. Necesitaba que Michael hiciese... algo.
—Estás lista para mí, cariño —le susurró él mientras la exploraba despacio con los dedos, se retiraba, acariciándola de paso, y repetía aquel movimiento terriblemente placentero. Abbey sintió que se desmoronaba, y apoyo las manos en el cabecero de la cama, gimiendo suavemente. —Aún no —le murmuró Michael en el estómago.
Abbey no sabía a qué se refería, pero le dio igual. Su cuerpo pedía a gritos que lo liberaran de aquel peso sensual que lo aprisionaba; se retorció cuando él le puso un muslo entre las piernas y se alzó sobre ella. Su respiración era entrecortada. Él le besó un pecho al tiempo que entrelazaba sus dedos con los de ella por encima de su cabeza. Con la otra mano, la incitó a que palpara su pasión. Abbey se espantó al tocar la punta aterciopelada, alarmada por su tamaño. Aquello no disuadió a Michael, que le condujo la mano a su propia entrepierna mientras él le acariciaba la zona con la punta de su miembro. A la joven, estremecida, la inundo una oleada de deseo.
—¡Algo pasa! —gimió.
El marqués no necesitó más incentivos.
—Tranquila, cariño, no pasa nada —musitó mientras se introducía despacio en su interior, deslizándose cada vez más hondo con movimientos cortos y rítmicos.
Las manos de Abbey se tensaron entre las de él, suplicándole en silencio que le proporcionara la satisfacción que ella ni siquiera sabía que buscaba.
Michael estaba a punto de perder el control; no creía que pudiera contenerse ni un segundo más. El interior tenso y cálido de ella se contraía en torno a su miembro; Abbey arqueó la pelvis contra el cuerpo de él e instintivamente pidió más. El notó la fina membrana de su virginidad y se detuvo. Ella tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta mientras respiraba con dificultad. A Darfield le pareció extrañísimo que él, hombre de mundo y conocedor de las mujeres, deseara a aquella virgen más de lo que había deseado a ninguna otra mujer en su vida. Gimió, envolvió la lengua de ella con la suya y se lanzó con vehemencia a su interior. Abbey le gritó en la boca mientras su cuerpo se convulsionaba alrededor de él. Se quedó rígida y cerró los ojos con fuerza para ahuyentar el dolor.
—Lo siento, cariño, no volverá a dolerte —le susurró con voz ronca.
Abbey se quedó muy quieta debajo de él y no dijo nada. Él le besó la mejilla, el cuello y la oreja. Cuando ella aflojó un poco las manos, Michael inició un movimiento lento y sensual, mordiéndose el labio para no vaciarse dentro de ella. Abbey gimoteó al principio, pero luego en seguida comenzó a reaccionar. Cuanto mayores eran sus caricias, más apasionada e increíblemente instintiva era su respuesta. Puso las rodillas una a cada lado de él y levantó la pelvis, igualando su ritmo. El pelo, que se derramaba descontroladamente por todo su ser, le cubría parte del rostro, y Michael creyó perder el precario control que tenía ya sobre su propio deseo ardiente. Se mantuvo firme, ansiando que ella alcanzara pronto el clímax.
Abbey se sintió como si estuviese en una nube, alejándose despacio del mundo, de todo menos de Michael. Aquella presión curiosamente placentera volvió a crecer de nuevo en ella y, cuando él empezó a penetrarla cada vez más, la presión se hizo insoportable.
—Vamos, cielo, ahora —la instó él, mirándola a los ojos mientras lo hacía.
—¡Michael! —le susurró ella muy angustiada. Se agarró a los hombros de él con gran vehemencia, clavándole las uñas en la espalda, y alzó las caderas al ritmo de sus intensas caricias. —¡Michael! —casi le chilló, —¿... qué?
Hasta que sucedió. De pronto nació de su interior una sucesión de oleadas de placer que la apartaron de inmediato de toda realidad, salvo de la magia de tener a Michael dentro de sí. Echó la cabeza hacia atrás y arqueó el cuello mientras el alivio le brotaba de todos los poros de su ser. Luego se derrumbó sobre la cama.
—Ay, Michael —jadeó.
Incapaz de controlarse un segundo más, la agarró por el trasero y la levantó de la cama. Abbey notó que a Michael se le aceleraba la respiración, lo oyó susurrar: «Mi vida», al tiempo que sus movimientos se aceleraban e intensificaban. Apenas fue consciente del poderoso deseo de Michael mientras su cuerpo era presa de un auténtico arrebato. Se tensó alrededor de él, deseando que aquella increíble experiencia no terminara nunca. Él gimió y, tras un poderoso empujón final, la llenó por completo, la semilla de Michael se propagó hasta lo más hondo de su ser al tiempo que él susurraba su nombre, provocando en ella una emoción tan profunda que sólo podía ser amor. Abbey abrió los ojos despacio. Michael la contemplaba, con una mirada insondable de sus ojos grises. ÉI se apoyó en los codos y le cogió la cara con las manos. —¡Cielo santo!, Abbey.
Ella le apartó de la frente el mechón de pelo empapado, le recorrió la mandíbula con el dorso de la mano y le acarició los sólidos músculos de los hombros.
—Han sido más que besos —observó ella con solemnidad.
Michael sonrió ligeramente.
—Confieso que no te lo he contado todo.
—¡No tenía ni idea de que esto pudiera ser tan... tan... exquisito! —espetó.
—Yo tampoco —respondió él muy serio, pensando en cómo ella lo había complacido más allá de sus mayores expectativas.
Su inexperiencia había quedado completamente eclipsada por su increíble reacción natural. Michael se dio cuenta, de pronto, de que en su vida había vivido una experiencia sexual tan profunda. Su absoluta satisfacción, algo que jamás había experimentado con una mujer, no en aquel grado, lo tenía atónito.
Abbey se alzó sobre los codos para besarle el cuello, luego ancló sus labios inflamados en los de él y lo besó apasionadamente. Él notó que volvía a excitarse con rapidez y, a regañadientes, levantó la cabeza. Algo acobardado por la intensidad de aquellas sensaciones tan puras, lamentaba también la dolorosa invasión del cuerpo de Abbey. La besó una vez más y se retiró, luego se tumbó boca arriba y se pasó un brazo por debajo del cuello al tiempo que la abrazaba con el otro. Ella suspiró contenta y apoyó la cabeza en su pecho, con una mano bien resguardada bajo la mejilla.
Michael contemplo la figura que descansaba en su torso, las oscuras medias lunas de sus pestañas contrastando fuertemente con su piel blanca y sus deliciosos labios, aún inflamados por la pasión que habían compartido. Aquella criatura bella y asombrosa que yacía silenciosa en sus brazos era su mujer, que había reservado para él y sólo para él su increíble pasión natural. Lo que acababan de compartir lo emocionaba, pero también lo perturbaba. No estaba en absoluto preparado para emociones tan fuertes. Por primera vez en su vida se sentía perdida Levantó despacio un mechón de pelo que le tapaba el ojo y la abrazó con más fuerza. Su esposa. Su preciosa, apasionada y extraordinaria esposa. ¡Cielo santo!

