El diablo enamorado | Chapter 11 of 28

Author: Julia London | Submitted by: Maria Garcia | 2981 Views | Add a Review

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CAPÍTULO 07

Salvo por dos breves y fríos encuentros a lo largo del día, Abbey logró no pensar mucho en Michael hasta que llegó la hora de vestirse para la cena. Entonces, la perspectiva de volver a verlo la puso extrañamente nerviosa, e insistió en que Sarah la ayudase a elegir un vestido y a arreglarse el pelo.
Mientras se vestía, Sarah parloteaba sin cesar de lord Darfield. A juzgar por los comentarios de la efusiva doncella, Michael era aún más santo de lo que el capitán Carrington podía haber imaginado. Pero Abbey era consciente del deseo de su nueva amiga de verlos firmemente unidos e ignoró su cháchara con educación.
De todas formas, no lograba concentrarse. Por dentro, sentía un revoltijo de emociones contradictorias. Quería estar atractiva, pero no quería llamar mucho la atención de Michael. Quería gustarle, pero deseaba permanecer distante y conservar su independencia.
Cuando estuvo al fin lista, bajó despacio la espléndida escalera de mármol y se detuvo al final. No tenía prisa por reunirse con él; cada vez le gustaba menos la idea. Debía mantenerse alejada de él, respetar la separación, hablar sólo cuando le preguntase. Se dirigió sin ganas al salón, resiguiendo los muebles con los dedos, admirando los retratos que tapizaban las paredes. Le llamó la atención uno en particular, el de una mujer que se parecía mucho a Michael, salvo porque tenía el pelo claro y una sonrisa preciosa.
El marqués de la Amargura también tenía una sonrisa preciosa, sólo que rara vez la usaba.
—Es mi madre —dijo Michael a su espalda. Sobresaltada, Abbey dio un respingo y se volvió. Una leve sonrisa se dibujó en los labios del hombre cuando ella inspiró hondo y miró de nuevo el retrato.
—Era guapa —murmuró Abbey, contemplándola.
—Sí, lo era —convino él.
Abbey suspiró con tristeza.
—Debes de echarla mucho de menos.
Michael le ofreció el brazo, que ella aceptó a regañadientes.
—Ciertamente —se limitó a decir él, luego la condujo a la salita dorada, la invitó a sentarse en una silla forrada de cretona dorada y se acercó con elegancia al carrito de las bebidas.
Abbey lo observo con los ojos entreabiertos, a través de sus largas pestañas. Iba vestido con un traje de gala negro. La blancura inmaculada del cuello de la camisa y del corbatín resaltaban aún más el bronceado de su rostro, y su recio pelo negro parecía fundirse con su amplio dorso. Se mordió el labio inferior y miró a otro lado para que él no la pillara casi babeando.
—¿Un jerez? —preguntó cortésmente.
—Prefiero ron, si tienes —respondió ella.
De espaldas a ella, Michael arqueó una ceja, pero no dijo nada. Le llevó la copa, luego se instaló en una silla a su lado, cruzando desenfadadamente una pierna sobre la otra.
—Me pregunto en qué parte de América puede aficionarse al ron una mujer —dijo a la ligera.
—Aún no me he aficionado a él, pero me apetecía probarlo. —Sin detectar el gesto de perplejidad de Michael, sorbió despacio la bebida. Enseguida cerró los ojos y arrugó la nariz.
—¿No te gusta? —preguntó él, divertido.
Ella abrió sus ojos chispeantes.
—Me gusta más que el whisky, pero no tanto como la cerveza —afirmó con voz ronca.
Michael rió.
—Sólo he estado en América tres años.
—¿Ah, sí? Tenía la sensación de que llevabas más tiempo fuera —señaló él.
—No venía a Inglaterra desde que era muy niña, eso es cierto —Abbey contuvo la respiración. ¡Él sabía que había pasado casi toda su vida en el mar! Conocía todos los lugares en los que había vivido, ¿no?
—¿Y tú? —preguntó vacilante. —¿Has estado en América?
—Dos veces. Mis barcos se construyen en Boston.
Abbey se irguió al oír aquello.
—Me gusta mucho Boston. Siempre lo pasábamos muy bien cuando íbamos allí. El año pasado organizaron una feria enorme en el puerto. Había barcos grandes de todo el mundo, ¡y te dejaban verlos! Eran mucho más grandes que los de mi padre.
Michael asintió con la cabeza.
—Yo estuve en esa feria. También lo pasé estupendamente.
La sonrisa de Abbey se desvaneció. ¿Había estado en Boston el año anterior y ni siquiera había intentado verla? Habían estado en la misma feria... Desvió la mirada mientras trataba de ordenar sus ideas. Ya estaba sacando conclusiones precipitadas otra vez, una manía que debía evitar. Obviamente él no sabía cómo encontrarla. O quizá estuviese con lady Davenport por aquel entonces y no le interesaba localizarla. Dejó su vaso de ron en la mesa, con más vehemencia de la que pretendía.
—¿Ocurre algo? —preguntó él.
Abbey respiró hondo y se recompuso, decidida a no dejar ver su decepción.
—Creo que el ron no me sienta muy bien. —Sonrió nerviosa.
Pero Michael sabía que no era por el ron. Una especie de tristeza había ensombrecido sus ojos violeta.
Justo entonces entró Jones, sonrió de oreja a oreja a Abbey y anunció que la cena estaba servida.
—¿Te encuentras mal? —le preguntó Michael, algo alarmado por su repentino cambio de humor.
La sonrisa forzada de la joven no contribuyó a aliviar su preocupación.
—En absoluto De verdad, sólo es el ron —le aseguró, y se puso de pie.
Michael se levantó y le ofreció el brazo. Abbey se lo quedó mirando; luego, de mala gana, apoyó en él su elegante mano. Mirando al frente, se situó a su lado y se dirigió a lo que cualquier observador externo habría considerado, sin duda, más un patíbulo que un comedor.
Una vez sentada, Abbey decidió que debía evitar el tema de su pasado hasta que pudiese hablar de ello sin ponerse tan terriblemente sentimental. No podía hacerlo durante la cena; lo veía relajado, y eso la complacía muchísimo. Salvo por el recelo que le había causado enterarse de su visita a Boston, lograron mantener una conversación agradable. Ella le preguntó por su barco, el La Belle, y a él se le ilumino el rostro de emoción. Tenía un diseño de vanguardia, le explicó, y había sido construido para surcar los mares a gran velocidad. Había hecho su viaje inaugural hacía seis meses y ya estaba listo para partir rumbo al Mediterráneo. Eso la llevó a preguntarle por su vida en alta mar, y él le habló muy animado, le contó cosas de los distintos puertos en los que había estallo, muchos de los cuales también Abbey había visitado alguna vez. Procuró ignorar la sensación de que había algo raro en todo aquello. Un barco entra y sale de un puerto constantemente; era imposible que supiese dónde se encontraba ella en un momento dado.
Claro que sabía dónde estaba su padre.
Tras la cena, los dos se retiraron a la biblioteca privada de él. Abbey se asomó a aquella estancia apenas iluminada antes de cruzar el umbral de la puerta. Contempló el exquisito mobiliario y se quedó tímidamente junto a un criado, esperando atenta a la entrada. Las paredes estaban forradas de paneles oscuros y estanterías llenas de volúmenes encuadernados en piel. Cerca de la chimenea, donde chisporroteaba intensamente el fuego, había un globo terráqueo. Unas gruesas cortinas de terciopelo color burdeos colgaban de dos grandes ventanas. Delante del hogar había dos sillas de piel, una frente a la otra, junto a un sofá también de piel. En el centro de la estancia había dos sillas tapizadas separadas por una mesa baja muy elegante.
Michael se quitó la chaqueta mientras cruzaba la gruesa alfombra persa y la dejó caer descuidadamente en la butaca orejera de piel apostada tras un inmenso escritorio de caoba. Luego se acercó al fuego como si nada, haciéndole una seña imperceptible a un criado, que inmediatamente les trajo dos copas de coñac.