 

 

 

Cuando Michael salió de su cuarto a la mañana siguiente, casi chocó con Sarah, que iba a toda prisa por el pasillo cargada de sábanas limpias.
—¡Milord, no lo había visto! —exclamó, y trató de hacer una reverencia por debajo del montón de ropa.
Michael le hizo un gesto con la cabeza y dio media vuelta, pero, de pronto, volvió a mirar a la doncella, quien lo miró espantada al detectar su semblante sombrío y ceñudo. Él se acercó un poco más y le miró fijamente las orejas.
—¿Qué es eso que llevas colgado de las orejas?
Sarah sonrió satisfecha.
—Son un regalo de mi señora, milord. ¿Verdad que son preciosos?
Michael pestañeó perplejo.
—Sí, lo son —dijo sereno y, dando medía vuelta, avanzó a toda prisa por el pasillo.
Sebastian fue el primero en detectar el paso brioso de Michael al entrar en el salón de desayunos. Además, iba silbando una alegre tonada, algo que nunca le había oído hacer, ni una sola vez, en los veinte años que llevaba trabajando para él.
—¿Ha dormido bien, milord? —le preguntó con sequedad.
Michael sonrió con picardía.
—He dormido muy bien, Benjamin.
Sobresaltado. Sebastian no recordaba una sola vez en que el marqués lo hubiese llamado por su nombre de pila, como tampoco lo había hecho ningún miembro del servicio de Blessing Park, y Dios sabe la de meses que él y el servicio habían pasado solos allí mientras el marqués estaba en alta mar.
Sin duda, también Jones se mostró sorprendido, a juzgar por el modo en que lo miró desde el aparador.
—¿Gachas como de costumbre, milord?
Michael sonrió como si acabara de recordar un chiste viejo.
—La cocinera no habrá preparado bizcochos de frambuesa, ¿verdad? —preguntó contento.
Como era de esperar de Jones, su gesto no varió.
—Iré a preguntar, milord —señaló y salió por la puerta lateral.
—Mejor aún, Sebastian, dile a Jones que me traiga café y bizcochos a mi biblioteca. Necesito adelantar trabajo esta mañana, porque esta tarde quiero enseñar a mi esposa a montar a caballo.
Ignorando con descaro la mirada de curiosidad de su secretario, se metió las manos en los bolsillos y salió del salón de desayunos, silbando de nuevo. Jones apareció por la puerta lateral con un plato de bizcochos calientes justo a tiempo para oír el eco de los silbidos de Michael en el pasillo. Miró ceñudo a Sebastian.
Éste suspiró.
—Tráelos a la biblioteca. Jones. EI señor está ansioso por terminar su trabajo para poder enseñar a montar a lady Darfield —señaló y, tirando la servilleta a la mesa, se dispuso a seguir al marqués.
Al acercarse a la puerta. Jones declaró:
—Ah, Benjamín, creo que me debes cinco coronas.
Sebastian se detuvo.
—Yo no lo aseguraría —protestó.
El mayordomo alzó la ceja, impertinente.
—¿En serio? Si no me equivoco, sólo hay una cosa que puede atontar así a un hombre.
Suspirando muy exasperado, Sebastian se sacó una bolsita de cuero de la chaqueta y contó cinco coronas.
—Si hubiese esperado una semana más... —protestó irritado mientras depositaba las monedas en la mano tendida de su compañero.

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Alice
Great book, nicely written and thank you BooksVooks for uploading

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