Cuando Abbey se aproximó despacio al hogar, Michael examinó subrepticiamente su figura femenina. Aquel vestido verde resaltaba sus suaves curvas. La prenda, de suave terciopelo ceñido en la cintura, aunque no estaba de moda por aquel entonces, era bonito y elegante. Parecía una especie de diosa, y se le pasó fugazmente por la cabeza la idea de sentarse en el regazo a aquella criatura preciosa.
—¡Qué vestido tan bonito! —observó con sinceridad.
Abbey se sonrojó, preciosa.
—Me lo hizo mi prima Victoria. Cose muy bien. Menos mal, porque yo nunca sé lo que se lleva y lo que no.
—¿En serio? Pues, a mí, tus vestidos me parecen muy apropiados.
—¿De verdad? —exclamó ella, visiblemente complacida. —Se lo debo todo a Tori. Gracias a Dios, se le da mucho mejor la aguja que a Virginia las manualidades —rió.
—¿Virginia? —preguntó Michael.
—Mi otra prima, ella fue la que me hizo el sombrero.
Él sonrió.
—Ah, sí, el sombrero. ¿Y a ti qué se te da bien, Abbey? —quiso saber mientras se llevaba la copa a los labios.
Aunque se encogió de hombros como restándole importancia, se puso como un tomate.
—Yo soy un desastre con las labores de costura y tampoco tengo vista para los sombreros. Ayudaba a tía Nan a llevar la granja. —Se acercó a la silla que había enfrente de la de él y se sentó en medio de una nube verde. Con la luz del fuego parpadeándole en la piel, bien podría haber sido la creación de algún artista.
—¿Y qué hacías antes de eso? —inquirió, más interesado en la piel cremosa de sus pechos que sobresalían por encima del escote que en la respuesta.
—Ya lo sabes —respondió nerviosa. Michael la miró a los ojos.
—¿Ah, sí? —preguntó, y volvió a dibujarse en sus labios una sonrisa.
—Sabes que sí —insistió ella. Michael, que no tenía ni idea de a qué se refería, se limitó a sonreír. Abbey se agarrotó visiblemente en el asiento y dejó el coñac en la mesita, sin tocarlo. —Creo que deberíamos hablar —declaró ella de pronto.
—¿De qué? —le hizo una seña discreta al lacayo, que salió de inmediato de la habitación.
—Me parece que deberíamos establecer algunas normas, ¿no crees? —preguntó con cautela.
Michael la miró muy seño y cruzó despacio una pierna sobre la otra.
—Creo que las normas ya están establecidas —respondió él con frialdad mientras agitaba el coñac de su copa. Aquella mirada intensa la incomodó mucho y se preguntó tontamente si la estaría comparando con lady Davenport.
Azorada, se mordió el labio inferior y bajó la vista.
—Cuando me enteré de lo de tu contrato...
—No es mi contrato, sino el contrato...
—Cuando me enteré de lo del contrato, pensé que los dos debíamos establecer unas sencillas pautas. Por ejemplo, que tú vivas en Brighton y yo aquí, ¿no?
—Yo viviré donde me apetezca, Abbey, eres tú la que debe vivir aquí.
—Me diste a entender que me dejarías en Blessing Park. Creo que, dadas las desafortunadas circunstancias en que nos encontramos, prefiero que te quedes en Brighton, salvo que haya alguna razón de peso para que estés aquí.
Por un instante, Michael pareció verdaderamente sorprendido, pero su gesto pronto dio paso a una pura indiferencia.
—Insinué que viviría en Brighton, pero puedo cambiar de opinión en cualquier momento, así que más vale que entiendas que haré lo que me plazca.
Abbey soltó un leve suspiro de hastío. De repente estaba tan frío y distante que su valor empezaba a mermar.
—Entiendo —murmuró, y se puso de pie bruscamente. Se dirigió a una de las mesas de la biblioteca y hojeó distraída los libros que había en ella mientras intentaba armarse de valor. —Hablemos entonces de mi asignación —dijo al fin. —No necesito dinero. Te lo puedes quedar. —Pensó que él apreciaría su franqueza en un tema tan delicado, pero, a juzgar por su bufido, no era el caso precisamente. Su resentimiento hacia ella parecía haberse desvanecido durante la cena, pero había crecido a pasos agigantados en el poco tiempo que llevaban en su biblioteca privada, Era obvio que, después de todo, lord Grosero volvería a hacer acto de presencia aquella noche.
—Sé que por ley te corresponde, tranquilo, me lo dejaron muy claro antes de que saliese de América, lo que te digo es que renuncio a ello voluntariamente —le explicó.
Esperó a que respondiera, pero en la sala no se oía más que el tictac del reloj. ¡Al menos podía darle las gracias por ser tan razonable con todo aquel asunto! ¿Por qué no decía nada? Su silencio la puso aún más nerviosa, así que dio media vuelta, se inclinó sobre la mesa y se quedó mirándolo un momento, como él a ella. No parecía apreciar en absoluto lo que ella intentaba hacer, más bien lo notaba enfadado. Se preguntó qué estaría pensando mientras la miraba.
—Si te soy sincera, Michael... —prosiguió ella.
—Por favor —la cortó él fríamente.
Abbey suspiró exasperada.
—Si te soy sincera, creo que deberías saber que... estoy al tanto de tu asunto, y no me importa lo más mínimo. De hecho, me parece que explica muchas cosas, y no siento animosidad alguna por ello.
Michael frunció el cejo, receloso.
—¿Mi asunto?
—No tengo intención de intervenir, pero te pediría un poco de consideración a cambio de mi... discreción.
—¿De qué asunto me estás hablando? —preguntó él despacio.
Abbey suspiró impaciente.
—Supongo que no hay un modo delicado de decirlo, ¿no? Muy bien. Lo que intento decir es que entiendo lo tuyo con lady Davenport y que...
—Lady Davenport —repitió él mordaz.
Abbey se estremeció.
—Sí, lady Davenport. Lo que trato de decirte es que...
—¿Qué tratas de decirme? ¿Que, por ti, no hay inconveniente en que tenga un asunto con lady Davenport? —medio afirmó, medio preguntó.
Abbey se sobresaltó por un momento.
—No, lo que yo iba a... bueno, pensándolo bien, supongo que sí —dijo pensativa.
—Eso es lo que tú supones —replicó él, cada vez más ceñudo.
—¡Sí! —declaró ella nerviosa. Estaba siendo lo más caritativa que podía, ¡y aún se enfadaba con ella! El Diablo de Darfield no tenía vergüenza. Lo vio dejar la copa en la mesa y levantarse despacio hasta alcanzar su más de metro ochenta y dirigirse a ella, despacio y deliberadamente. Tenía la mandíbula tensa, algo que, como Abbey bien sabía, no era buen augurio. —En serio, ¡creo que estoy siendo bastante razonable! —casi gritó presa del pánico. —Es obvio que me guardas rencor y me has dejado bien claro que puedes brindar tus afectos a otras personas. ¡Me han dicho que lady Davenport es muy guapa y puedo entender tu reacción!
Michael siguió avanzando despacio, como un gato preparándose para atacar. Abbey se agarró instintivamente a la mesa, con tanta fuerza que le dolieron los dedos. Los ojos grises y fríos de Michael le resultaban impenetrables, y supo que había dicho algo muy inconveniente.
Intentó por todos los medios explicarse mejor:
—En serio, Darfield, ¡no comprendo porque te enfadas tanto! Lo que trato de decirte es que entiendo perfectamente tu asunto y que no me interpondré en tu camino.
Michael se detuvo a solo unos centímetros de ella. Percibía su fuerza bruta, apenas contenida, emanando de debajo de su exclusiva ropa. Su aliento le acarició el rostro y Abbey no pudo mirarle más arriba de la boca, que apretaba formando una línea siniestra. Por una vez en su vida, se sintió verdaderamente aterrada y notó cómo le temblaban las piernas y se le revolvía el estómago. De pronto él la cogió por los brazos y la sujetó con fuerza. Se la acercó y sonrió con cinismo al verla espantarse.
—No va a haber más asunto que el que tenga con mi esposa, Abbey. No sé qué es lo que se cuece en tu cabecita perversa, pero que te quede claro: si alguna vez sospecho, aunque sólo sea por un instante, que me pones los cuernos, haré que te degüellen. ¿Ha quedado claro?
La violencia de su tono la hizo recular.
—Yo jamás... —susurró.
Apretándola tanto que le dolía, le miró la boca.
—Eres mi esposa, para bien o para mal, y espero que te comportes en consecuencia.
Ella inspiró hondo y se echó hacia atrás en un vano intento de escapar de él, obligándose a mirarlo a los ojos, aquellos ojos impenetrables.
—Te equivocas conmigo —le replicó. —Es evidente que esta situación se te hace insoportable; yo sólo quiero encontrar una forma de convivencia aceptable para los dos —murmuró desesperada.
En los labios de Michael se dibujó una sonrisa retorcida.
—Encontraré una forma de convivencia soportable, te lo aseguro —repitió con voz pastosa, luego le envolvió la boca con la suya.
Abbey trató de zafarse de él separándole los labios con la lengua, Michael se introdujo en su boca hasta el fondo. Aquel ataque tan sensual encendió un fuego vivo en su interior y, en contra de su voluntad, traicionando hasta su última chispa de dignidad, le respondió. Él le soltó los brazos y deslizó las manos por su espalda, acariciándole la columna y estrechándola entre sus brazos. Ella se arqueo instintivamente contra su cuerpo y no pudo contener un pequeño gemido cuando él le apretó el vientre con su virilidad inflamada. La besó con mayor vehemencia y Abbey, presa de un deseo que buscaba ávidamente una salida, se aferró a sus hombros.
El gimió y la abrazó aún más fuerte, estrujándola contra su cuerpo. Sus labios se deslizaron hasta el lóbulo de la oreja y paseó la lengua por él. De pronto, a la deriva en un mar de intenso deseo. Abbey cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Michael le besó el cálido hueco del cuello mientras, con una mano, empezaba a subir despacio por el costado. Cuando le cogió el pecho, ella se sobresaltó. Abrió los ojos de golpe y trató de separarse de él.
Michael gruñó.
—Eres mi esposa —insistió sin dejar de besarla.
Aterrada, empezó a temblar por una mezcla de miedo y deseo. Apartó la cabeza de él y lo empujó por el pecho, desesperada.
—¡No! ¡No puedo hacerlo, no puedo! —jadeó.
Michael protestó, pero la soltó y retrocedió un paso. Los ojos de Abbey, falta de aliento, recorrieron involuntariamente su figura masculina y se detuvieron, muy abiertos ante la enorme erección de Michael aprisionada contra el tejido de sus pantalones. Se obligó a mirarlo a la cara: su gesto era de pura lujuria.
Abbey creyó que iba a vomitar.
—¿Qué te pasa? —quiso saber él.
—Yo... Todo esto me incomoda.
—¿Te incomoda? —casi gritó.
Con una mano temblorosa, Abbey se apartó un mechón de pelo del ojo y buscó desesperada una excusa.
—Tengo el período —mintió, colorada como un tomate. Michael pestañeó perplejo. Se pasó una mano por el recio pelo, luego le dio la espalda.
Ella se apartó como pudo del aparador y él se dejó caer en una silla de piel y cogió su coñac. Meneó la cabeza con vehemencia y volvió a pasarse la mano por el pelo. Protestando para sí, echó la cabeza hacia atrás y apuró la copa. Tambaleándose aún por aquel acalorado beso y las sensaciones aterradoras que se agitaban en su interior, Abbey se lo quedó mirando en silencio.
—Quizá deberías retirarte. —Su voz volvía a ser fría y distante.
Nerviosa, la joven se limpió la boca con el dorso de la mano.
—¿Qué hay de nuestro acuerdo? —preguntó inquieta.
—¡Por favor, mujer, al infierno con tu condenado acuerdo! ¡Vete a la cama!
No había nada que le apeteciese más a Abbey que alejarse de él. Había tratado de ser magnánima, había querido hacerle entender que sabía que necesitaba tiempo, y él se comportaba como si ella fuese la cosa más desagradable con que se había topado en su vida. Era un sinvergüenza de la peor calaña, y de pronto no deseaba otra cosa que huir de él. Se dirigió a la puerta.
—Abbey.
Su voz, fría como el hielo, le produjo un escalofría Se detuvo y se volvió despacio para mirarlo.
Él la examinó implacable un buen rato antes de hablar:
—Si alguna vez me entero de que me pones lo, cuernos te mato. Créeme.
La mera insinuación era tan abominable que Abbey reculó.
—¿Cómo te atreves a insinuar semejante cosa? —exclamó espantada.
—¿Que cómo me atrevo? —preguntó él, riendo cruelmente. —¿Vienes a mi casa a darme tu bendición para que mantenga una relación adúltera y crees que no sé por qué? ¿Qué otro motivo puedes tener, salvo que creas que así podrás buscarte tú un amante? —espetó.
A Abbey le dio un vuelco el estómago; se acercó tambaleándose a una de las sillas de piel y se agarró al respaldo en busca de un apoyo, de pronto consciente de que no podía amar a un hombre dispuesto a acabar con su vida.
—No, no... —gimió ante el malentendido de él. —¡Yo sólo quería concederte tiempo! ¡Se que necesitas tiempo para recordar que antes me querías! —clamó.
Perplejo, Michael frunció el cejo.
—¿Cómo dices?
Abbey tragó saliva para no echarse a llorar.
—Pensé que necesitabas tiempo para acabar con tu relación —dijo precipitadamente. —Sé que has tenido que esperar mucho y lo siento, porque yo tampoco quería esperar, pero papá me dijo que aún no era el momento y sé que hay cosas que no podemos controlar. Si necesitas tiempo para poner fin a tu relación y recordar todo el tiempo que me has esperado, te lo concedo encantada.
Como si fuese el espectador de alguna obra teatral, Michael se inclinó hacia adelante.
—No tengo ni la menor idea de qué me estás hablando —repuso sin más.
Abbey inspiró hondo. Quizá estaba balbuciendo: no debía de estar expresándose muy bien.
—Que, a pesar de haberme esperado todos estos años entiendo que no estuvieses listo para mi llegada...
—¿Esperado todos estos años? —preguntó incrédulo, y se la quedó mirando como si hablase otro idioma.
Un terror enfermizo empezó a apoderarse de ella. Asintió despacio con la cabeza, indecisa.
—Los años que llevamos prometidos Me esperabas papá me lo dijo...
El gesto de pena que invadió el semblante de Michael se lo dijo todo. En aquel preciso instante, con aquel ademán, le confesó que su padre le había mentido. Nunca la había esperado. Nunca la había amado. ¡Probablemente ni siquiera la recordase! ¡No había ido a verla cuando había estado en América porque no sabía que ella estaba allí! Michael entendió lo que ocurría y su triste apariencia no hizo sino ensombrecerse aún más. De pronto, Abbey se llevó las manos al estómago, dio media vuelta y se alejó de él.
—¡Ay... ay, Dios mío! —tartamudeó. —¡Ay, Dios mío! —En un solo instante decisivo, todo su mundo, todo lo que había conocido y en lo que había creído, se derrumbo sobre ella. Sintió náuseas y la habitación empezó a darle vueltas. A punto de vomitar, Abbey se dirigió corriendo a la puerta.
—¡Abbey! —le gritó Michael.
Ella aceleró el paso, alejándose de él, desesperada por encontrar la puerta y salir huyendo antes de que él pudiera ser testigo de su aplastante humillación. Él la cogió por detrás y la apretó contra su pecho, con los brazos fuertemente enroscados en su cintura. Abbey se desplomó sobre él.
—Creo que voy a vomitar —logró decir. El murmuro un juramento por lo bajo y la cogió en brazos. —¡Déjame ir, por favor! —le suplicó, angustiada de que él pudiese ver la terrible vergüenza que sentía por haber sido tan estúpida. ¡Qué tonta! ¡Qué increíblemente boba e ingenua! Él le había dicho la verdad, pero ella no había querido oírla hasta aquel preciso momento ¡Nunca la había amado, ni siquiera le había gustado! Todo lo que le había ocurrido desde que había llegado a Inglaterra le vino de pronto a la cabeza. Michael le había dicho que se casaba con ella por el testamento de su padre. Le había pedido que lo revocara para que ninguno de los dos sufriese daños irreparables. Withers le había dicho que a Michael no le gustaba de niña. Ella no lo había querido creer. Sollozando, entendió, al fin, que toda la vida había pensado que él la amaba y la esperaba, ¡y él había estado navegando por el mundo sin recordarla siquiera! Sólo la repugnancia que le producía el descubrir de pronto que su padre le había mentido en todo superaba la pena que le causaba el saber que sus sueños no habían sido más que una fantasía ideada por su progenitor.
Michael avanzaba por el pasillo con asombrosa rapidez. Abbey enterró el rostro en la suave lana de su chaqueta, tragándose desesperada sus náuseas.
—¿Cómo pudo? ¿Cómo pudo hacerme eso? —gimió, sin darse cuenta de que pensaba en voz alta.
—No lo sé, cielo —respondió Michael con rotundidad.
Abbey captó el sonido de sus botas en la escalera de mármol y supo que subía. Oyó a Sarah gritar cuando abrió de una palada la puerta de su habitación, y lo oyó a él murmurarle algo a la doncella cuando la dejó con cuidado encima de la cama. Abbey se apartó de inmediato de sus ojos inquisitivos y enterró la cara en una almohada, lo sentía allí de pie, mirándola fijamente, y pensó que iba a morirse de vergüenza. Tras lo que le pareció una eternidad, él dio media vuelta y se alejó de su cama. Apenas pudo oír el suave intercambio de voces mientras las lágrimas que había intentado contener empezaron a brotarle descontroladamente.

 

 

 

En tanto que volvía despacio a su biblioteca, Michael soltó toda clase de improperios. El anhelo físico que sentía por ella no había disminuido a pesar del repentino descubrimiento del engaño de su propio padre. No, de hecho, se había intensificado. Por primera vez había visto, en los ojos de Abbey, la dolorosísima prueba de que posiblemente no fuese cómplice sino víctima de las maquinaciones de Carrington. Ella no era más que una niña cuando se había suscrito el acuerdo; al menos, él sabía perfectamente lo que hacía al firmar el condenado documento. Pero ya eran dos adultos atrapados en las garras de una traición póstuma, presas de una situación insostenible generada por sus progenitores.
Se sirvió un coñac mientras un criado recogía la copa que había tirado, al creer que ella iba a desmayarse. Se acercó a una de las ventanas, aparto las gruesas cortinas, abrió ambas hojas e inhaló varías bocanadas de aire nocturno. En contra de su voluntad, había disfrutado de la más deliciosa de sus noches. Se había bañado en el resplandor de la belleza natural de Abbey, sintiendo un vago deseo cada vez que ella le sonreía. En su vida había conocido a nadie como ella, en absoluto. Era tan asombrosamente fuera de lo común, tan mundana y tan inocente al mismo tiempo. Además, su desinhibida reacción al beso lo había sorprendido y había desatado en él una pasión que no había conocido desde que era muy joven. Podría haberla tomado allí misma en la mesa de la biblioteca, si no le hubiese salido con la típica excusa del período. No quería sentirse atraído por ella, menos aún anhelar sus caricias No quería abrazar su cuerpo desnudo y notar el tacto de su piel. No quería descubrir a qué sabía u olía. No quería depender de su compañía. No quería compadecerla. De hecho, no quería sentir nada por ella.
Por eso, aquella repentina ternura lo sobresaltó tanto como el deseo que le había inspirado. Mientras miraba por la ventana, apuró el coñac. En aquel instante, decidió que no se convertiría en esclavo de su belleza y de su encanto. Él no había buscado aquel matrimonio. Ella era otro de los destrozos de su padre que Michael debía reparar, y toda aquella condenada situación le fastidiaba. A pesar de su atractivo físico, no quería tener que cargar con ella.
Sin embargo, no podía olvidar el primer día que la había vista la adoración que rebosaban sus ojos o aquella sonrisa seductora. Tampoco podía olvidar la profunda tristeza que había ensombrecido su preciosa mirada media hora antes.
Maldita fuera, nunca podría olvidar a aquella mujer.

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Alice
Great book, nicely written and thank you BooksVooks for uploading

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